Soy dominicana y me vine a España porque a los 17 años tuve un hijo y allá era imposible criarle, dadas las condiciones de vida.
Sabía que había personas que arreglaban los papeles porque a una prima mía se lo habían hecho. Pagué 61.000 pesos. Vinimos siete mujeres, vía Portugal-Frankfurt, desde allí nos trajeron en dos taxis a España por 700 dólares a cada una. A nosotras nos trajeron dos muchachos de La Guayana que conocían bien el ambiente; entonces había muchos que traían a la gente de mi país a Europa. Estuvimos dos días en Frankfurt sin salir del hotel porque era jueves y ellos decían que los mejores días para viajar eran sábado y domingo. Al llegar a Madrid nos quitaron los pasaportes y nos dieron otros, falsos, claro.
Casi todas conocíamos a alguien en España. Yo llamé a mi prima y me llevó a su casa, en Madrid. Ella me había dicho que trabajaba de camarera en un hotel de primera clase y que ganaba mucho de propinas, pero la primera noche descubrí que todo era mentira. Vivía con dos dominicanas más y dejaban que subieran hombres al lugar. A la mañana siguiente me contó todo.
Fue el primer golpe de realidad. Yo sólo pensaba qué podría hacer porque estaba claro que allí era una molestia para su trabajo. Me dijo que vendría un amigo de ella para enseñarme Madrid. Enseguida descubrí que había entrado en el mundo de la gran mentira. Desde entonces, he escuchado pocas verdades.
Me llevó a bailar a la calle Orense, donde encontré otra compatriota que trabajaba en un club de Algete. Al día siguiente me fui a vivir con ella. Los primeros días fueron tremendos, yo sólo bebía porque te daban el porcentaje y a los clientes les decía que tenía la regla. Mi amiga, a la que estoy muy agradecida, me decía: esto es una selva y aquí se aprende a sobrevivir o se muere. Se ganaba dinero pero asaltaron el local dos veces y cogí miedo.
Fui a Madrid a otro club, aquí duré poco. La gente era muy prepotente. Nunca me había sentido tan poca cosa. Te agraden de palabra. Te violan con tocamientos sin sentido ni respeto. Se ríen de ti por ser negra.
Allí conocí a una muchacha de San Juan, que la habían traído unos dominicanos, y nos fuimos a Vigo. Se ganaba bien pero la red que había traído a mi amiga la exigía demasiado, a pesar de que ya había pagado su deuda, 87.000 pesos en dos años, así que nos fuimos a Gijón con un cliente que ella conocía. El ambiente es bueno porque vivimos solas en un piso y al pub sólo vamos de trabajo de 10 a 5 de la mañana. Las tarifas las pones tú de una forma racional. Somos casi todas extranjeras: colombianas, venezolanas, cubanas, filipinas, chilenas, panameñas… todas muy jóvenes y hay mucha competencia. Yo cobro 50 euros cada 20 minutos, 100 a la hora. De esto, doy el 50% al dueño del pub. Hay otras que tienen otras tarifas, unas más caras y otras más baratas. Los clientes de los pueblos son mejores, más sanos pero normalmente más sucios, menos aseados y además con muchas deficiencias. Un día me llamó una compañera para un dúo, yo le tenía que golpear y decirle cosas. Fue el día peor de mi vida. Estaba loca porque acabara eso. Terminé y me metí al baño, llorando. Le dije a mi amiga que jamás volviera a llamarme para algo igual.
Un pub es como una gran mentira que acabas creyendo como si fuera verdad. Tú no eres tú, porque yo no soy Eva, pero el cliente normalmente tampoco es el cliente. Busca en ti lo que le falta. A veces busca sexo. Otras, sólo quiere hablar y que tu le oigas. Otras te suelto su rollo y acabas llorando con él, sin saber si es cierto o no lo que te cuenta. Estos clientes son muy fieles y respetuosos pero están solos y te llenan de soledad. Algunos me invitaron a ir a vivir con ellos. Hay otros que son enfermos del sexo, te piden las cosas más locas. Sólo soy yo los lunes con mi amiga, que es el día de descanso y guardamos ese día para hablar de nosotras.
Yo espero ahorrar un poco más y me largo. A veces he querido salir del pub, pero no tiene salida, no porque necesites el sexo, sino porque necesitas el dinero. Estoy loca porque acabe, a veces pienso que es una pesadilla. Nunca pensé que el ser humano tuviera tanta capacidad para mentir.
Mi papá me decía desde niña que hay que ir con la verdad por delante. Pero a mí, esta verdad me ha dejado marcada.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
jueves, 20 de noviembre de 2008
Azucena
Cuando nosotros llegamos a Madrid éramos cuatro. Mis hijitos, Manuel y Tomás, mi marido, Víctor, y yo. Me llamo Azucena, ya que usted lo pregunta. No, nunca me he parado a pensar así, en singular. A mí me parece que yo no he sido nunca como usted dice, una primera persona del singular. Vengo de una familia de siete hermanos, cinco chicas y dos chicos, yo era la quinta. Con nosotros vivían los papás de mi mamá y una tía de mi papá. Cuando mi papá se fue a la selva – creo que con la guerrilla o a lo mejor con los narcos, no estoy segura - la tía se quedó con nosotros.
Nunca tuve nada que fuera únicamente mío, recibí lo que ya no usaban mis hermanas o mi mamá, incluso mi tía. Pero eso en mi país es lo usual no es una particularidad de mi familia. Esa manía que tienen ustedes, si me permite que se lo diga, de comprar cosas nuevas y tirar lo que ya no usan, para mí que no es lógico ni sensato. ¡Si resulta difícil distinguir lo nuevo de lo usado! Bueno, perdone que me entremeta, es que yo nunca he tenido ese problema.
Ya veo que me he desviado. Le decía que cuando llegamos éramos cuatro. Vinimos porque mi esposo ya no quiso ser cauchero. Un día llegó de Isla Santa Sofía y dijo, ya no más voy a volver a la isla de los micos. Nosotros decimos isla de los micos a la de Santa Sofía por los muchos monos del lugar. La isla está en el Amazonas, allá en la frontera con Perú y Brasil y allí siempre hay trabajo para los caucheros. Mire lo que son las cosas, cerca de la isla Santa Sofía hay una ciudad que se llama Leticia ¿A que no lo sabía? De niña, yo vivía en Puerto Nariño, y una vez me llevaron a Leticia. ¡Quién me iba a decir que la futura reina de España se iba a llamar como aquel puerto! Qué cosas más chocantes tiene la vida, ¿verdad?
Pues sí, como le decía, Víctor siempre había trabajado en el caucho pero se cansó y dijo nomás. Por un lado que se cansó ¿sabe? y por otro que le metieron en la cabeza ideas de grandeza. De pronto le entraron ganas de ser rico como los señores del caucho. Alguien le contó que en España los indiecitos se ganaban el dinero lo mismo que antes lo ganaron los españoles en los dominios y se lo creyó. Hay quien está deseoso de creer lo que le dicen y ése era Víctor. Cree todo lo que le dicen, no importa lo imposible que sea.
El caso es que empezó a darle vueltas a la idea de venir a España. ¿Y qué haremos allí?, le decía yo. Trabajar como aquí, respondía, ganaremos para comprar una casa en la que viviremos con los chicos y otra aquí para cuando nos hagamos viejos. Muchas casas son, contestaba yo. Y así lo dejábamos. Hasta que un día, el último del mes de diciembre, llegó con los boletos en la mano. Nos vamos tú yo, luego vendremos a por los chicos.
Yo me hice cuentas de que si Víctor había decidido que nos íbamos, lo mejor era hacer el equipaje. No, fíjese, no me costó dejar a los niños, como le digo una cosa le digo otra. Si mi esposo decía que volveríamos a por ellos, sabía que de una u otra forma nos los llevaríamos. Lo que me costó fue dejar la tierra, el río y la luz y eso me sorprendió. Nosotros nacimos en el Amazonas y hasta ese día no se me ocurrió pensar que se podía nacer y vivir en otro lugar. Tampoco pensé que se podía amar el sitio que se ha visto todos los días. Lo descubrí entonces. Son cosas que se le ocurren a uno sólo cuando no tiene otro trabajo más urgente o cuando tiene que irse.
Por si las cosas no salían como Víctor contaba, le propuse ir con los niños al lago Tarapoto a mostrarles los delfines rosados y el loto gigante Victoria Regia. Fue una buena idea, los chicos disfrutaron y yo puedo contar, como ahora le cuento a usted, que nací y viví en un lugar prodigioso. Quizá sea el único tesoro que pueda dejar a mis hijos, el recuerdo del loto gigante y los delfines rosados.
Entonces no lo sabíamos pero cuando el avión aterrizó en España nosotros, que éramos un matrimonio legal – no crea que eso es así siempre en mi país - con pasaporte y unos pesos ahorrados, nos convertimos en inmigrantes ilegales. Yo me pregunto ¿cómo puede ser uno algo sin saberlo? Pues lo éramos. Nos duró poco porque enseguida mi esposo consiguió un buen trabajo en un taller de carpintería y el jefe le procuró los papeles que pedían los españoles. Yo seguí haciendo lo mismo que hasta entonces, fregar, lavar, planchar, ahora en casas más grandes y con más aparatos, pero en lo esencial, la mismita cosa. Con la ventaja de que ahora me pagaban por hacerlo. Alquilamos un piso y, aunque no fuimos a Colombia a por los chicos, los trajo un familiar que también había decidido que quería reclamar a los españoles lo que se llevaron cuando la conquista.
Encontramos colegio para los niños cerca de la casa. Un colegio como nosotros no habíamos visto nunca, con sus aulas limpitas, su comedor, su biblioteca, unas canchas de deportes en las que podrían jugar los Lakers si vinieran por aquí. Enseguida hicieron nuevos amigos. Los niños son como los tanques del ejército, lo derriban todo para abrirse camino.
Qué bonita historia, dirá usted, seguro. Pero no, mire, mi mamá decía que una india debe estar alerta siempre pero más cuando parece que todo va bien porque entonces sólo se puede ir a peor. Esta india que tiene ante usted olvidó el consejo de su mamá. Y ya ve.
Víctor empezó por llegar tarde. Cada día un poquito más tarde. También aprendió a comportarse como si fuera español, no quiero decir español de la España de la reina Sofía y la princesa Leticia, no, español de la España de los conquistadores y las colonias. Actuaba como si fuera blanco, para que me comprenda. Decidió que él era el señor y nosotros los indios. Cada vez más señor y nosotros cada vez más indios. Llegó a un punto en que apenas aparecía por la casa y yo tenía que llevarme a los niños conmigo al trabajo, cuando no tenían colegio.
Lo de beber era natural cuando el caucho. Todos los caucheros beben para soportar la dureza del trabajo, nunca me quejé de ello. Pero en Madrid no había caucho, ni la humedad y el calor del Amazonas, estaba claro que bebía por puro gusto de darse a la bebida.
Así, hasta que un día, en plenas vacaciones de navidad, nos dejó a los tres fuera de casa. Tan simple como que se llevó su llave y la mía. De paso se llevó el dinero, todito lo que teníamos.
Una vecina de la casa, ecuatoriana, me habló de una Asociación de mujeres que podía ayudarnos en el trance. Ellas se encargaron de llamar a un cerrajero que nos abrió la puerta. Nos abrieron otras puertas según voy descubriendo.
Cuando Víctor volvió, dos días después, ya me había dado tiempo a cambiar la cerradura. No le permití entrar. Le dije que aquella ya no era más su casa ni nosotros sus siervos. De paso le aclaré que beber y gritar no le hacía más blanco ni menos indio.
La Asociación me ayudó a negociar con el dueño de la casa el cambio del alquiler a mi nombre. Luego decidimos que podíamos compartir el piso, acomodamos una habitación para los niños y para mí y la otra la alquilé a una mujer que me encontraron también en la Asociación.
Me he convertido en buscadora de ofertas. Busco ofertas de trabajo en horario escolar, cuantos más trabajos mejor. Busco ofertas de barato, de cualquier cosa, comida, ropa, calzado, libros para los chicos. Cuando conozco que en un mercado algo está rebajado, cojo a mis hombrecitos y el carro y allá que nos vamos los tres.
Únicamente los jueves me tomo una pausa. Ese día tengo taller de manualidades en la Asociación de mujeres. Las manualidades me gustan más que cualquier otra clase, es verdad, pero también es cierto que son sólo una excusa. Lo que de verdad me gusta es que allí soy una mujer más. ¿Cómo se lo explicaría? Soy una persona. De vez en cuando me hago la distraída sólo por el gusto de oirme llamar y responder, tan natural como puedo, soy yo. Soy yo, me repito para mí misma. Soy yo. Ni india ni española. Ni sierva ni dueña. Soy una mujer. Que trabaja y que tiene dos chicos a su cargo.
En la biblioteca de mi barrio he encontrado libros de historia que leo a ratos. Quiero aprender lo suficiente para enseñar a mis hijos de donde vienen para que ellos aprendan que puedan elegir dónde quieren ir.
Nunca tuve nada que fuera únicamente mío, recibí lo que ya no usaban mis hermanas o mi mamá, incluso mi tía. Pero eso en mi país es lo usual no es una particularidad de mi familia. Esa manía que tienen ustedes, si me permite que se lo diga, de comprar cosas nuevas y tirar lo que ya no usan, para mí que no es lógico ni sensato. ¡Si resulta difícil distinguir lo nuevo de lo usado! Bueno, perdone que me entremeta, es que yo nunca he tenido ese problema.
Ya veo que me he desviado. Le decía que cuando llegamos éramos cuatro. Vinimos porque mi esposo ya no quiso ser cauchero. Un día llegó de Isla Santa Sofía y dijo, ya no más voy a volver a la isla de los micos. Nosotros decimos isla de los micos a la de Santa Sofía por los muchos monos del lugar. La isla está en el Amazonas, allá en la frontera con Perú y Brasil y allí siempre hay trabajo para los caucheros. Mire lo que son las cosas, cerca de la isla Santa Sofía hay una ciudad que se llama Leticia ¿A que no lo sabía? De niña, yo vivía en Puerto Nariño, y una vez me llevaron a Leticia. ¡Quién me iba a decir que la futura reina de España se iba a llamar como aquel puerto! Qué cosas más chocantes tiene la vida, ¿verdad?
Pues sí, como le decía, Víctor siempre había trabajado en el caucho pero se cansó y dijo nomás. Por un lado que se cansó ¿sabe? y por otro que le metieron en la cabeza ideas de grandeza. De pronto le entraron ganas de ser rico como los señores del caucho. Alguien le contó que en España los indiecitos se ganaban el dinero lo mismo que antes lo ganaron los españoles en los dominios y se lo creyó. Hay quien está deseoso de creer lo que le dicen y ése era Víctor. Cree todo lo que le dicen, no importa lo imposible que sea.
El caso es que empezó a darle vueltas a la idea de venir a España. ¿Y qué haremos allí?, le decía yo. Trabajar como aquí, respondía, ganaremos para comprar una casa en la que viviremos con los chicos y otra aquí para cuando nos hagamos viejos. Muchas casas son, contestaba yo. Y así lo dejábamos. Hasta que un día, el último del mes de diciembre, llegó con los boletos en la mano. Nos vamos tú yo, luego vendremos a por los chicos.
Yo me hice cuentas de que si Víctor había decidido que nos íbamos, lo mejor era hacer el equipaje. No, fíjese, no me costó dejar a los niños, como le digo una cosa le digo otra. Si mi esposo decía que volveríamos a por ellos, sabía que de una u otra forma nos los llevaríamos. Lo que me costó fue dejar la tierra, el río y la luz y eso me sorprendió. Nosotros nacimos en el Amazonas y hasta ese día no se me ocurrió pensar que se podía nacer y vivir en otro lugar. Tampoco pensé que se podía amar el sitio que se ha visto todos los días. Lo descubrí entonces. Son cosas que se le ocurren a uno sólo cuando no tiene otro trabajo más urgente o cuando tiene que irse.
Por si las cosas no salían como Víctor contaba, le propuse ir con los niños al lago Tarapoto a mostrarles los delfines rosados y el loto gigante Victoria Regia. Fue una buena idea, los chicos disfrutaron y yo puedo contar, como ahora le cuento a usted, que nací y viví en un lugar prodigioso. Quizá sea el único tesoro que pueda dejar a mis hijos, el recuerdo del loto gigante y los delfines rosados.
Entonces no lo sabíamos pero cuando el avión aterrizó en España nosotros, que éramos un matrimonio legal – no crea que eso es así siempre en mi país - con pasaporte y unos pesos ahorrados, nos convertimos en inmigrantes ilegales. Yo me pregunto ¿cómo puede ser uno algo sin saberlo? Pues lo éramos. Nos duró poco porque enseguida mi esposo consiguió un buen trabajo en un taller de carpintería y el jefe le procuró los papeles que pedían los españoles. Yo seguí haciendo lo mismo que hasta entonces, fregar, lavar, planchar, ahora en casas más grandes y con más aparatos, pero en lo esencial, la mismita cosa. Con la ventaja de que ahora me pagaban por hacerlo. Alquilamos un piso y, aunque no fuimos a Colombia a por los chicos, los trajo un familiar que también había decidido que quería reclamar a los españoles lo que se llevaron cuando la conquista.
Encontramos colegio para los niños cerca de la casa. Un colegio como nosotros no habíamos visto nunca, con sus aulas limpitas, su comedor, su biblioteca, unas canchas de deportes en las que podrían jugar los Lakers si vinieran por aquí. Enseguida hicieron nuevos amigos. Los niños son como los tanques del ejército, lo derriban todo para abrirse camino.
Qué bonita historia, dirá usted, seguro. Pero no, mire, mi mamá decía que una india debe estar alerta siempre pero más cuando parece que todo va bien porque entonces sólo se puede ir a peor. Esta india que tiene ante usted olvidó el consejo de su mamá. Y ya ve.
Víctor empezó por llegar tarde. Cada día un poquito más tarde. También aprendió a comportarse como si fuera español, no quiero decir español de la España de la reina Sofía y la princesa Leticia, no, español de la España de los conquistadores y las colonias. Actuaba como si fuera blanco, para que me comprenda. Decidió que él era el señor y nosotros los indios. Cada vez más señor y nosotros cada vez más indios. Llegó a un punto en que apenas aparecía por la casa y yo tenía que llevarme a los niños conmigo al trabajo, cuando no tenían colegio.
Lo de beber era natural cuando el caucho. Todos los caucheros beben para soportar la dureza del trabajo, nunca me quejé de ello. Pero en Madrid no había caucho, ni la humedad y el calor del Amazonas, estaba claro que bebía por puro gusto de darse a la bebida.
Así, hasta que un día, en plenas vacaciones de navidad, nos dejó a los tres fuera de casa. Tan simple como que se llevó su llave y la mía. De paso se llevó el dinero, todito lo que teníamos.
Una vecina de la casa, ecuatoriana, me habló de una Asociación de mujeres que podía ayudarnos en el trance. Ellas se encargaron de llamar a un cerrajero que nos abrió la puerta. Nos abrieron otras puertas según voy descubriendo.
Cuando Víctor volvió, dos días después, ya me había dado tiempo a cambiar la cerradura. No le permití entrar. Le dije que aquella ya no era más su casa ni nosotros sus siervos. De paso le aclaré que beber y gritar no le hacía más blanco ni menos indio.
La Asociación me ayudó a negociar con el dueño de la casa el cambio del alquiler a mi nombre. Luego decidimos que podíamos compartir el piso, acomodamos una habitación para los niños y para mí y la otra la alquilé a una mujer que me encontraron también en la Asociación.
Me he convertido en buscadora de ofertas. Busco ofertas de trabajo en horario escolar, cuantos más trabajos mejor. Busco ofertas de barato, de cualquier cosa, comida, ropa, calzado, libros para los chicos. Cuando conozco que en un mercado algo está rebajado, cojo a mis hombrecitos y el carro y allá que nos vamos los tres.
Únicamente los jueves me tomo una pausa. Ese día tengo taller de manualidades en la Asociación de mujeres. Las manualidades me gustan más que cualquier otra clase, es verdad, pero también es cierto que son sólo una excusa. Lo que de verdad me gusta es que allí soy una mujer más. ¿Cómo se lo explicaría? Soy una persona. De vez en cuando me hago la distraída sólo por el gusto de oirme llamar y responder, tan natural como puedo, soy yo. Soy yo, me repito para mí misma. Soy yo. Ni india ni española. Ni sierva ni dueña. Soy una mujer. Que trabaja y que tiene dos chicos a su cargo.
En la biblioteca de mi barrio he encontrado libros de historia que leo a ratos. Quiero aprender lo suficiente para enseñar a mis hijos de donde vienen para que ellos aprendan que puedan elegir dónde quieren ir.
lunes, 17 de noviembre de 2008
Victoria
Nací en Moca, República Dominicana, en 1952, pero solamente nací, no podría hablar del lugar, jamás he vuelto. Mi padre y mi madre eran de Santiago. Fuimos once hermanos, del mismo padre y de la misma madre, ahora quedamos cinco. Dos quedan en mi país, otro vive en Nueva York y dos más vivimos en España.
Mi padre era obrero y mi madre tenía el oficio casero de atender a los niños, a nosotros, porque ellas no tuvieron oportunidad para otra cosa. Mi hermana mayor se crió con mi abuela, yo cuidaba de mis hermanitos. De pequeña jugaba con ellos, también íbamos a la loma a coger el café. Pero duré muy poco, porque luego me fui a la ciudad y ya no volví más. Me fui a Santo Domingo porque una hermana mía vivía allá y me llevó para su casa. En la capital estudié hasta séptimo. Empecé a trabajar a los 15 años. Lavaba y planchaba la ropa para ganar algo y así estuve hasta que conocí a mi marido, que es el que tengo, y me casé. Mi marido era ebanista. Entonces me quedé en la casa, cocinando y cuidando de los hijos, no me podía desenvolver en otra cosa porque no sabía nada.
Vinimos a España por mi hija mayor. Ella vino de las primeras, en 1987, luego se casó con un español, fue con él allá y se trajo a su hermana. Entonces yo le dije, si ustedes se van a España ¿qué van a hacer conmigo aquí? ¿Me van a dejar para morirme sola? Pues no. Me llevan con ustedes. Mi hija mayor dijo pues si te quieres ir, te vas. Así que me vine. Entonces echaba de menos a mi marido, duré diez meses en traérmelo y casi me vuelvo loca, pero me lo traje. Después, a mi hermana. Mi hija nos hizo el viaje a todos.
Vinimos buscando la forma de mejorar la vida, que allá estaba y sigue estando mal. El sueldo es poco y la canasta familiar siempre está por encima de lo que se gana. Nosotros luchábamos por poner un gobierno que arreglase el país. Pero total, nada… Solamente ofrecen; cuando suben, se olvidó todo.
Llegué a España el 8 de marzo, era invierno. Me habían contado que en España todas las personas eran blancas, blancas, blancas. En la carretera del aeropuerto a casa, veía que las plantas y los árboles estaban así como “ripaiados”, que no tenían ni hoja, yo pensaba, era verdad lo que me contaban, hasta las plantas son rubias, porque estaban todas amarillas. Me adapté pronto al frío y enseguida entró el calor.
También me adapté a las personas porque nunca tuve queja. Me han acogido bien, ahora, yo me he comportado, porque si uno no se comporta bien… A mí que nadie me diga que los españoles son malos. Porque si tú estás por la calle y yo tropiezo por equivocación, te digo, ay, perdón, excúsame. Pero si en vez de pedirte excusas te salto con una grosería, pues tú me vas a contestar igual. Yo nunca tuve problemas con la justicia ni en mi país ni aquí tampoco. En mi país me adaptaba a las leyes de República Dominicana, ahora estoy en un país que no es el mío, tengo que adaptarme a las leyes de España.
Nada más llegar, conocí al Voluntariado de Madres Dominicanas, la asociación fue mi primera casa en España, entonces ni siquiera era asociación, era un grupo de gente que brindaba apoyo, a mí y a muchas mujeres que veníamos sin saber qué teníamos que hacer y cómo teníamos que desenvolvernos. Empezó con unos pocos socios en 1987, todos voluntarios. Así estuvo más de tres años, trabajando de voluntarios. Entonces no tenía ni nombre. En el 92 nos legalizamos como asociación pero hasta el 94 no nos dieron la primera ayuda, funcionábamos con las cuotas, nos movíamos y buscábamos gente…
El Voluntariado miraba la forma de dar una dignificación a la persona, eso nos ayudó mucho a los inmigrantes. La asociación nos daba un carnet que nos identificaba, no teníamos la documentación española pero si nos paraba la policía enseñábamos el carnet del Voluntariado y con eso se resolvían todos los problemas.
Los responsables de Vomade, ellos sí que se merecen una medalla de oro. Su casa era la casa de todos, estaban de servicio las 24 horas del día. Alguna vez te acostabas en su casa y a las cuatro de la mañana, que estabas descansando del trabajo, llamaban por teléfono: que fulanito está preso, que lo llevan para el aeropuerto, que lo van a deportar. Y allá se aparecían ellos, a dar la cara para sacarlo. Y se lo quitaban a la policía y lo traían.
Nosotros nos reuníamos en cualquier casa, fue un trabajo duro, luchábamos para agruparnos y esa fuerza de estar unidos es lo que más nos ayudó.
La asociación me ha enseñado mucho, me ha dado mucha vida, he podido hacer cursos de peluquería, de informática. He aprendido algo en la vida porque si me retiro algún día, si me vuelvo a mi país, quiero poder defenderme. No quiero llegar como salí.
Ahora que estoy enferma veo que tengo muchos amigos en España, me lo demostraron cuando estuve en el hospital y por teléfono me llaman muchas amigas. Tengo un grupo de amistades del Voluntariado. Los amigos de República Dominicana están desperdigados por esos mundos. Cuando uno sale de su país, es como que se pierden un poco.
Creo que yo también he ayudado a muchos dominicanos que han acudido a la asociación, nos hemos desvivido por ellos. Cualquier problema que surgiera nos juntábamos un promedio de siete personas para ver qué se podía hacer. Cuando la primera regularización, orientábamos a las personas que iban allá, esas cosas las hacíamos en la asociación totalmente gratis. Había mafias que cobraban dinero a los inmigrantes y a los que estaban desorientados yo les decía ¿por qué no te vas a un abogado? Entonces el Voluntariado organizaba reuniones los segundos domingos de mes, nos juntábamos 400, 500 personas. Yo intentaba movilizar a la gente, ayudar… Vomade ha luchado contra muchas dificultades para que los inmigrantes salieran adelante.
También trabajamos mucho con las chicas que caían en las mafias de la prostitución. Porque a mi no me gustaría ver a una mujer de mi familia en una cosa así y, si no me gusta la prostitución en mi familia, tampoco en otra persona. Me gusta que se lo curren como la curramos nosotros, que nos hacemos callos en las manos, pero trabajando honradamente. A mí no me avergüenza limpiarle la caca a una señora porque es mi trabajo, no me avergüenza y además lo hago con cariño, pero no me gusta ver que una muchachita anda ejerciendo la prostitución. Muchas lo hacen porque quieren y otras lo hacen por necesidad, a la que lo hace por necesidad es a la que tenemos que ayudar y sacar adelante.
En la inmigración también he vivido momentos muy difíciles. El peor de todos fue la muerte de Lucrecia Pérez. Esa chica llegó a España y, al mes, unos gamberros, por decirlo de alguna manera, se metieron en el tinte donde estaba, en Aravaca, y el primer tiro se lo dieron a ella. Y a un ex policía que había le dieron en la pierna pero a ella el tiro fue de muerte. Una chica que no tenía nada que ver con lo que estaba sucediendo allí ni con nada. Fue una muerte trágica que dolió a todos. Madrid entero se tiró a la calle, Madrid entero… no quedó una persona que no saliera a la calle por la muerte de esa chica. Todavía se recuerda, porque esa niña salió de allá empeñando su casa, hipotecándola que le dicen. Dejó una niña pequeñita, que ya ahora debe tener 18 años, cómo pasa el tiempo. Y ella vino a lo mismo que vine yo, a lo mismo que venimos todos ¿sabe? A buscar una mejora de vida. Y lo que encontró fue la muerte… Aquello fue una cosa de racismo.
Yo no he vivido el racismo contra mí directamente, porque yo no tengo la piel oscura, pero sí lo he vivido porque lo veo. He visto que discriminan a los extranjeros, sobre todo si son negros. Vete p’a tu país, les dicen. El racismo era malísimo antes, después de la muerte de Lucrecia se mejoró pero ahora hay de todo, los hay que dicen los inmigrantes son personas como los españoles y los hay que dicen los extranjeros son lo peor de lo peor, vienen a robar, a matar, todo lo malo que pasa en España es por los inmigrantes que han venido.
Al principio echaba de menos esas cosillas de mi pueblo que aquí ni se conocían, me apuraba mucho por el café… ¡Ah, eso sí! El café dominicano no me falta, siempre lo tengo, porque eso me gusta pero lo otro, los plátanos, los gandules, todo eso dulce, eso todo lo tenemos aquí.
Mi hermana se casó con un español, está muy bien casada, también mis hijas se casaron con españoles y me han dado nietos. Esas son las cosas buenas que me ha dado la vida. Que está la familia reunida aquí, en España. Los fines de semana, tú vienes a mi casa y es como si fueran las fiestas de las madres. Hay que cocinar dos kilos de arroz para que puedan comer todos…
Mi marido tiene 67 años y está nuevito. Pobrecito, esto que me ha dado lo ha puesto loco. No me puede ver ni llorar ni nada, porque está acongojado. Se ha rebajado un poco, ha perdido peso.
En España me he dedicado a cuidar personas mayores. Y de enterradora, porque todos acaban muriéndose, ya ve. Me gusta cuidar a las personas mayores porque como mi madre faltó cuando yo era muy joven, es como si les devolviera a ellos el cariño que tenía dentro desde entonces.
Sigo cuidando viejitos, tengo unos por ahí, por Manuel Becerra, pero están de vacaciones. No sé si podré seguir cuidándolos ahora, como estoy enferma, no sé si podré…
Nota: Victoria murió en 2005 y fue enterrada en Madrid, España, su tierra de acogida, donde, a ratos, fue feliz
Mi padre era obrero y mi madre tenía el oficio casero de atender a los niños, a nosotros, porque ellas no tuvieron oportunidad para otra cosa. Mi hermana mayor se crió con mi abuela, yo cuidaba de mis hermanitos. De pequeña jugaba con ellos, también íbamos a la loma a coger el café. Pero duré muy poco, porque luego me fui a la ciudad y ya no volví más. Me fui a Santo Domingo porque una hermana mía vivía allá y me llevó para su casa. En la capital estudié hasta séptimo. Empecé a trabajar a los 15 años. Lavaba y planchaba la ropa para ganar algo y así estuve hasta que conocí a mi marido, que es el que tengo, y me casé. Mi marido era ebanista. Entonces me quedé en la casa, cocinando y cuidando de los hijos, no me podía desenvolver en otra cosa porque no sabía nada.
Vinimos a España por mi hija mayor. Ella vino de las primeras, en 1987, luego se casó con un español, fue con él allá y se trajo a su hermana. Entonces yo le dije, si ustedes se van a España ¿qué van a hacer conmigo aquí? ¿Me van a dejar para morirme sola? Pues no. Me llevan con ustedes. Mi hija mayor dijo pues si te quieres ir, te vas. Así que me vine. Entonces echaba de menos a mi marido, duré diez meses en traérmelo y casi me vuelvo loca, pero me lo traje. Después, a mi hermana. Mi hija nos hizo el viaje a todos.
Vinimos buscando la forma de mejorar la vida, que allá estaba y sigue estando mal. El sueldo es poco y la canasta familiar siempre está por encima de lo que se gana. Nosotros luchábamos por poner un gobierno que arreglase el país. Pero total, nada… Solamente ofrecen; cuando suben, se olvidó todo.
Llegué a España el 8 de marzo, era invierno. Me habían contado que en España todas las personas eran blancas, blancas, blancas. En la carretera del aeropuerto a casa, veía que las plantas y los árboles estaban así como “ripaiados”, que no tenían ni hoja, yo pensaba, era verdad lo que me contaban, hasta las plantas son rubias, porque estaban todas amarillas. Me adapté pronto al frío y enseguida entró el calor.
También me adapté a las personas porque nunca tuve queja. Me han acogido bien, ahora, yo me he comportado, porque si uno no se comporta bien… A mí que nadie me diga que los españoles son malos. Porque si tú estás por la calle y yo tropiezo por equivocación, te digo, ay, perdón, excúsame. Pero si en vez de pedirte excusas te salto con una grosería, pues tú me vas a contestar igual. Yo nunca tuve problemas con la justicia ni en mi país ni aquí tampoco. En mi país me adaptaba a las leyes de República Dominicana, ahora estoy en un país que no es el mío, tengo que adaptarme a las leyes de España.
Nada más llegar, conocí al Voluntariado de Madres Dominicanas, la asociación fue mi primera casa en España, entonces ni siquiera era asociación, era un grupo de gente que brindaba apoyo, a mí y a muchas mujeres que veníamos sin saber qué teníamos que hacer y cómo teníamos que desenvolvernos. Empezó con unos pocos socios en 1987, todos voluntarios. Así estuvo más de tres años, trabajando de voluntarios. Entonces no tenía ni nombre. En el 92 nos legalizamos como asociación pero hasta el 94 no nos dieron la primera ayuda, funcionábamos con las cuotas, nos movíamos y buscábamos gente…
El Voluntariado miraba la forma de dar una dignificación a la persona, eso nos ayudó mucho a los inmigrantes. La asociación nos daba un carnet que nos identificaba, no teníamos la documentación española pero si nos paraba la policía enseñábamos el carnet del Voluntariado y con eso se resolvían todos los problemas.
Los responsables de Vomade, ellos sí que se merecen una medalla de oro. Su casa era la casa de todos, estaban de servicio las 24 horas del día. Alguna vez te acostabas en su casa y a las cuatro de la mañana, que estabas descansando del trabajo, llamaban por teléfono: que fulanito está preso, que lo llevan para el aeropuerto, que lo van a deportar. Y allá se aparecían ellos, a dar la cara para sacarlo. Y se lo quitaban a la policía y lo traían.
Nosotros nos reuníamos en cualquier casa, fue un trabajo duro, luchábamos para agruparnos y esa fuerza de estar unidos es lo que más nos ayudó.
La asociación me ha enseñado mucho, me ha dado mucha vida, he podido hacer cursos de peluquería, de informática. He aprendido algo en la vida porque si me retiro algún día, si me vuelvo a mi país, quiero poder defenderme. No quiero llegar como salí.
Ahora que estoy enferma veo que tengo muchos amigos en España, me lo demostraron cuando estuve en el hospital y por teléfono me llaman muchas amigas. Tengo un grupo de amistades del Voluntariado. Los amigos de República Dominicana están desperdigados por esos mundos. Cuando uno sale de su país, es como que se pierden un poco.
Creo que yo también he ayudado a muchos dominicanos que han acudido a la asociación, nos hemos desvivido por ellos. Cualquier problema que surgiera nos juntábamos un promedio de siete personas para ver qué se podía hacer. Cuando la primera regularización, orientábamos a las personas que iban allá, esas cosas las hacíamos en la asociación totalmente gratis. Había mafias que cobraban dinero a los inmigrantes y a los que estaban desorientados yo les decía ¿por qué no te vas a un abogado? Entonces el Voluntariado organizaba reuniones los segundos domingos de mes, nos juntábamos 400, 500 personas. Yo intentaba movilizar a la gente, ayudar… Vomade ha luchado contra muchas dificultades para que los inmigrantes salieran adelante.
También trabajamos mucho con las chicas que caían en las mafias de la prostitución. Porque a mi no me gustaría ver a una mujer de mi familia en una cosa así y, si no me gusta la prostitución en mi familia, tampoco en otra persona. Me gusta que se lo curren como la curramos nosotros, que nos hacemos callos en las manos, pero trabajando honradamente. A mí no me avergüenza limpiarle la caca a una señora porque es mi trabajo, no me avergüenza y además lo hago con cariño, pero no me gusta ver que una muchachita anda ejerciendo la prostitución. Muchas lo hacen porque quieren y otras lo hacen por necesidad, a la que lo hace por necesidad es a la que tenemos que ayudar y sacar adelante.
En la inmigración también he vivido momentos muy difíciles. El peor de todos fue la muerte de Lucrecia Pérez. Esa chica llegó a España y, al mes, unos gamberros, por decirlo de alguna manera, se metieron en el tinte donde estaba, en Aravaca, y el primer tiro se lo dieron a ella. Y a un ex policía que había le dieron en la pierna pero a ella el tiro fue de muerte. Una chica que no tenía nada que ver con lo que estaba sucediendo allí ni con nada. Fue una muerte trágica que dolió a todos. Madrid entero se tiró a la calle, Madrid entero… no quedó una persona que no saliera a la calle por la muerte de esa chica. Todavía se recuerda, porque esa niña salió de allá empeñando su casa, hipotecándola que le dicen. Dejó una niña pequeñita, que ya ahora debe tener 18 años, cómo pasa el tiempo. Y ella vino a lo mismo que vine yo, a lo mismo que venimos todos ¿sabe? A buscar una mejora de vida. Y lo que encontró fue la muerte… Aquello fue una cosa de racismo.
Yo no he vivido el racismo contra mí directamente, porque yo no tengo la piel oscura, pero sí lo he vivido porque lo veo. He visto que discriminan a los extranjeros, sobre todo si son negros. Vete p’a tu país, les dicen. El racismo era malísimo antes, después de la muerte de Lucrecia se mejoró pero ahora hay de todo, los hay que dicen los inmigrantes son personas como los españoles y los hay que dicen los extranjeros son lo peor de lo peor, vienen a robar, a matar, todo lo malo que pasa en España es por los inmigrantes que han venido.
Al principio echaba de menos esas cosillas de mi pueblo que aquí ni se conocían, me apuraba mucho por el café… ¡Ah, eso sí! El café dominicano no me falta, siempre lo tengo, porque eso me gusta pero lo otro, los plátanos, los gandules, todo eso dulce, eso todo lo tenemos aquí.
Mi hermana se casó con un español, está muy bien casada, también mis hijas se casaron con españoles y me han dado nietos. Esas son las cosas buenas que me ha dado la vida. Que está la familia reunida aquí, en España. Los fines de semana, tú vienes a mi casa y es como si fueran las fiestas de las madres. Hay que cocinar dos kilos de arroz para que puedan comer todos…
Mi marido tiene 67 años y está nuevito. Pobrecito, esto que me ha dado lo ha puesto loco. No me puede ver ni llorar ni nada, porque está acongojado. Se ha rebajado un poco, ha perdido peso.
En España me he dedicado a cuidar personas mayores. Y de enterradora, porque todos acaban muriéndose, ya ve. Me gusta cuidar a las personas mayores porque como mi madre faltó cuando yo era muy joven, es como si les devolviera a ellos el cariño que tenía dentro desde entonces.
Sigo cuidando viejitos, tengo unos por ahí, por Manuel Becerra, pero están de vacaciones. No sé si podré seguir cuidándolos ahora, como estoy enferma, no sé si podré…
Nota: Victoria murió en 2005 y fue enterrada en Madrid, España, su tierra de acogida, donde, a ratos, fue feliz
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Lucrecia
Lucrecia nació y vivió la mayor parte de sus 33 años de vida en Vicente Noble, un pueblo de campesinos, la mayoría jornaleros, del sudeste dominicano que en 1990 vio cómo sus mujeres desaparecían silenciosamente camino de la emigración a España. Una quinta parte de su población, unas 5.000 mujeres en un censo de unos 25.000 habitantes, se trasladaron a trabajar a Madrid soñando una vida mejor para ellas mismas y, sobre todo, para los suyos. Muchas de aquellas mujeres tenían hijos, que quedaron al cuidado de las madres, de los maridos en algún caso.
El marido de Lucrecia se llamaba Víctor Trinidad, aunque en el pueblo era conocido como Alfredo. Jornalero en el campo, trabajaba en la cosecha del coco o del tomate, en la caña o en el banano. La pareja tenía una hija de siete años, Kenia, a la que familiarmente llamaban "Abejita"
Hasta que tomó el camino de la emigración, Lucrecia vivía de lo que producía su campo, planchando o vendiendo carbón vegetal. La marcha fue precipitada. Quienes la ayudaron a entrar en España, sin documentación, le advirtieron de la urgencia del viaje sin tiempo siquiera para despedirse de los suyos. Para salir, Lucrecia pagó 52.000 pesos dominicanos, unos 3.000 euros, que negoció mediante hipoteca, y que incluía billete, gastos y comisión del traficante.
En España no tuvo oportunidad de aprender. Pasó directamente de vender habichuelas y fruta a emplearse como doméstica de una familia compuesta de un matrimonio de trabajadores y tres hijos. “No sabía lo que era un grifo, ni un baño, ni un ascensor. La lavadora era el no va más”, declararía luego la señora, “estuvo 20 días en casa y la despedí porque no servía para el trabajo”. Además, estaba enferma y débil. De carácter apocado y tímido, Lucrecia no consiguió adaptarse a los usos y hábitos del nuevo país. Extrañaba la comida, por lo que apenas se alimentaba, aumentando así su estado de debilidad. Pero, sobre todo, añoraba a su hija y a los suyos, hablaba sola y, algunas noches, sufría pesadillas. Cuando la despidieron, se refugió en las ruinas de la discoteca "Four Roses", donde se habían cobijado ya otros inmigrantes dominicanos, entre ellos una tía de Lucrecia.
El 12 de noviembre de 1992 escribió una carta a Alfredo en la que se quejaba del trato de los españoles con los inmigrantes y le enviaba los primeros 100 dólares que, decía, había ganado en su primer trabajo en España. Lamentaba no haber podido permanecer más que un mes en este empleo y se quejaba de que la señora la trataba mal y no le daba de comer. “Cuando salga del lío, mi amor, te mandaré 2.000 dólares para que dejes el campo y puedas montar un negocio mejor”, concluía la carta, enviada a través de un intermediario.
Al día siguiente de fechar aquella nota dejaría de ser la inmigrante negra y pobre que refugiaba su soledad en el tinte de la carretera de La Coruña para convertirse en el símbolo que nunca pretendió ser. Todos los periódicos ofrecerían su imagen y hablarían de ella como la primera víctima de un crimen racista en España.
El periódico El País, el de mayor tirada nacional, lo relatará así: “En lo que constituye, según las investigaciones iniciales, el primer acto de xenofobia criminal ocurrido en Madrid, cuatro individuos enmascarados asesinaron anoche a una inmigrante dominicana durante el asalto a un local que utilizaban como refugio unas 30 personas de esa nacionalidad. La fallecida es Lucrecia Pérez Matos, de 33 años. Además resultó herida de gravedad otra persona. Los hechos ocurrieron sobre las nueve de la noche, cuando cuatro enmascarados vestidos con ropa negra penetraron en lo que queda de la antigua discoteca Four Roses, en la carretera de La Coruña, a la altura de Aravaca. Los asaltantes dispararon indiscriminadamente contra los dominicanos y huyeron inmediatamente en un coche que les esperaba. La Guardia Civil atribuye inicialmente el atentado a elementos ultraderechistas. El delegado del Gobierno en Madrid, Segismundo Crespo, visitó anoche al herido en la clínica de la Zarzuela”.
Su muerte causó un impacto tremendo en España pero también en República Dominicana. En España el asesinato germinó como una especie de vacuna frente al cultivo xenófobo que hasta ese momento se había estado excitando. En la isla, se prodigaron las protestas por el trato discriminatorio hacia sus trabajadores. En Vicente Noble, Víctor Trinidad reclamaba justicia para los culpables y Kenia, la pequeña Abejita, lloraba a su madre.
El cadáver de Lucrecia fue acogido por la tierra que le había visto nacer. Le acompañó en el viaje su hermano Luís y la esposa de éste, por entonces trabajadores indocumentados en Madrid. Despidieron los restos los responsables del Voluntariado, algunas autoridades locales y los medios de comunicación.
Mañana, 13 de noviembre, se cumplen 16 años de su muerte. De su olvidado asesinato.
El marido de Lucrecia se llamaba Víctor Trinidad, aunque en el pueblo era conocido como Alfredo. Jornalero en el campo, trabajaba en la cosecha del coco o del tomate, en la caña o en el banano. La pareja tenía una hija de siete años, Kenia, a la que familiarmente llamaban "Abejita"
Hasta que tomó el camino de la emigración, Lucrecia vivía de lo que producía su campo, planchando o vendiendo carbón vegetal. La marcha fue precipitada. Quienes la ayudaron a entrar en España, sin documentación, le advirtieron de la urgencia del viaje sin tiempo siquiera para despedirse de los suyos. Para salir, Lucrecia pagó 52.000 pesos dominicanos, unos 3.000 euros, que negoció mediante hipoteca, y que incluía billete, gastos y comisión del traficante.
En España no tuvo oportunidad de aprender. Pasó directamente de vender habichuelas y fruta a emplearse como doméstica de una familia compuesta de un matrimonio de trabajadores y tres hijos. “No sabía lo que era un grifo, ni un baño, ni un ascensor. La lavadora era el no va más”, declararía luego la señora, “estuvo 20 días en casa y la despedí porque no servía para el trabajo”. Además, estaba enferma y débil. De carácter apocado y tímido, Lucrecia no consiguió adaptarse a los usos y hábitos del nuevo país. Extrañaba la comida, por lo que apenas se alimentaba, aumentando así su estado de debilidad. Pero, sobre todo, añoraba a su hija y a los suyos, hablaba sola y, algunas noches, sufría pesadillas. Cuando la despidieron, se refugió en las ruinas de la discoteca "Four Roses", donde se habían cobijado ya otros inmigrantes dominicanos, entre ellos una tía de Lucrecia.
El 12 de noviembre de 1992 escribió una carta a Alfredo en la que se quejaba del trato de los españoles con los inmigrantes y le enviaba los primeros 100 dólares que, decía, había ganado en su primer trabajo en España. Lamentaba no haber podido permanecer más que un mes en este empleo y se quejaba de que la señora la trataba mal y no le daba de comer. “Cuando salga del lío, mi amor, te mandaré 2.000 dólares para que dejes el campo y puedas montar un negocio mejor”, concluía la carta, enviada a través de un intermediario.
Al día siguiente de fechar aquella nota dejaría de ser la inmigrante negra y pobre que refugiaba su soledad en el tinte de la carretera de La Coruña para convertirse en el símbolo que nunca pretendió ser. Todos los periódicos ofrecerían su imagen y hablarían de ella como la primera víctima de un crimen racista en España.
El periódico El País, el de mayor tirada nacional, lo relatará así: “En lo que constituye, según las investigaciones iniciales, el primer acto de xenofobia criminal ocurrido en Madrid, cuatro individuos enmascarados asesinaron anoche a una inmigrante dominicana durante el asalto a un local que utilizaban como refugio unas 30 personas de esa nacionalidad. La fallecida es Lucrecia Pérez Matos, de 33 años. Además resultó herida de gravedad otra persona. Los hechos ocurrieron sobre las nueve de la noche, cuando cuatro enmascarados vestidos con ropa negra penetraron en lo que queda de la antigua discoteca Four Roses, en la carretera de La Coruña, a la altura de Aravaca. Los asaltantes dispararon indiscriminadamente contra los dominicanos y huyeron inmediatamente en un coche que les esperaba. La Guardia Civil atribuye inicialmente el atentado a elementos ultraderechistas. El delegado del Gobierno en Madrid, Segismundo Crespo, visitó anoche al herido en la clínica de la Zarzuela”.
Su muerte causó un impacto tremendo en España pero también en República Dominicana. En España el asesinato germinó como una especie de vacuna frente al cultivo xenófobo que hasta ese momento se había estado excitando. En la isla, se prodigaron las protestas por el trato discriminatorio hacia sus trabajadores. En Vicente Noble, Víctor Trinidad reclamaba justicia para los culpables y Kenia, la pequeña Abejita, lloraba a su madre.
El cadáver de Lucrecia fue acogido por la tierra que le había visto nacer. Le acompañó en el viaje su hermano Luís y la esposa de éste, por entonces trabajadores indocumentados en Madrid. Despidieron los restos los responsables del Voluntariado, algunas autoridades locales y los medios de comunicación.
Mañana, 13 de noviembre, se cumplen 16 años de su muerte. De su olvidado asesinato.
martes, 11 de noviembre de 2008
Nani Daolio
Cuando nació, un frío día de enero de 1944, en Guastalla, localidad de la Regio Emilia italiana, le impusieron el nombre de María Antonia y el apellido Daolio. Con esa identidad, un médico firmó el acta de defunción, en el letargo agosteño de Madrid, en 2005.Entre esas dos fechas fue Nani Daolio y trató de cambiar el mundo. Si no lo consiguió en la medida que hubiera deseado no fue por falta de porfía en el intento.
La suya fue una vida marcada por el éxodo. Con sólo tres años, razones económicas empujaron a su familia a la emigración en Argentina. En su país de acogida se licenció en derecho, especializándose en asuntos civiles y sociales. Miembro de la ejecutiva del Colegio de Abogados, a pesar de su juventud, fue delegada en el Primer Congreso de Mujeres celebrado en Moscú.
Permaneció en Argentina hasta que, por su decidida defensa del sistema democrático y su vinculación con la izquierda política, el golpe militar encabezado por el general Videla la colocó en su punto de mira. Reiteradas amenazas y una situación de riesgo real la empujan de vuelta a Europa.
Tras una primera etapa en su Italia natal, recala en España, donde pronto establece contacto con las opciones de izquierda y aglutina grupos de mujeres latinoamericanas y españolas en iniciativas feministas. Así crea la asociación “Mujer y Sociedad”, con Mercedes Roig, una histórica del feminismo en España.
Pero donde encontraría verdaderamente su campo de batalla sería en el ámbito de los flujos migratorios. España, que tenía una dilatada experiencia como país emisor de emigración, empezaba a convertirse en país de acogida. Nani, pionera en la comprensión del fenómeno migratorio cuando éste todavía era incipiente, tuvo la intuición de lo que se avecinaba y, en 1990, comprendió que instituciones y sociedad debían adaptarse a los cambios que se avecinaban y se dispuso a diseñar programas de atención y ayuda a las mujeres inmigrantes.
Desde “Mujer y Sociedad”, con escasísimos medios y abundante voluntad, puso en marcha programas de apoyo a mujeres inmigrantes en Madrid. La asociación colaboraría también con la Administración en la gestión de “cupos”, el primer intento formal de regularizar la bolsa de trabajadores no documentados llegados a caballo de la década de los ochenta y los noventa del siglo XX.
Programa, gestión y asociación acabarían integrándose en la Federación de Mujeres Progresistas extendiendo su actividad a todo el territorio nacional. En la organización estatal encontraría a Belén Piniés, su alter ego, amiga entrañable e inseparable hasta el último aliento.
Cuando las concentraciones de trabajadoras dominicanas en la plaza de Aravaca empezaban a suscitar las primeras protestas del vecindario, Nani señalaba ya el riesgo de la xenofobia y el racismo en la sociedad de acogida. El asesinato de Lucrecia Pérez la sorprendió tejiendo alianzas para desactivar las expresiones de intolerancia.
Habrán de pasar muchos años para poder calibrar y valorar justamente la labor realizada por Nani Daolio. Las mujeres, y por extensión muchas familias inmigrantes saben mejor que nadie el alcance de su tarea.
No sólo se aplicó al diseño y la gestión de programas de atención a las mujeres inmigrantes. También analizó el fenómeno de la inmigración, el alcance que habría de tener en el corto y medio plazo y los mecanismos que habrían de ponerse en marcha para facilitar la integración de los nuevos ciudadanos en la sociedad de acogida. Con lucidez de emigrante experimentada, supo definir también las causas que empujan los flujos humanos. La excesiva pobreza de la mayoría, la excesiva riqueza de la minoría.
Fruto de este proceso de análisis serían las publicaciones “Inmigración en España: femenino y plural”, el primer intento de aproximación al proceso migratorio protagonizado por mujeres desde el prisma español, y “De vuelta a casa”, sobre el retorno, en colaboración con Mery Varona.
Estableció los primeros contactos con el Voluntariado de Madres Dominicanas en los meses previos a la muerte de Lucrecia si bien fue este asesinato el que selló para siempre su vínculo con la inmigración dominicana. En el Voluntariado trabajó estrechamente con Bernarda Jiménez y con Pedro Álvarez a uno y al otro lado del Atlántico, con dominicanas que proyectaban emigrar a España, con dominicanas que habían emigrado y con quienes habían optado por la vía del retorno, una vez cumplido su plan de migración.
Tenía interiorizado y asumido intelectual y positivamente el binomio feminismo-solidaridad, que llevó a la práctica en términos de abnegación que entendía como parte de su compromiso social. Ella, que conoció el drama de quienes son desplazados definitivamente de su tierra, se dolió siempre de no haber podido retornar a su país del alma, Argentina.
Su inteligencia y lucidez, la perspicacia de sus análisis, el conocimiento de las causas que originan los flujos migratorios y su infatigable compromiso con el progreso de la humanidad le llevaron de un extremo a otro del planeta, siempre aportando iniciativas favorables para los más necesitados. En ese caminar, encontró colaboradores, amigos y afectos que aún se duelen por su ausencia.
Era divertida, culta, brillante y excepcionalmente dotada para tender puentes de interlocución, incluso entre personas de procedencia e ideología enfrentadas. Tuvo la rara virtud de creer en tareas imposibles y extender esa creencia entre sus amigas.
Mujer fuerte como siempre fue, se entregó plenamente a sus convicciones. Tierna y generosa en los afectos, no siempre tuvo la recompensa justa en su vida personal. A cambio, supo tejer una tupida red de amigas y amigos a quienes, con habilidad e ingenio, fue vinculando indeleble y mutuamente, lo que, a la postre, resultó ser su gran patrimonio y ha sido su mejor herencia. Murió rodeada del afecto y acompañada de quienes tanto había querido.
Cuando el cáncer le había dado ya el zarpazo definitivo, y hasta el último aliento, siguió ideando nuevas formas de integración social y laboral para las mujeres inmigrantes, que otras mujeres gestionarán en el futuro. Ya advirtió Eduardo Galeano que la historia está escrita por los blancos y los ricos, los militares y los machos, pero mujeres como Nani Daolio merecen ocupar un lugar en la historia reciente de este mundo globalizado, que ella ha contribuido a hacer un poco más acogedor y hospitalario.
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