jueves, 30 de abril de 2009

María Rosario

Cuarenta años me ha llevado comprender que había sido víctima de un malentendido.
Me llamo María Rosario. Nací en ciudad de Medellín, provincia de Antioquia, Colombia. Mi vida fue tranquila hasta los diez años; dichosa hasta los veinte; plácida hasta los treinta. Feliz. Fue al llegar a los cuarenta cuando me di cuenta de que todo había sido un error. Parece que eso es algo que nos ocurre a las mujeres con alguna frecuencia. Hay quien cae pronto en la cuenta y endereza el rumbo, hay quien no se percata nunca y rinde su vida en un camino errado, destinado quizá a otra comadre que no pudo transitar por él al hallarlo ocupado. Hay quien sigue una vía ciega. Lo mío fue un malentendido.
Las primeras letras las aprendí en las Madres Irlandesas, unas reverendas que han educado en los buenos modales a las señoritas antioqueñas desde que mi abuelita tenía memoria, que debe ser más de un siglo. De las monjitas pasé a la universidad donde me recibí de abogada como antes lo habían hecho mi abuelo, mi papá y mis hermanos. Acababa de licenciarme cuando me casé con Andrés.
Primero fue la llegada de los hijos, dos niños y una niña, luego la inercia de la atención a la familia y el hecho de que Andrés se ganara bien la vida, nunca me planteé la conveniencia ni la necesidad de contratarme en algún bufete y menos aún de abrir despacho propio. Estaba, además, demasiado ocupada para tales consideraciones. A diario debía llevar a los niños al colegio y recogerlos a la salida, disponer su ropa cada temporada, y revisar la disposición de la casa.
Medellín era para nosotros una ciudad apacible, tranquila y hermosa, suficiente para ser dichosos. Los periódicos extranjeros, ocasionalmente también los nacionales, se referían a sucesos que implicaban a traficantes de coca. Hablaban del cártel de Medellín y nosotros nos dábamos por ofendidos de que nuestro gentilicio se viera mezclado en tales affaires. Alguna vez oímos disparos aislados, nunca cerca de nuestra casa. También nos llegaron rumores sobre cadáveres abandonados en la calle pero lo atribuimos al natural chismorreo de la gente. Esas cosas no podían ocurrir en una ciudad hospitalaria y cálida como Medellín y de ninguna manera afectar a personas de orden como nosotros.
He de advertir, no obstante, que la coca no significa lo mismo aquende que allende el océano. Tengo observado que aquí la palabra está siempre teñida de rechazo o de apetencia, adobada de sentimientos personales. Fruta apetecida o prohibida. En Colombia la coca es, entre otras consideraciones, un producto de consumo cotidiano en las tierras altas de la región andina, mascada o en infusiones, un cultivo de la tierra, tal que aquí sean la remolacha o el maíz, cómo se utilice o comercie es cuestión aparte. En el quién, el cómo y el cuánto trafique con ella está el quid del asunto, el problema nacional.
La situación fue empeorando hasta el punto de afectar a la vida cotidiana. Algunas empresas cerraron, la economía se resintió, desaparecieron las comodidades que habíamos disfrutado, empezó a preocuparnos el futuro, el nuestro y, más aún, el de los niños. Algunos de nuestros amigos optaron por abandonar el país. Mis papás coincidieron en la conveniencia de nuestra marcha, y se inclinaron por la opción europea, con preferencia España. Acaso ha llegado el momento de cerrar el círculo que abrieron nuestros abuelos hace tres siglos cuando embarcaron hacia el Nuevo Mundo, sugirió mi papá.
España puede ser un buen destino, decidió Andrés. Yo estuve de acuerdo. Quizá sea buena idea volver a los orígenes, le dije.
Medellín fue fundada en 1674, poblada por familias vascas, castellanas, andaluzas o asturianas que desembarcaron en Nueva Granada. Cuando aquellos españoles, entre quienes se encontraban mis antepasados, llegaron al Valle de Aburrá, unos años antes de que se estrenara el siglo XVIII, las tierras buenas ya habían sido repartidas. También habían sido repartidos los indígenas que habían sobrevivido a la conquista. Así que hubieron de hacer uso de sus propias fuerzas para labrarse el porvenir que iban buscando. La región es bastante montañosa y pobre para la agricultura por lo que alternaron la minería con el comercio fluvial. Abrieron caminos de grandes recuas de mulas que darían lugar a la leyenda de los arrieros antioqueños.
Los primitivos colonos se unieron entre sí dando lugar a una comunidad muy poco mestiza: los paisas. De los paisas se dice que son emprendedores, andariegos y ahorradores; apegados a las tradiciones pero también innovadores y disidentes. Se precian de carácter franco, algo arisco, y talante igualitarista. Su disciplina, pragmatismo y austero modo de vida, además del oro de las minas, que ocasionalmente les procuró el primer lugar en la producción mundial, favoreció la acumulación de capital financiero de los antioqueños, incluso durante los periodos de guerracivilismo que padeció Colombia en el siglo XIX.
Esa prosperidad propició un amplio proceso de modernización de la región, la creación de una importante escuela de ingenieros en Medellín, y el inicio de grandes obras públicas, como el ferrocarril de Antioquia. Se lo recuerdo porque por alguna causa para mí ignorada un día sí y otro también me veo en la necesidad de aclarar que no soy un ser primitivo, que entre mis predecesores inmediatos no hay caníbales ni adoradores del sol, más allá de los ancestros comunes que nos vinculan a la humanidad toda, que soy compatriota de Botero, ese escultor y pintor que tanto parece complacer a nuestros potenciales empleadores.
En fin, no nos fue fácil vender la casa. Obtuvimos por ella la mitad de lo que habíamos planeado. Nada fue sencillo. De repente, pareció que todos hubiésemos sido empujados a salir, arrojados al exterior. No podría decir si fuimos expulsados o salimos huyendo. Cada cual nos dimos una explicación diferente. Unos habían sido destinados a un mejor cargo en los Estados Unidos, otros buscaban tratamiento médico en Europa. Nosotros invocamos los estudios de los niños. Queremos que se formen en la cultura europea, dijimos, y era verdad. O por mejor decir, no era mentira. Queríamos que conocieran la cuna de la civilización, la arquitectura, la escultura, la mitología griega y romana. Planeábamos mostrarles el románico en el Camino de Santiago, el renacimiento en Roma, en Londres el flujo y reflujo de un imperio. Les hablaríamos del comercio internacional en Sevilla y en Rótterdam, de la fusión de culturas en Toledo, del nacimiento del estado moderno en París, nos bañaríamos en el Mare Nostrum… Pensaba en los narcos, en la violencia cotidiana, en la extremada pobreza de muchos y en la extremada riqueza de pocos, en la corrupción de los dirigentes en mi país y se me venían en tropel razones de aprecio a quienes asentaron los principios de la civilización: igualdad, libertad, fraternidad. Después de todo, nosotros venimos de la vieja Europa, nos decíamos para hacer mas leve la marcha.
El primer equívoco se produjo antes de pisar tierra propiamente española, en el aeropuerto internacional de Madrid. Revisaron hasta las prendas íntimas, desmontaron mi neceser, vaciaron los tarros de cosméticos y descompusieron uno de los baúles de los niños buscando que sé qué. Nos dirigían miradas suspicaces, los niños rompieron a llorar al ver roto su baúl, yo trataba de contener las lágrimas, Andrés se puso nervioso. ¿Es así como reciben a los hijos de la madre patria?, se quejó, por decir algo. Somos gente… de bien, quise añadir, pero no pude concluir la frase. Gente o gentuza, aquí viene de todo, me interrumpió una de las personas que contemplaban el registro, ignoro si funcionario o mero espectador.
Debe haberse producido un malentendido, comenté una vez en el taxi, para tranquilizar a los niños. Confiemos en ello, respondió mi marido sombríamente.
Nada de lo que ocurrió fue como habíamos proyectado. Los primeros días en Madrid visitamos el museo del Prado y aprovechamos para conocer someramente la capital. Disponíamos de algún dinero para empezar a vivir pero queríamos asentarnos lo antes posible así que, tan pronto como alquilamos el apartamento, Andrés se dispuso a encontrar trabajo. Su papá y el mío nos habían confiado cartas de recomendación para dos personas que, creían ellos, podrían ayudarle.
La primera de las visitas fue de puro cumplimiento. El señor nos advirtió que estaba jubilado y aseguró haber perdido contacto con el sector. Vivo la mayor parte del año en Alicante, de casualidad que me habéis encontrado aquí.
El segundo contacto nos puso en aviso. El hombre habló de las sucesivas crisis económicas, del cierre de los astilleros y de las grandes empresas. Nada es lo que fue, concluyó, no has escogido el mejor momento para venir.
Escoger. Nosotros no habíamos escogido el momento, era el momento, la situación, los narcos, la pobreza, la violencia nacional, los que nos habían escogido a nosotros.
El resto fue llover sobre mojado. En Colombia, Andrés era un buen ingeniero, pero aquí era un inmigrante más. Lo que se esperaba de él, si se esperaba algo, era mano de obra barata, no tributos intelectuales.
Asumir esa verdad fue el primer paso en lo que, empezábamos a intuir, iba a ser nuestro calvario particular y familiar. El segundo fue salir a buscar trabajo. Sencillamente, Andrés no sabía, nunca lo había hecho, ni se le había ocurrido pensar que un paisa de Antioquia como él tuviera que hacerlo, creía que el empleo formaba parte de la dote humana, de la suya, de su grupo social.
Pronto pudimos comprobar cuán errados andábamos. Apenas consiguió trabajos saltuarios y mal pagados, nada que se asemejara a la ingeniería. Y menos mal que pudo legalizar su situación. Recibimos los documentos cuando ya se nos habían agotado los ahorros, un poco antes de convertirnos en ilegales. Inmigrantes ilegales.
Ilegales, clandestinos, furtivos, menesterosos, desahuciados… ¿Eso éramos nosotros? Medellinenses de Colombia, decíamos a la hora de las presentaciones, y se hacía perceptible en la frente de nuestros interlocutores la leyenda parpadeante con brillos de neón: camorristas, traficantes. Sin que nos hubiéramos percatado cuándo ni dónde junto a la sombra nos había crecido una inscripción indeleble que advertía de nuestra condición: ojo, colombianos.
Los meses que siguieron fueron atroces. ¿Se ha parado usted alguna vez a sopesar el significado profundo de las palabras cuando le conciernen a uno? Atroz, aterrador, espantoso, terrible no son términos que expresen lo mismo para alguien que habla de terceros que para quien cuenta sus daños. ¿Dónde nos habíamos extraviado? ¿En qué punto habíamos errado el camino? Tentada estuve alguna vez de pararme en mitad del paseo y proclamar a voces que yo era una paisa, es decir, descendiente de los españoles que se asentaron en Nueva Granada. Soy de los vuestros, hubiera querido decir, pero había llegado a un punto en que ignoraba quiénes eran los míos y empezaba a interrogarme quién era yo.
Cuando se nos acabó el dinero que teníamos de reserva creí que habíamos tocado fondo, que no podía ocurrirnos nada peor, pero también en eso me había equivocado. Tres días después Andrés perdió el trabajo. Terminó la obra, dijo al llegar a casa. Y añadió no quiero seguir más. ¿Dónde no quieres seguir? Aquí. En Madrid, dices. Ni en Madrid, ni en España, ni en Europa, ni en América, ni en el planeta Tierra. No quiero seguir tirando de este carro.
Esa fue la llamada concluyente. Andrés acababa de expresar exactamente las palabras que se me habían ido almacenando en el cerebro. A medida que repetía la letanía su voz se confundió con la mía y cuando él calló sentí en la garganta un escozor como de mil palabras retenidas en un silencio forzado que arañaban al salir en tropel. Yo también quería irme, irme definitivamente, desaparecer. Pensó usted en el suicidio, me preguntó, más tarde, la psicóloga. No, nunca consideré tal posibilidad, suicidarme hubiera significado asumir mi condición de persona susceptible de identidad y yo carecía de ser, me había transformado en un no ser.
Alguien me habló de una Asociación que ayudaba a inmigrantes sin trabajo. Mi situación era tan desesperada que hubiera acudido incluso si me hubieran dicho que se trataba de echadoras de cartas.
La Asociación existía, en efecto, y estaba formada por un grupo de personas, mujeres en su mayoría, con un nexo común: dedican su tiempo a atender a otras mujeres menos afortunadas que ellas. La fortuna en este caso no está en relación con su poder adquisitivo sino con la conciencia de su condición. Ellas saben quienes son. Algunas de quienes atienden aún andan de búsqueda.
Acudí en situación de bancarrota moral. Expuse mi situación. No tenemos trabajo, ni dinero, ni ánimo para salir del pozo. Me costó explicarlo porque yo misma no acababa de entender qué es lo que habíamos hecho mal, en qué y a partir de donde nos habíamos equivocado. Necesito trabajar, dije, nunca he hecho otra cosa que atender a mi familia pero soy licenciada en Derecho. Me tutearon y me pidieron que lo hiciera yo. Y el trato no desmereció del tuteo.
Con ayuda de las mujeres de la Asociación entré en un proceso de introspección. Necesitaba saber qué había descuidado para ser arrojada del censo de esta manera brutal. Durante horas me mantuve en silencio. Cuando recobré la palabra, supe que nunca más volvería a recuperar la placidez de mi vida anterior, pero tampoco lo añoraba. Yo no era subordinada de nadie, empezaba a adquirir conciencia de mi independencia. Primer atisbo del malentendido.
Me dispuse a empezar de nuevo. Me había nacido la palabra y me preñaba de pensamiento. Por primera vez en mi vida, en el proceso lógico de ilación no había interferencias ajenas, del discurso habían desaparecido mi papá, mis hermanos, Andrés. Estaba aprendiendo a conjugar los verbos en primera persona del singular. Arranqué con quizá fuera bueno que, y concluí con un tengo que. Tampoco había más remedio.
¿Qué sabes hacer? Muy poco, hasta yo lo comprendí. Por añadidura, las ofertas de empleo que manejaba la Asociación no incluían las de presidente de audiencia ni la dirección de empresa. Me propusieron hacer la limpieza en el hogar de un matrimonio en el que ambos trabajaban. Contra lo que pudiera creerse, lo que hubiera creído yo misma poco tiempo antes, me pareció una excelente salida. Podría ganar una plata necesaria y no tendría que pensar demasiado.
La señora abrió el armario donde guardaba escobas, aspirador y utensilios de limpieza y me dijo puede usted empezar por el salón, sólo un minuto antes de que me flaquearan los engranajes del esqueleto. Era mi primer trabajo. No iba a desmayarme a estas alturas y no me amilané. Intenté esbozar una sonrisa, no creyera la doña que la colombiana iba a flojearse, saqué la aspiradora y empecé mi jornada. Calculé, con los treinta euros que me pagará puedo comprar comida para lo que resta de semana.
Desde entonces vamos tirando del carro. Andrés trabaja como vigilante nocturno en una empresa de seguridad, y yo trampeo el tiempo con mis horas de asistenta. Nuestra economía sigue siendo de mera subsistencia, no podemos concedernos un respiro, ni un capricho para los niños, porque se desequilibraría nuestro presupuesto. El avance que hemos logrado es meramente conceptual, ahora sabemos lo que somos, inmigrantes económicos igual que miles de compatriotas y de otros países distintos al nuestro, y aceptamos que la situación puede prolongarse más de lo que pensamos al llegar. No sabemos cuándo podremos volver a Medellín, pero alimentamos la ilusión y el proyecto de volver.
Mientras llega ese momento, he profundizado mi relación con las mujeres de la Asociación, me doy cuenta de que tengo mucho que aprender de ellas y de la experiencia e historia del feminismo. Trato de asimilar todo para que mi experiencia sea útil cuando regrese a Colombia.
Hay días que el retorno parece próximo, ahorraremos lo suficiente para volver a nuestro país, compraremos una casa nueva, trabajaremos ambos, veremos crecer a los niños entre los nuestros, organizaré una Asociación de mujeres… Me veo preparando fríjoles para toda la familia, asistiendo al teatro, visitando los museos, acudiendo a los conciertos de nuestras orquestas. En Medellín tenemos una Sinfónica y otra Filarmónica, varios conjuntos de música antigua, estudiantinas, corales, grupos de jazz y de rock, además de los de música tradicional colombiana - bambucos, pasillos - y latinoamericana, tangueros en primer lugar. ¿Tengo que recordar que fue en Medellín donde en 1937 murió en accidente Carlos Gardel? Como los judíos de la diáspora con su añorada Jerusalén, me digo el próximo año en Medellín.
Cuando el cansancio me puede, pienso que el tiempo pasa más veloz de lo que desearíamos, compruebo con qué rapidez crecen los niños y no sé si estamos echando raíces en tierra ajena, temo que acaso nunca logremos volver y que nos estemos aferrando al mito del retorno.
Es imposible saber qué nos destinará el futuro. Andrés y yo soñamos con la vuelta mientras los niños amplían su círculo de amigos a otros niños españoles. A ellos les repito que aprovechen su estancia en España para aprender lo bueno de este país. Pongo especial cuidado en que mi hija conozca lo que, desde el feminismo, otras mujeres han combatido para allanarle el camino y que ella pueda recorrer el mismo sendero que sus hermanos. Trato de inculcarle lo que a mi nadie me enseñó: que una mujer no es un ser indefenso y subalterno, sino una persona autónoma e independiente, que puede y debe tener criterio propio para recorrer su propia ruta. Si consigo que ella haga suya esa lección, daré por bien empleada mi triste experiencia.