Aquí, y en cualquier lugar, lo que ocurre es que hay mucha hipocresía. Y mucho doctor que sabe lo que es bueno para sí y para los demás.
Yo estuve mucho tiempo pensando por otros, por mis papás, por mi hermana, por la gente de mi pueblo, por la gente de la Asociación. Pensé por todo el mundo, hasta que un día me paré y me dije, a ver, tú que piensas que es la vida. Y decidí que se me daba igual lo que dijera la gente de la Asociación, los vecinos de mi pueblo, mi hermana, mis papás, el presidente de la República Dominicana y el rey de España. Y ahora mismo, me da igual lo que usted piense. Lo que piense ahora y cuando termine de contarle mi historia. Que se la cuento porque quiero hacerlo, no porque me lo haya pedido. Y si usted lo quiere contar, pues lo cuenta, lo mismo me importa, que es nada.
Vengo de Altamira, una zona del norte de Santo Domingo más bien pobre. La verdad es que en mi país cualquier lugar es más bien pobre, así mire usted al norte que al sur, donde sale el sol o donde se pone. Somos un país de pobres, por eso emigramos, hay algunos ricos, pocos pero muy ricos, es cierto, que no sé si tiene usted observado que cuando en un sitio hay unos pocos muy, muy ricos, pero ricos de salir en las revistas de color, inevitablemente hay a su alrededor una multitud de pobres muy, pero que muy pobres, de los que también salen en los periódicos en blanco y negro.
A mi me tocó del lado de la valla que sale en los periódicos. Mi familia era como cualquier otra en mi país. Mi papá estaba pero no estaba, estaba cuando quería, no cuando se le necesitaba, aparecía y desaparecía, unas veces daba explicaciones y contaba que se iba a trabajar al sur o a Santo Domingo, otras veces se iba nomás. En algún sitio debía tener otra familia de la que también se iría a veces. Las cosas eran así. Mi mamá trabajaba cuando estaba mi papá y también cuando no estaba.
A pesar de eso, siempre supe que soy una persona con suerte. Porque es verdad, fui a nacer en un rincón de la tierra donde poder comer ya es un exceso, en un pueblo donde no hubo agua corriente, ni luz hasta pasado mucho tiempo. No conocí hasta muy mayor lo que era una lavadora, una aspiradora, un refrigerador, esas cosas que los habitantes de los países ricos consideran imprescindibles para ponerse en marcha cada día. Pero es igual verdad que la naturaleza me dio dos cosas que me han sido de gran utilidad: un buen culo y sentido común.
Yo vine a España como todas, a trabajar y ganar dinero para vivir mejor yo y que pudiera vivir mejor mi familia, para que mi hermana pudiera estudiar en la universidad. En mi país también trabajaba pero no alcanzaba ni para medio vivir. En cuanto llegué, mi prima me encontró un trabajo de interna a través de una asociación de mujeres. Trabajaba como en mi pueblo, más aún, porque allí, cuando una no puede más de cansancio, mira alrededor y ve caras amigas, que le sonríen y eso puede que no descanse pero alivia. Aquí no, en España ya puede estar una a punto de reventar, que si es hora de trabajo hay que seguir hasta que se reviente. Especialmente si una es negra, pobre y doméstica, para qué vamos a engañarnos.
O sea, que a través de la asociación encontré trabajo, sí, con un matrimonio mayor y un hijo que viajaba mucho; me pagaban 100.000 pesetas, cantidad que, visto desde mi pueblo era casi una fortuna. Pero como esa fortuna no la cobraba en mi pueblo sino aquí, resultaba que, descontado lo que enviaba a mi mamá para aliviarle a la familia las carencias de allá, descontado lo que tenía que pagar para liquidar el préstamo del viaje, me quedaba justo, justo, para malvivir.
Eso, con una señora que me vigilaba a todas horas, que pesaba lo que comía y medía lo que gastaba, en luz, en agua, en papel higiénico, incluso. Yo creo que no tuve mucha suerte con mi jefa porque estoy segura de que no todas las empleadoras son como ella, pero ella era así, no exagero un punto. Me perseguía para comprobar que hacía todo lo que me mandaba y si algo no le gustaba, me discurseaba con frases como, estos salvajes que vienen aquí a matar el hambre y la miseria, ni sé cómo los dejamos entrar en nuestras casas. Para terminar, sin remedio, con un, y encima, negra.
A mí al principio no me importaban mucho sus discursos, cuando ella decía negra, yo respondía para mis adentros, y tú, gorda. No me importaba el discurso pero sí el remedio. Es decir, que aquella situación no iba a ninguna parte. Calculé que, al ritmo que llevaba, necesitaría al menos diez años para salir del paso y poderme comprar un terreno en mi pueblo en el que construirme una casa. Bien, me dije, pasan diez años y tienes casa y terreno, ¿y luego, qué? Porque una cosa, no sé si buena o mala, que tiene emigrar es que se ve lo que hay fuera, que unas veces es mejor que lo que tenías y otras es peor. En mi caso, emigrar me enseñó que hay otra vida. Una vida en la que no sólo es trabajar y ahorrar y gastar un poquito para volver a ahorrar. Una vida de vivir. De poder ir algo más lejos que el trayecto Pozuelo-Madrid-Santo Domingo, o sea, el trabajo, la asociación, mi familia. Una vida ¿cómo le diría? de poder decidir qué quería yo.
La verdad es que le había dado vueltas a la idea pero no acababa de encontrar la salida hasta que un día me vino la señora muy enfadada protestando porque no le había lavado las panties a su gusto. La doña lanzó su discurso habitual sobre los salvajes, el hambre y la negritud, para acabar esta vez con un comentario sobre mi poco conocimiento de la lencería fina. Unas panties como éstas no las has visto tú en tu vida, dijo ella. Y, ya ve, me dio la idea.
Porque esa vez no tenía razón: yo sí había visto unas panties finas. En mi pueblo había conocido a una chica que emigró a España, la trajo una gente que aquí dicen mafia, que captaba a personas del entorno, las cogían y las traían para acá. Luego, las gentes de allá hablaban de los males de la emigración, de las mujeres que iban por malos caminos, que se empleaban en la prostitución. El caso es que aquella chica empezó a mandar dinero a su familia que era la envidia de todos. Cuando volvió a su casa vestía unos trajes divinos y estaba guapa de caerse. En esas que pasé yo por la casa de su familia y ví la ropa puesta a secar, una tanda de panties a cual más bonito. Más bonitos que los de mi señora, sin comparación.
Así que aquel día decidí que ya no quería aguantar más las jornadas sin fin, la falta de respeto de la señora y mi falta de futuro. Llamé a mi prima y le dije, dejo la casa. Bueno, llamamos a la asociación y que te encuentre otra, me dijo ella. No, no quiero más casas ni más señoras, estoy harta de lavar bragas y panties a las españolas. Me voy a meter a la prostitución y hacer mi vida.
Mi prima, que es una abogada muy seria, se tiraba de los pelos. Pero tú que me dices, ¿te has vuelto loca? Como vio que hablaba en serio, se fue a la asociación y se lo contó a la presidenta, que me llamó para lo mismo, ¿cómo vas a hacer una cosa así? Echarás tu vida a perder y te arrepentirás siempre, me dijo. Yo quiero mucho a las personas de la asociación, que han ayudado mucho a las dominicanas que hemos venido a España, pero decidí que esta vez no iba a atender más consejos.
Me coloqué en un sitio de León, era un pueblo bonito, la única pega es que en invierno hacía demasiado frío. En los primeros años seguí acudiendo a la asociación, una vez al trimestre me cogía el autobús y me acercaba a ver a la gente de mi país.
Un día le dije a la presidenta, ya que me he metido en esto, quiero defender a las muchachas que están como yo. Pero ella no terminaba de verlo, una asociación de putas, no suena bien, creo yo.
Sin embargo, deberían unirse y organizarse. Lo primero, para evitar que las chicas beban y se metan en la droga, porque si no se conserva el control sobre una misma, se vuelve un guiñapo humano. Una asociación podría ayudarlas a evitar esos peligros, pero lo cierto es que no hubo forma.
Yo nunca tuve que huir de las tentaciones, desde el primer momento supe lo que quería conseguir: trabajar un tiempo, hacerme un dinero y luego ya vería qué hacía con mi vida. La única condición que puse a la dueña es que yo decidía con quién me iba y con quién no quería ir, que ella no se iba a meter en mi vida para nada.
Pronto me hice una clientela fija y, para que vea, lo que era defecto en la otra casa era virtud en esta, todos los clientes querían estar con la negra.
No, el trabajo no es lindo pero dígame usted cuántos trabajos lindos hay para las negras inmigrantes pobres, dígame uno sólo. Sí, muchos días me decía que mi dignidad se había quedado en el suelo, pero no más veces que me lo decía cuando trabajaba con los señores. Si una se olvida de esas circunstancias, el trabajo era entretenido, con frecuencia me encontraba que iba el juez o el cura, y a veces ni siquiera iban a hacer sexo, iban a platicar conmigo, nada más, yo les servía de terapia. Aunque, eso sí, a mí tenían que pagarme religiosamente, usted perdone, igual que si estuvieran haciendo cualquier otra cosa. El trabajo y mi tiempo son sagrados.
Estuve seis años en el lugar. Durante ese tiempo, envié dinero mensualmente a mi familia, que se acomodó una casa bien linda, y mi hermana terminó de estudiar. Yo había ahorrado algo, no demasiado, pero lo suficiente para poner un bar. A la mañana doy comidas también. Desde hace un año tengo tres personas contratadas: una cocinera y dos camareras. Somos todas mujeres, negras las cuatro, ya ve, y el sitio tiene éxito.
No me siento contenta de haber estado en la prostitución, ni de haber sido doméstica. No me siento contenta de haber nacido en un mundo que pone etiquetas por colores, por países, por la ropa, por el pelo. Que divide a los seres humanos en dos apartados: los que tienen dinero y los que no. Nada de eso me gusta, pero yo no he hecho el mundo así, por lo tanto, que no me pidan explicaciones.
martes, 27 de octubre de 2009
jueves, 3 de septiembre de 2009
Jeny

Soy dominicana. Mi familia es de las que ustedes dirían pobres, pero como yo no lo sabía, vivía cómodamente, en mi pueblo. Somos 16 hermanos, porque mi padre tuvo dos familias. Con mi madre tuvo nueve hijos y con otra señora el resto. Yo soy la mayor.
Al principio, mi papá vivía más en mi casa que en la otra hasta que poco a poco se fue alejando. Él nunca amanecía fuera, eso no. Cuando yo tenía dieciséis años ya mi madre no quiso nada con él. Mientras se iba y venía a veces se peleaban, él intentaba golpear a mi madre y ella trataba de que no le diera, a veces cogía una silla y le amenazaba, pero como si nada, él le iba encima. Hasta que un día ella hizo un anexo a la casa, una habitación, se compró una cama y se fue a su habitación y le dejó a él solo en la suya. Y nosotros en medio. Y allí continúa porque él nunca se ha ido de la casa. Mi mamá sí, hace veinte años que se fue a la capital y ahí ya fue la separación completa. Sin papeles, no los necesitaba porque como no se había casado… allí no se apura uno por casarse, por juntarse sí, nosotros le decimos casado a estar juntos, no a los papeles, ya sabe usted.
Mi padre hacía casas. Mi madre no trabajaba, nos criamos con lo poco que mi padre nos daba. A los dieciocho me fui a la capital, me quedé ayudando a una señora y cuando se terminaron las vacaciones volví a mi casa, a mis estudios. Cuando terminé el bachiller tuve a mi primera hija y ya me quedé en la capital.
La niña la tuve con mi primer novio, me lo eché a los dieciocho años. El primer año fue muy bien pero cuando iba pasando el tiempo nos peleábamos, bueno, me peleaba él. Discutía conmigo y me daba golpes, yo lo dejaba, nos separábamos, pero al rato ya estaba él detrás de mí controlándolo todo. Yo le creía y empezaba de nuevo el maltrato. Ya en el noviazgo una vez abusó de mí, yo ahora le digo abuso, pero en mi país cuando son novios no se dice abuso aunque tú no quieras, ya me entiende, es así. Cuando le daba por pelear rompía todo lo que había en casa, entonces le amenazaba con que me iba a casa de mi madre y al rato ya estaba otra vez detrás de mí. Era de esos hombres que quería salir él y que yo me quedara en casa, pero yo tenía veinte años así que él salía por un lado y yo salía por otro con sus hermanas.
Cuando volvía se enfadaba y me golpeaba. Una noche llegó borracho con una botella, yo estaba en la cama, la tiró contra la pared y los cristales me cayeron en la cara, me cosieron y todavía tengo aquí los puntitos, mírelos, aún me duran.
Después de eso le dejé y me fui a mi casa pero al poco, otra vez él detrás. Yo volvía porque, como había sido mi único novio, pensaba que lo hacía porque me quería, por celos. Un día él se había ido a un balneario que dicen las Marías y volvió a media tarde, yo estaba en el patio, lo recuerdo como ahora mismo y mire que hace tiempo que pasó, me dice que tengo que prepararle la comida, que no había comido, él va delante y yo le vengo siguiendo, de repente, se vuelve y me dije, tu quieres que te entre a trompadas, no me dio tiempo a contestar, me dio una trompada en seco, aquí, mire, quedé marcada para toda la vida. Ahí no eché una gota de sangre, me fui detrás de él, muy mansamente, agarré un cuchillo y si no me quitan, no sé qué hubiera pasado. Esa vez no me fui a mi casa, me quedé en la de su madre; me dije, tengo que desquitarme, porque yo no había hecho nada para un maltrato así.
Me quedé pero ya no vivía con él, hasta que un día, me acuerdo que fue en diciembre, me agarró obligada, que fue la última vez que lo hizo. Yo me quedé otra vez, me dije, es mi marido, así es la vida. Hasta que un fin de semana, yo estaba en el bar de sus padres, una discoteca que dicen aquí, con mis cuñadas, y allí no sé qué fue lo que pasó, me entró a golpes en la calle, delante de mi hermana. Fue su padre y lo sujetó. Yo vine, agarré una piedra, que no sé de donde apareció, y se la lancé, le di que le partí no sé qué pues al otro día se lo llevaron a la capital. Esa misma noche me fui a mi casa, recogí toda mi ropa y me fui a la capital hasta la hora presente. En la capital me apareció el malestar del embarazo, que yo no sabía que estaba embarazada. Me hice el test y me salió positivo. A los tres meses pensé que no quería seguir así sola, sin recursos y me volví a mi pueblo.
En todo ese tiempo, ahora lo pienso, mi familia no hacía nada, ni mi madre, me sucedían esas cosas y ella nunca me dijo, debes hacer esto, haz lo otro, nada, nunca, ni mi padre. No me decían tú tienes la culpa, no, les parecía que era lo normal, por eso no decían nada. Y yo volvía porque también creía que él me quería y eso era lo normal, que me maltratara.
Como al mes o a los dos meses de volver al pueblo mi tripa iba subiendo, entonces él vino y como no quise nada con él, se metió con una chica. Así que tuve a mi hija yo sola y él se quedó con la otra chica.
Parece que algo se me abrió en la cabeza y me dijo que ya nunca, nunca, nunca intentara volver con él. Mi hija tiene veintiún años y nunca acudí a él. Dejé a la niña con mi madre, me fui a la capital y me puse a trabajar. No pude estudiar porque tuve a la niña cuando entré en la universidad y no duré ni tres meses.
Trabajé en casa de una familia dos años, entonces conocí a mi marido que tengo ahora, he convivido con él todos estos años. Cuando lo conocí me dijo que dejara de trabajar en casa de la familia, que trabajara con él, que tenía un puesto de fruta, así que me quedé y ganaba más que en la casa. Sacaba para la manutención de mi hija, le seguía mandando a mi madre, y nos estabilizamos en la capital.
Con mi marido de ahora me casé esta vez con papeles y hemos tenido tres niños. Con mi marido ha ido bien, bueno, digo que ha ido bien porque nunca me ha puesto una mano, pero hay cosas que yo digo que son maltrato, maltrato psíquico, yo creo que me maltrata mencionándome el pasado...
Llevo con él veinte años y aún, sin venir a razón, de vez en cuando me dice, el día que te vea hablando con esta gente, la familia de aquel novio, entonces vamos a tener problemas, cuando yo es que no tengo ni recuerdo, ni quiero tenerlo. Creo que tiene celos, que está trastornado con esa relación. El caso, mire qué cosas, que él tuvo una relación peor que yo, tuvo una señora que se metía con otro hombre en su misma casa, creo que le traumatizó, por eso que él es así, porque después es buen hombre, buena persona.
En la capital vivimos doce años, al principio en una casa alquilada, luego compramos la que vivimos, que es bastante grande, teníamos sólo las paredes, pensábamos hacer después los compartimentos. Hasta que me llegó el viaje a España estuvimos conviviendo y trabajando juntos. Mi cuñada me llamó y me dijo que me hacían un contrato, entonces dejé todo y me vine sola. No traje a ninguno, ni a mis hijos ni a mi marido. Hace ocho años, yo voy cada año y así estamos. Una vez duré un año enterito y las otras veces he estado tres meses.
Me decidí a venir porque allí ya eran cuatro niños y lo que ganábamos daba solamente para comer. Cuando me llegó esta oportunidad pensé que era bien buena. No hice ningún lío de dinero para venir porque yo era muy economista, guardaba en el banco algunos pesos para arreglar la casa, así que cogí el dinero y dije, carretera.
No puedo quejarme, gracias a Dios me ha ido bien, lo único es la soledad. Mi marido, mis hijos, mis padres, todos allí, y aquí yo sola con mis cuñadas, que a veces se pasan meses y ni las veo.
Con los años, hemos terminado la casa. Cuando llegué a España me puse a jugar san. Jugar san, por si no lo sabe, es acumular el dinero para que te lo den junto. No guardarlo en el banco, guardarlo tú misma, porque para juntar tres mil euros hay que durar casi tres años, entonces nosotras, de a poquito, nos juntamos diez y vamos haciendo la recolecta de trescientos euros mensuales cada una, hasta que llevamos diez meses, pero cada mes le toca a una persona de las diez. A esa persona le entregas tres mil euros. Cuando vine lo hice así, los primeros dos años metía el sueldo enterito al san y cuando cobraba las quinientas mil pesetas, lo mandaba todo a mi casa, una vez cada diez meses. Mi marido se encargaba de terminar la obra, así que en dos años nos habíamos hecho la casa nueva, los compartimentos, las habitaciones.
Cuando llevaba aquí tres o cuadro años, el negocio empezó a dar menos, yo decía, si el negocio daba cuando yo estaba por qué ahora no. Además, cuando iba veía que mis hijos no estaban como los primeros años, que no comían igual que cuando yo estaba.
No sé si era la falta mía o que no los atendían bien. Total, que le dije a mi marido, para estar en la calle el día entero y que los niños estén solos en la casa con mi madre, se quita el negocio y te quedas en casa y yo mando para que se mantengan todos. Le puse un negocio en la casa, una habitación para eso, pero dice que no da, así que estoy yo sola manteniendo la casa y él ahora no está produciendo nada. De dos años para acá estoy manteniendo la casa con lo que yo mando de aquí, bueno, hasta que Dios quiera.
Ahora estoy planificando traer a mis hijos y a mi marido, aunque él no quiere venir, lo está cogiendo suave, porque él no trabaja, ya usted me entiende. Si viene, tendrá que trabajar.
Mis hijos están estudiando, si vienen espero que no dejen los estudios, porque a veces traes a los hijos porque crees que es lo mejor y cuando llegan, ven que se puede ganar dinero trabajando y dejan de estudiar. Yo quiero que ellos tengan todos estudios, una carrera.
Para eso me ha valido a mí emigrar, para acabar mi casa y que mis hijos puedan estudiar, pero es muy duro, la soledad es tremenda, te pesa cada momento del día.
Aquí he conseguido un trabajo de encierro, ocho años con la señora que me hizo el contrato, mi cuñada me dijo que me quede ahí porque fue la que me hizo el contrato, así que para renovar me fui acostumbrando a ella y al trabajo y ahí me quedé. Pero he vivido ahí cosas… yo me enteré ahí ya que mi vida es una vida de aguantar, que soy aguantadora, desde aquel primer novio, pues que me aguanto.
El trabajo es de interna, no tengo día libre, mi día libre tengo que trabajar, día de fiesta y domingo, o sea, todos los días, los 365 días del año yo tengo que trabajar, bueno 364, menos el primero de enero, ese es el único día que me da la señora. Todos los días encerrada. Después que duré un año en mi casa, me llamó para decirme que si volvía a España que volviera a su casa. Yo fui tonta y no puse condiciones, tenía que haberle dicho que no iba a trabajar días de fiesta ni mis días libres. Le dije que sí y con ella estoy, la semana entera ella y yo solas, pero los domingos me mete veinte, quince, trece, doce personas, toda su familia viene a comer con ella los domingos y días de fiesta y eso es mucho trabajo. Para conseguir lo que tengo han sido ocho años de aguante y nunca me ha dado por buscar otro trabajo.
Hice el curso de peluquería porque la amenacé, le dije, voy a venir de cinco y media a ocho y media, el curso era hasta las nueve y media y yo llegaba a esa hora. Ella me decía que era demasiado buena, que no todas las señoras dejan que las chicas salgan por la tarde y tantas horas, yo le decía, ¿Cuántas horas le trabajo yo el domingo y días de fiesta? Entonces se aflojó, ¿usted sabe lo que ella se ha economizado conmigo en ocho años?
Nunca he buscado una habitación para ponerme de externa, porque como no tengo día libre para salir, pues me quedo ahí, cuando salgo voy a dar una vuelta o donde amigas un rato pero no me puedo quedar a dormir. No he tenido tiempo para nada, no puedo salir cuando hay reuniones. Lo que yo digo, que me estará cobrando la comida y la habitación porque me paga 540 euros, con ocho años que llevo aquí. Cuando le pedí aumento me dio dos horas del trabajo de ella, dos horas para que vaya donde su hija, y con eso me pagan 720 euros. La hija, que es doctora, cuando le pido aumento me dice que gano demasiado. Yo no la culpo a ella, la culpa ha sido mía…
Aquí hay parejas que se relacionan muy bien, aunque tengan su tipo de maltrato, como todas. Ahora ya le llamo maltrato, antes no, cuando a mí me trataban así no sabía que era maltrato, cuando me maltrataban, me decía, esto es cosa de las parejas… Respecto a eso, yo lo veo igual aquí. Hay hombre buenos que ayudan mucho a la mujer, pero de cien hay unos cinco. En todas partes hay de todo, creo yo.
Lo que sí he visto diferente en España es que aquí una mujer no acepta que el hombre tenga una segunda familia, si se entera se lo toma mal. En España si una mujer descubre que su marido tiene otra pareja y no te cae bien, te separas, en República Dominicana mantienen dos relaciones, dos familias, mucho tiempo. Mire lo que pasó con mi madre y mi padre, que estuvo con las dos mujeres, allí se usa más eso, que el hombre viva hasta con cuatro o cinco mujeres y hay hombres que tienen cinco familias numerosas, seis o siete hijos con cada mujer. Aquí, eso es que ni pensarlo.
También la educación de los niños es distinta. Con mi madre yo ayudaba en la casa a fregar, a limpiar, como ella no salía, lo hacíamos juntas, mientras mis hermanos varones estaban en la calle jugando con la bicicleta. Cuando fueron mayores empezaron de limpiabotas hasta que consiguieron trabajo. Allí los niños se educan diferente, trabajan desde pequeñitos. Aquí no pueden trabajar antes de los dieciséis años, allí les da igual si empiezan con cinco años, piensan que van cogiendo conocimiento. Los padres se llevan a los niños con ellos a arrancar hierbas, se ponen a limpiar zapatos, mis hermanos crecieron ya con un limpiabotas de madera en la mano, lo que ganaban lo daban para comer.
Yo, cuando era más pequeña iba a casa de una prima que hacía ropa y, con otra amiga, íbamos a venderla por las casas del barrio. Eso es trabajo ¿verdad? Pero entonces no lo considerábamos así, no le dábamos importancia.
Yo ahora veo a los nietos de mi jefa, tiene uno que habla como si fuera dios y no respeta ni a los padres ni a nadie. De los tres que conozco, uno es muy agresivo, de boca por lo menos, hasta ahora no he visto que ponga mano, ya me entiende, pero de boca, es tremendo.
No es que no me sienta bien en España, pero la soledad, no sabe usted lo que es, no es buena. Hasta ahora, lo que gano lo invierto en mi casa, no me siento mal porque tengo que educar a mis hijos y donde quiera que esté voy a tener que trabajar para ellos hasta que puedan salir adelante, porque no quiero para ellos la vida que yo he tenido. Espero que tengan una vida buena, que consigan buenas parejas, no de ser millonarios, de tratarles bien, de respetarse como personas.
Para mis hijas, no me importa que los hombres que consigan sean pobres pero que las traten bien, que nunca me las digan, tú no puedes comprar esto porque no trabajas, tu no puedes comer esto porque no trabajas, como muchos hombres le dicen a sus mujeres. Que no me las golpeen, que las traten como a un ser humano. Si son pobres no importa porque pueden trabajar los dos.
Eso es lo que quiero para mis hijas, también para los varones. Yo hablo con los cuatro, y les digo, miren, a mi no me importa que ustedes hagan amores con quien hagan, sea pobre sea rica, sea negra sea blanca, porque también hay eso, las razas, ya me entiende…Lo que no quiero es que ustedes varones maltraten a las hijas ajenas ni ustedes hembras maltraten tampoco a los hombres ajenos, que lo que tengan, poco o mucho, lo compartan, si es un plátano, pues un plátano para los dos, no importa.
Pero que no te dé un golpe que te saque sangre, eso no lo quiero para ustedes, ni que ustedes se lo hagan a otro. Se lo digo así, mutuamente, porque los hombres son varones pero ellos van a buscar a las hijas ajenas y no quiero que hagan con las hijas ajenas lo que no deseo para las mías.
Quisiera que mis hijos salgan adelante, que Dios les ayude a ser profesionales y a vivir de su trabajo, que su pareja sea para toda la vida. Porque yo he sufrido maltrato, he aguantado bastante, pero he ido haciendo camino. Soy, como si dijera, una superviviente.
jueves, 30 de abril de 2009
María Rosario
Cuarenta años me ha llevado comprender que había sido víctima de un malentendido.
Me llamo María Rosario. Nací en ciudad de Medellín, provincia de Antioquia, Colombia. Mi vida fue tranquila hasta los diez años; dichosa hasta los veinte; plácida hasta los treinta. Feliz. Fue al llegar a los cuarenta cuando me di cuenta de que todo había sido un error. Parece que eso es algo que nos ocurre a las mujeres con alguna frecuencia. Hay quien cae pronto en la cuenta y endereza el rumbo, hay quien no se percata nunca y rinde su vida en un camino errado, destinado quizá a otra comadre que no pudo transitar por él al hallarlo ocupado. Hay quien sigue una vía ciega. Lo mío fue un malentendido.
Las primeras letras las aprendí en las Madres Irlandesas, unas reverendas que han educado en los buenos modales a las señoritas antioqueñas desde que mi abuelita tenía memoria, que debe ser más de un siglo. De las monjitas pasé a la universidad donde me recibí de abogada como antes lo habían hecho mi abuelo, mi papá y mis hermanos. Acababa de licenciarme cuando me casé con Andrés.
Primero fue la llegada de los hijos, dos niños y una niña, luego la inercia de la atención a la familia y el hecho de que Andrés se ganara bien la vida, nunca me planteé la conveniencia ni la necesidad de contratarme en algún bufete y menos aún de abrir despacho propio. Estaba, además, demasiado ocupada para tales consideraciones. A diario debía llevar a los niños al colegio y recogerlos a la salida, disponer su ropa cada temporada, y revisar la disposición de la casa.
Medellín era para nosotros una ciudad apacible, tranquila y hermosa, suficiente para ser dichosos. Los periódicos extranjeros, ocasionalmente también los nacionales, se referían a sucesos que implicaban a traficantes de coca. Hablaban del cártel de Medellín y nosotros nos dábamos por ofendidos de que nuestro gentilicio se viera mezclado en tales affaires. Alguna vez oímos disparos aislados, nunca cerca de nuestra casa. También nos llegaron rumores sobre cadáveres abandonados en la calle pero lo atribuimos al natural chismorreo de la gente. Esas cosas no podían ocurrir en una ciudad hospitalaria y cálida como Medellín y de ninguna manera afectar a personas de orden como nosotros.
He de advertir, no obstante, que la coca no significa lo mismo aquende que allende el océano. Tengo observado que aquí la palabra está siempre teñida de rechazo o de apetencia, adobada de sentimientos personales. Fruta apetecida o prohibida. En Colombia la coca es, entre otras consideraciones, un producto de consumo cotidiano en las tierras altas de la región andina, mascada o en infusiones, un cultivo de la tierra, tal que aquí sean la remolacha o el maíz, cómo se utilice o comercie es cuestión aparte. En el quién, el cómo y el cuánto trafique con ella está el quid del asunto, el problema nacional.
La situación fue empeorando hasta el punto de afectar a la vida cotidiana. Algunas empresas cerraron, la economía se resintió, desaparecieron las comodidades que habíamos disfrutado, empezó a preocuparnos el futuro, el nuestro y, más aún, el de los niños. Algunos de nuestros amigos optaron por abandonar el país. Mis papás coincidieron en la conveniencia de nuestra marcha, y se inclinaron por la opción europea, con preferencia España. Acaso ha llegado el momento de cerrar el círculo que abrieron nuestros abuelos hace tres siglos cuando embarcaron hacia el Nuevo Mundo, sugirió mi papá.
España puede ser un buen destino, decidió Andrés. Yo estuve de acuerdo. Quizá sea buena idea volver a los orígenes, le dije.
Medellín fue fundada en 1674, poblada por familias vascas, castellanas, andaluzas o asturianas que desembarcaron en Nueva Granada. Cuando aquellos españoles, entre quienes se encontraban mis antepasados, llegaron al Valle de Aburrá, unos años antes de que se estrenara el siglo XVIII, las tierras buenas ya habían sido repartidas. También habían sido repartidos los indígenas que habían sobrevivido a la conquista. Así que hubieron de hacer uso de sus propias fuerzas para labrarse el porvenir que iban buscando. La región es bastante montañosa y pobre para la agricultura por lo que alternaron la minería con el comercio fluvial. Abrieron caminos de grandes recuas de mulas que darían lugar a la leyenda de los arrieros antioqueños.
Los primitivos colonos se unieron entre sí dando lugar a una comunidad muy poco mestiza: los paisas. De los paisas se dice que son emprendedores, andariegos y ahorradores; apegados a las tradiciones pero también innovadores y disidentes. Se precian de carácter franco, algo arisco, y talante igualitarista. Su disciplina, pragmatismo y austero modo de vida, además del oro de las minas, que ocasionalmente les procuró el primer lugar en la producción mundial, favoreció la acumulación de capital financiero de los antioqueños, incluso durante los periodos de guerracivilismo que padeció Colombia en el siglo XIX.
Esa prosperidad propició un amplio proceso de modernización de la región, la creación de una importante escuela de ingenieros en Medellín, y el inicio de grandes obras públicas, como el ferrocarril de Antioquia. Se lo recuerdo porque por alguna causa para mí ignorada un día sí y otro también me veo en la necesidad de aclarar que no soy un ser primitivo, que entre mis predecesores inmediatos no hay caníbales ni adoradores del sol, más allá de los ancestros comunes que nos vinculan a la humanidad toda, que soy compatriota de Botero, ese escultor y pintor que tanto parece complacer a nuestros potenciales empleadores.
En fin, no nos fue fácil vender la casa. Obtuvimos por ella la mitad de lo que habíamos planeado. Nada fue sencillo. De repente, pareció que todos hubiésemos sido empujados a salir, arrojados al exterior. No podría decir si fuimos expulsados o salimos huyendo. Cada cual nos dimos una explicación diferente. Unos habían sido destinados a un mejor cargo en los Estados Unidos, otros buscaban tratamiento médico en Europa. Nosotros invocamos los estudios de los niños. Queremos que se formen en la cultura europea, dijimos, y era verdad. O por mejor decir, no era mentira. Queríamos que conocieran la cuna de la civilización, la arquitectura, la escultura, la mitología griega y romana. Planeábamos mostrarles el románico en el Camino de Santiago, el renacimiento en Roma, en Londres el flujo y reflujo de un imperio. Les hablaríamos del comercio internacional en Sevilla y en Rótterdam, de la fusión de culturas en Toledo, del nacimiento del estado moderno en París, nos bañaríamos en el Mare Nostrum… Pensaba en los narcos, en la violencia cotidiana, en la extremada pobreza de muchos y en la extremada riqueza de pocos, en la corrupción de los dirigentes en mi país y se me venían en tropel razones de aprecio a quienes asentaron los principios de la civilización: igualdad, libertad, fraternidad. Después de todo, nosotros venimos de la vieja Europa, nos decíamos para hacer mas leve la marcha.
El primer equívoco se produjo antes de pisar tierra propiamente española, en el aeropuerto internacional de Madrid. Revisaron hasta las prendas íntimas, desmontaron mi neceser, vaciaron los tarros de cosméticos y descompusieron uno de los baúles de los niños buscando que sé qué. Nos dirigían miradas suspicaces, los niños rompieron a llorar al ver roto su baúl, yo trataba de contener las lágrimas, Andrés se puso nervioso. ¿Es así como reciben a los hijos de la madre patria?, se quejó, por decir algo. Somos gente… de bien, quise añadir, pero no pude concluir la frase. Gente o gentuza, aquí viene de todo, me interrumpió una de las personas que contemplaban el registro, ignoro si funcionario o mero espectador.
Debe haberse producido un malentendido, comenté una vez en el taxi, para tranquilizar a los niños. Confiemos en ello, respondió mi marido sombríamente.
Nada de lo que ocurrió fue como habíamos proyectado. Los primeros días en Madrid visitamos el museo del Prado y aprovechamos para conocer someramente la capital. Disponíamos de algún dinero para empezar a vivir pero queríamos asentarnos lo antes posible así que, tan pronto como alquilamos el apartamento, Andrés se dispuso a encontrar trabajo. Su papá y el mío nos habían confiado cartas de recomendación para dos personas que, creían ellos, podrían ayudarle.
La primera de las visitas fue de puro cumplimiento. El señor nos advirtió que estaba jubilado y aseguró haber perdido contacto con el sector. Vivo la mayor parte del año en Alicante, de casualidad que me habéis encontrado aquí.
El segundo contacto nos puso en aviso. El hombre habló de las sucesivas crisis económicas, del cierre de los astilleros y de las grandes empresas. Nada es lo que fue, concluyó, no has escogido el mejor momento para venir.
Escoger. Nosotros no habíamos escogido el momento, era el momento, la situación, los narcos, la pobreza, la violencia nacional, los que nos habían escogido a nosotros.
El resto fue llover sobre mojado. En Colombia, Andrés era un buen ingeniero, pero aquí era un inmigrante más. Lo que se esperaba de él, si se esperaba algo, era mano de obra barata, no tributos intelectuales.
Asumir esa verdad fue el primer paso en lo que, empezábamos a intuir, iba a ser nuestro calvario particular y familiar. El segundo fue salir a buscar trabajo. Sencillamente, Andrés no sabía, nunca lo había hecho, ni se le había ocurrido pensar que un paisa de Antioquia como él tuviera que hacerlo, creía que el empleo formaba parte de la dote humana, de la suya, de su grupo social.
Pronto pudimos comprobar cuán errados andábamos. Apenas consiguió trabajos saltuarios y mal pagados, nada que se asemejara a la ingeniería. Y menos mal que pudo legalizar su situación. Recibimos los documentos cuando ya se nos habían agotado los ahorros, un poco antes de convertirnos en ilegales. Inmigrantes ilegales.
Ilegales, clandestinos, furtivos, menesterosos, desahuciados… ¿Eso éramos nosotros? Medellinenses de Colombia, decíamos a la hora de las presentaciones, y se hacía perceptible en la frente de nuestros interlocutores la leyenda parpadeante con brillos de neón: camorristas, traficantes. Sin que nos hubiéramos percatado cuándo ni dónde junto a la sombra nos había crecido una inscripción indeleble que advertía de nuestra condición: ojo, colombianos.
Los meses que siguieron fueron atroces. ¿Se ha parado usted alguna vez a sopesar el significado profundo de las palabras cuando le conciernen a uno? Atroz, aterrador, espantoso, terrible no son términos que expresen lo mismo para alguien que habla de terceros que para quien cuenta sus daños. ¿Dónde nos habíamos extraviado? ¿En qué punto habíamos errado el camino? Tentada estuve alguna vez de pararme en mitad del paseo y proclamar a voces que yo era una paisa, es decir, descendiente de los españoles que se asentaron en Nueva Granada. Soy de los vuestros, hubiera querido decir, pero había llegado a un punto en que ignoraba quiénes eran los míos y empezaba a interrogarme quién era yo.
Cuando se nos acabó el dinero que teníamos de reserva creí que habíamos tocado fondo, que no podía ocurrirnos nada peor, pero también en eso me había equivocado. Tres días después Andrés perdió el trabajo. Terminó la obra, dijo al llegar a casa. Y añadió no quiero seguir más. ¿Dónde no quieres seguir? Aquí. En Madrid, dices. Ni en Madrid, ni en España, ni en Europa, ni en América, ni en el planeta Tierra. No quiero seguir tirando de este carro.
Esa fue la llamada concluyente. Andrés acababa de expresar exactamente las palabras que se me habían ido almacenando en el cerebro. A medida que repetía la letanía su voz se confundió con la mía y cuando él calló sentí en la garganta un escozor como de mil palabras retenidas en un silencio forzado que arañaban al salir en tropel. Yo también quería irme, irme definitivamente, desaparecer. Pensó usted en el suicidio, me preguntó, más tarde, la psicóloga. No, nunca consideré tal posibilidad, suicidarme hubiera significado asumir mi condición de persona susceptible de identidad y yo carecía de ser, me había transformado en un no ser.
Alguien me habló de una Asociación que ayudaba a inmigrantes sin trabajo. Mi situación era tan desesperada que hubiera acudido incluso si me hubieran dicho que se trataba de echadoras de cartas.
La Asociación existía, en efecto, y estaba formada por un grupo de personas, mujeres en su mayoría, con un nexo común: dedican su tiempo a atender a otras mujeres menos afortunadas que ellas. La fortuna en este caso no está en relación con su poder adquisitivo sino con la conciencia de su condición. Ellas saben quienes son. Algunas de quienes atienden aún andan de búsqueda.
Acudí en situación de bancarrota moral. Expuse mi situación. No tenemos trabajo, ni dinero, ni ánimo para salir del pozo. Me costó explicarlo porque yo misma no acababa de entender qué es lo que habíamos hecho mal, en qué y a partir de donde nos habíamos equivocado. Necesito trabajar, dije, nunca he hecho otra cosa que atender a mi familia pero soy licenciada en Derecho. Me tutearon y me pidieron que lo hiciera yo. Y el trato no desmereció del tuteo.
Con ayuda de las mujeres de la Asociación entré en un proceso de introspección. Necesitaba saber qué había descuidado para ser arrojada del censo de esta manera brutal. Durante horas me mantuve en silencio. Cuando recobré la palabra, supe que nunca más volvería a recuperar la placidez de mi vida anterior, pero tampoco lo añoraba. Yo no era subordinada de nadie, empezaba a adquirir conciencia de mi independencia. Primer atisbo del malentendido.
Me dispuse a empezar de nuevo. Me había nacido la palabra y me preñaba de pensamiento. Por primera vez en mi vida, en el proceso lógico de ilación no había interferencias ajenas, del discurso habían desaparecido mi papá, mis hermanos, Andrés. Estaba aprendiendo a conjugar los verbos en primera persona del singular. Arranqué con quizá fuera bueno que, y concluí con un tengo que. Tampoco había más remedio.
¿Qué sabes hacer? Muy poco, hasta yo lo comprendí. Por añadidura, las ofertas de empleo que manejaba la Asociación no incluían las de presidente de audiencia ni la dirección de empresa. Me propusieron hacer la limpieza en el hogar de un matrimonio en el que ambos trabajaban. Contra lo que pudiera creerse, lo que hubiera creído yo misma poco tiempo antes, me pareció una excelente salida. Podría ganar una plata necesaria y no tendría que pensar demasiado.
La señora abrió el armario donde guardaba escobas, aspirador y utensilios de limpieza y me dijo puede usted empezar por el salón, sólo un minuto antes de que me flaquearan los engranajes del esqueleto. Era mi primer trabajo. No iba a desmayarme a estas alturas y no me amilané. Intenté esbozar una sonrisa, no creyera la doña que la colombiana iba a flojearse, saqué la aspiradora y empecé mi jornada. Calculé, con los treinta euros que me pagará puedo comprar comida para lo que resta de semana.
Desde entonces vamos tirando del carro. Andrés trabaja como vigilante nocturno en una empresa de seguridad, y yo trampeo el tiempo con mis horas de asistenta. Nuestra economía sigue siendo de mera subsistencia, no podemos concedernos un respiro, ni un capricho para los niños, porque se desequilibraría nuestro presupuesto. El avance que hemos logrado es meramente conceptual, ahora sabemos lo que somos, inmigrantes económicos igual que miles de compatriotas y de otros países distintos al nuestro, y aceptamos que la situación puede prolongarse más de lo que pensamos al llegar. No sabemos cuándo podremos volver a Medellín, pero alimentamos la ilusión y el proyecto de volver.
Mientras llega ese momento, he profundizado mi relación con las mujeres de la Asociación, me doy cuenta de que tengo mucho que aprender de ellas y de la experiencia e historia del feminismo. Trato de asimilar todo para que mi experiencia sea útil cuando regrese a Colombia.
Hay días que el retorno parece próximo, ahorraremos lo suficiente para volver a nuestro país, compraremos una casa nueva, trabajaremos ambos, veremos crecer a los niños entre los nuestros, organizaré una Asociación de mujeres… Me veo preparando fríjoles para toda la familia, asistiendo al teatro, visitando los museos, acudiendo a los conciertos de nuestras orquestas. En Medellín tenemos una Sinfónica y otra Filarmónica, varios conjuntos de música antigua, estudiantinas, corales, grupos de jazz y de rock, además de los de música tradicional colombiana - bambucos, pasillos - y latinoamericana, tangueros en primer lugar. ¿Tengo que recordar que fue en Medellín donde en 1937 murió en accidente Carlos Gardel? Como los judíos de la diáspora con su añorada Jerusalén, me digo el próximo año en Medellín.
Cuando el cansancio me puede, pienso que el tiempo pasa más veloz de lo que desearíamos, compruebo con qué rapidez crecen los niños y no sé si estamos echando raíces en tierra ajena, temo que acaso nunca logremos volver y que nos estemos aferrando al mito del retorno.
Es imposible saber qué nos destinará el futuro. Andrés y yo soñamos con la vuelta mientras los niños amplían su círculo de amigos a otros niños españoles. A ellos les repito que aprovechen su estancia en España para aprender lo bueno de este país. Pongo especial cuidado en que mi hija conozca lo que, desde el feminismo, otras mujeres han combatido para allanarle el camino y que ella pueda recorrer el mismo sendero que sus hermanos. Trato de inculcarle lo que a mi nadie me enseñó: que una mujer no es un ser indefenso y subalterno, sino una persona autónoma e independiente, que puede y debe tener criterio propio para recorrer su propia ruta. Si consigo que ella haga suya esa lección, daré por bien empleada mi triste experiencia.
Me llamo María Rosario. Nací en ciudad de Medellín, provincia de Antioquia, Colombia. Mi vida fue tranquila hasta los diez años; dichosa hasta los veinte; plácida hasta los treinta. Feliz. Fue al llegar a los cuarenta cuando me di cuenta de que todo había sido un error. Parece que eso es algo que nos ocurre a las mujeres con alguna frecuencia. Hay quien cae pronto en la cuenta y endereza el rumbo, hay quien no se percata nunca y rinde su vida en un camino errado, destinado quizá a otra comadre que no pudo transitar por él al hallarlo ocupado. Hay quien sigue una vía ciega. Lo mío fue un malentendido.
Las primeras letras las aprendí en las Madres Irlandesas, unas reverendas que han educado en los buenos modales a las señoritas antioqueñas desde que mi abuelita tenía memoria, que debe ser más de un siglo. De las monjitas pasé a la universidad donde me recibí de abogada como antes lo habían hecho mi abuelo, mi papá y mis hermanos. Acababa de licenciarme cuando me casé con Andrés.
Primero fue la llegada de los hijos, dos niños y una niña, luego la inercia de la atención a la familia y el hecho de que Andrés se ganara bien la vida, nunca me planteé la conveniencia ni la necesidad de contratarme en algún bufete y menos aún de abrir despacho propio. Estaba, además, demasiado ocupada para tales consideraciones. A diario debía llevar a los niños al colegio y recogerlos a la salida, disponer su ropa cada temporada, y revisar la disposición de la casa.
Medellín era para nosotros una ciudad apacible, tranquila y hermosa, suficiente para ser dichosos. Los periódicos extranjeros, ocasionalmente también los nacionales, se referían a sucesos que implicaban a traficantes de coca. Hablaban del cártel de Medellín y nosotros nos dábamos por ofendidos de que nuestro gentilicio se viera mezclado en tales affaires. Alguna vez oímos disparos aislados, nunca cerca de nuestra casa. También nos llegaron rumores sobre cadáveres abandonados en la calle pero lo atribuimos al natural chismorreo de la gente. Esas cosas no podían ocurrir en una ciudad hospitalaria y cálida como Medellín y de ninguna manera afectar a personas de orden como nosotros.
He de advertir, no obstante, que la coca no significa lo mismo aquende que allende el océano. Tengo observado que aquí la palabra está siempre teñida de rechazo o de apetencia, adobada de sentimientos personales. Fruta apetecida o prohibida. En Colombia la coca es, entre otras consideraciones, un producto de consumo cotidiano en las tierras altas de la región andina, mascada o en infusiones, un cultivo de la tierra, tal que aquí sean la remolacha o el maíz, cómo se utilice o comercie es cuestión aparte. En el quién, el cómo y el cuánto trafique con ella está el quid del asunto, el problema nacional.
La situación fue empeorando hasta el punto de afectar a la vida cotidiana. Algunas empresas cerraron, la economía se resintió, desaparecieron las comodidades que habíamos disfrutado, empezó a preocuparnos el futuro, el nuestro y, más aún, el de los niños. Algunos de nuestros amigos optaron por abandonar el país. Mis papás coincidieron en la conveniencia de nuestra marcha, y se inclinaron por la opción europea, con preferencia España. Acaso ha llegado el momento de cerrar el círculo que abrieron nuestros abuelos hace tres siglos cuando embarcaron hacia el Nuevo Mundo, sugirió mi papá.
España puede ser un buen destino, decidió Andrés. Yo estuve de acuerdo. Quizá sea buena idea volver a los orígenes, le dije.
Medellín fue fundada en 1674, poblada por familias vascas, castellanas, andaluzas o asturianas que desembarcaron en Nueva Granada. Cuando aquellos españoles, entre quienes se encontraban mis antepasados, llegaron al Valle de Aburrá, unos años antes de que se estrenara el siglo XVIII, las tierras buenas ya habían sido repartidas. También habían sido repartidos los indígenas que habían sobrevivido a la conquista. Así que hubieron de hacer uso de sus propias fuerzas para labrarse el porvenir que iban buscando. La región es bastante montañosa y pobre para la agricultura por lo que alternaron la minería con el comercio fluvial. Abrieron caminos de grandes recuas de mulas que darían lugar a la leyenda de los arrieros antioqueños.
Los primitivos colonos se unieron entre sí dando lugar a una comunidad muy poco mestiza: los paisas. De los paisas se dice que son emprendedores, andariegos y ahorradores; apegados a las tradiciones pero también innovadores y disidentes. Se precian de carácter franco, algo arisco, y talante igualitarista. Su disciplina, pragmatismo y austero modo de vida, además del oro de las minas, que ocasionalmente les procuró el primer lugar en la producción mundial, favoreció la acumulación de capital financiero de los antioqueños, incluso durante los periodos de guerracivilismo que padeció Colombia en el siglo XIX.
Esa prosperidad propició un amplio proceso de modernización de la región, la creación de una importante escuela de ingenieros en Medellín, y el inicio de grandes obras públicas, como el ferrocarril de Antioquia. Se lo recuerdo porque por alguna causa para mí ignorada un día sí y otro también me veo en la necesidad de aclarar que no soy un ser primitivo, que entre mis predecesores inmediatos no hay caníbales ni adoradores del sol, más allá de los ancestros comunes que nos vinculan a la humanidad toda, que soy compatriota de Botero, ese escultor y pintor que tanto parece complacer a nuestros potenciales empleadores.
En fin, no nos fue fácil vender la casa. Obtuvimos por ella la mitad de lo que habíamos planeado. Nada fue sencillo. De repente, pareció que todos hubiésemos sido empujados a salir, arrojados al exterior. No podría decir si fuimos expulsados o salimos huyendo. Cada cual nos dimos una explicación diferente. Unos habían sido destinados a un mejor cargo en los Estados Unidos, otros buscaban tratamiento médico en Europa. Nosotros invocamos los estudios de los niños. Queremos que se formen en la cultura europea, dijimos, y era verdad. O por mejor decir, no era mentira. Queríamos que conocieran la cuna de la civilización, la arquitectura, la escultura, la mitología griega y romana. Planeábamos mostrarles el románico en el Camino de Santiago, el renacimiento en Roma, en Londres el flujo y reflujo de un imperio. Les hablaríamos del comercio internacional en Sevilla y en Rótterdam, de la fusión de culturas en Toledo, del nacimiento del estado moderno en París, nos bañaríamos en el Mare Nostrum… Pensaba en los narcos, en la violencia cotidiana, en la extremada pobreza de muchos y en la extremada riqueza de pocos, en la corrupción de los dirigentes en mi país y se me venían en tropel razones de aprecio a quienes asentaron los principios de la civilización: igualdad, libertad, fraternidad. Después de todo, nosotros venimos de la vieja Europa, nos decíamos para hacer mas leve la marcha.
El primer equívoco se produjo antes de pisar tierra propiamente española, en el aeropuerto internacional de Madrid. Revisaron hasta las prendas íntimas, desmontaron mi neceser, vaciaron los tarros de cosméticos y descompusieron uno de los baúles de los niños buscando que sé qué. Nos dirigían miradas suspicaces, los niños rompieron a llorar al ver roto su baúl, yo trataba de contener las lágrimas, Andrés se puso nervioso. ¿Es así como reciben a los hijos de la madre patria?, se quejó, por decir algo. Somos gente… de bien, quise añadir, pero no pude concluir la frase. Gente o gentuza, aquí viene de todo, me interrumpió una de las personas que contemplaban el registro, ignoro si funcionario o mero espectador.
Debe haberse producido un malentendido, comenté una vez en el taxi, para tranquilizar a los niños. Confiemos en ello, respondió mi marido sombríamente.
Nada de lo que ocurrió fue como habíamos proyectado. Los primeros días en Madrid visitamos el museo del Prado y aprovechamos para conocer someramente la capital. Disponíamos de algún dinero para empezar a vivir pero queríamos asentarnos lo antes posible así que, tan pronto como alquilamos el apartamento, Andrés se dispuso a encontrar trabajo. Su papá y el mío nos habían confiado cartas de recomendación para dos personas que, creían ellos, podrían ayudarle.
La primera de las visitas fue de puro cumplimiento. El señor nos advirtió que estaba jubilado y aseguró haber perdido contacto con el sector. Vivo la mayor parte del año en Alicante, de casualidad que me habéis encontrado aquí.
El segundo contacto nos puso en aviso. El hombre habló de las sucesivas crisis económicas, del cierre de los astilleros y de las grandes empresas. Nada es lo que fue, concluyó, no has escogido el mejor momento para venir.
Escoger. Nosotros no habíamos escogido el momento, era el momento, la situación, los narcos, la pobreza, la violencia nacional, los que nos habían escogido a nosotros.
El resto fue llover sobre mojado. En Colombia, Andrés era un buen ingeniero, pero aquí era un inmigrante más. Lo que se esperaba de él, si se esperaba algo, era mano de obra barata, no tributos intelectuales.
Asumir esa verdad fue el primer paso en lo que, empezábamos a intuir, iba a ser nuestro calvario particular y familiar. El segundo fue salir a buscar trabajo. Sencillamente, Andrés no sabía, nunca lo había hecho, ni se le había ocurrido pensar que un paisa de Antioquia como él tuviera que hacerlo, creía que el empleo formaba parte de la dote humana, de la suya, de su grupo social.
Pronto pudimos comprobar cuán errados andábamos. Apenas consiguió trabajos saltuarios y mal pagados, nada que se asemejara a la ingeniería. Y menos mal que pudo legalizar su situación. Recibimos los documentos cuando ya se nos habían agotado los ahorros, un poco antes de convertirnos en ilegales. Inmigrantes ilegales.
Ilegales, clandestinos, furtivos, menesterosos, desahuciados… ¿Eso éramos nosotros? Medellinenses de Colombia, decíamos a la hora de las presentaciones, y se hacía perceptible en la frente de nuestros interlocutores la leyenda parpadeante con brillos de neón: camorristas, traficantes. Sin que nos hubiéramos percatado cuándo ni dónde junto a la sombra nos había crecido una inscripción indeleble que advertía de nuestra condición: ojo, colombianos.
Los meses que siguieron fueron atroces. ¿Se ha parado usted alguna vez a sopesar el significado profundo de las palabras cuando le conciernen a uno? Atroz, aterrador, espantoso, terrible no son términos que expresen lo mismo para alguien que habla de terceros que para quien cuenta sus daños. ¿Dónde nos habíamos extraviado? ¿En qué punto habíamos errado el camino? Tentada estuve alguna vez de pararme en mitad del paseo y proclamar a voces que yo era una paisa, es decir, descendiente de los españoles que se asentaron en Nueva Granada. Soy de los vuestros, hubiera querido decir, pero había llegado a un punto en que ignoraba quiénes eran los míos y empezaba a interrogarme quién era yo.
Cuando se nos acabó el dinero que teníamos de reserva creí que habíamos tocado fondo, que no podía ocurrirnos nada peor, pero también en eso me había equivocado. Tres días después Andrés perdió el trabajo. Terminó la obra, dijo al llegar a casa. Y añadió no quiero seguir más. ¿Dónde no quieres seguir? Aquí. En Madrid, dices. Ni en Madrid, ni en España, ni en Europa, ni en América, ni en el planeta Tierra. No quiero seguir tirando de este carro.
Esa fue la llamada concluyente. Andrés acababa de expresar exactamente las palabras que se me habían ido almacenando en el cerebro. A medida que repetía la letanía su voz se confundió con la mía y cuando él calló sentí en la garganta un escozor como de mil palabras retenidas en un silencio forzado que arañaban al salir en tropel. Yo también quería irme, irme definitivamente, desaparecer. Pensó usted en el suicidio, me preguntó, más tarde, la psicóloga. No, nunca consideré tal posibilidad, suicidarme hubiera significado asumir mi condición de persona susceptible de identidad y yo carecía de ser, me había transformado en un no ser.
Alguien me habló de una Asociación que ayudaba a inmigrantes sin trabajo. Mi situación era tan desesperada que hubiera acudido incluso si me hubieran dicho que se trataba de echadoras de cartas.
La Asociación existía, en efecto, y estaba formada por un grupo de personas, mujeres en su mayoría, con un nexo común: dedican su tiempo a atender a otras mujeres menos afortunadas que ellas. La fortuna en este caso no está en relación con su poder adquisitivo sino con la conciencia de su condición. Ellas saben quienes son. Algunas de quienes atienden aún andan de búsqueda.
Acudí en situación de bancarrota moral. Expuse mi situación. No tenemos trabajo, ni dinero, ni ánimo para salir del pozo. Me costó explicarlo porque yo misma no acababa de entender qué es lo que habíamos hecho mal, en qué y a partir de donde nos habíamos equivocado. Necesito trabajar, dije, nunca he hecho otra cosa que atender a mi familia pero soy licenciada en Derecho. Me tutearon y me pidieron que lo hiciera yo. Y el trato no desmereció del tuteo.
Con ayuda de las mujeres de la Asociación entré en un proceso de introspección. Necesitaba saber qué había descuidado para ser arrojada del censo de esta manera brutal. Durante horas me mantuve en silencio. Cuando recobré la palabra, supe que nunca más volvería a recuperar la placidez de mi vida anterior, pero tampoco lo añoraba. Yo no era subordinada de nadie, empezaba a adquirir conciencia de mi independencia. Primer atisbo del malentendido.
Me dispuse a empezar de nuevo. Me había nacido la palabra y me preñaba de pensamiento. Por primera vez en mi vida, en el proceso lógico de ilación no había interferencias ajenas, del discurso habían desaparecido mi papá, mis hermanos, Andrés. Estaba aprendiendo a conjugar los verbos en primera persona del singular. Arranqué con quizá fuera bueno que, y concluí con un tengo que. Tampoco había más remedio.
¿Qué sabes hacer? Muy poco, hasta yo lo comprendí. Por añadidura, las ofertas de empleo que manejaba la Asociación no incluían las de presidente de audiencia ni la dirección de empresa. Me propusieron hacer la limpieza en el hogar de un matrimonio en el que ambos trabajaban. Contra lo que pudiera creerse, lo que hubiera creído yo misma poco tiempo antes, me pareció una excelente salida. Podría ganar una plata necesaria y no tendría que pensar demasiado.
La señora abrió el armario donde guardaba escobas, aspirador y utensilios de limpieza y me dijo puede usted empezar por el salón, sólo un minuto antes de que me flaquearan los engranajes del esqueleto. Era mi primer trabajo. No iba a desmayarme a estas alturas y no me amilané. Intenté esbozar una sonrisa, no creyera la doña que la colombiana iba a flojearse, saqué la aspiradora y empecé mi jornada. Calculé, con los treinta euros que me pagará puedo comprar comida para lo que resta de semana.
Desde entonces vamos tirando del carro. Andrés trabaja como vigilante nocturno en una empresa de seguridad, y yo trampeo el tiempo con mis horas de asistenta. Nuestra economía sigue siendo de mera subsistencia, no podemos concedernos un respiro, ni un capricho para los niños, porque se desequilibraría nuestro presupuesto. El avance que hemos logrado es meramente conceptual, ahora sabemos lo que somos, inmigrantes económicos igual que miles de compatriotas y de otros países distintos al nuestro, y aceptamos que la situación puede prolongarse más de lo que pensamos al llegar. No sabemos cuándo podremos volver a Medellín, pero alimentamos la ilusión y el proyecto de volver.
Mientras llega ese momento, he profundizado mi relación con las mujeres de la Asociación, me doy cuenta de que tengo mucho que aprender de ellas y de la experiencia e historia del feminismo. Trato de asimilar todo para que mi experiencia sea útil cuando regrese a Colombia.
Hay días que el retorno parece próximo, ahorraremos lo suficiente para volver a nuestro país, compraremos una casa nueva, trabajaremos ambos, veremos crecer a los niños entre los nuestros, organizaré una Asociación de mujeres… Me veo preparando fríjoles para toda la familia, asistiendo al teatro, visitando los museos, acudiendo a los conciertos de nuestras orquestas. En Medellín tenemos una Sinfónica y otra Filarmónica, varios conjuntos de música antigua, estudiantinas, corales, grupos de jazz y de rock, además de los de música tradicional colombiana - bambucos, pasillos - y latinoamericana, tangueros en primer lugar. ¿Tengo que recordar que fue en Medellín donde en 1937 murió en accidente Carlos Gardel? Como los judíos de la diáspora con su añorada Jerusalén, me digo el próximo año en Medellín.
Cuando el cansancio me puede, pienso que el tiempo pasa más veloz de lo que desearíamos, compruebo con qué rapidez crecen los niños y no sé si estamos echando raíces en tierra ajena, temo que acaso nunca logremos volver y que nos estemos aferrando al mito del retorno.
Es imposible saber qué nos destinará el futuro. Andrés y yo soñamos con la vuelta mientras los niños amplían su círculo de amigos a otros niños españoles. A ellos les repito que aprovechen su estancia en España para aprender lo bueno de este país. Pongo especial cuidado en que mi hija conozca lo que, desde el feminismo, otras mujeres han combatido para allanarle el camino y que ella pueda recorrer el mismo sendero que sus hermanos. Trato de inculcarle lo que a mi nadie me enseñó: que una mujer no es un ser indefenso y subalterno, sino una persona autónoma e independiente, que puede y debe tener criterio propio para recorrer su propia ruta. Si consigo que ella haga suya esa lección, daré por bien empleada mi triste experiencia.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Evelyn
No es que me niegue a hablar de mi experiencia, es que ocurrió hace tanto tiempo que me parece ajeno a mí, que sucedió a otra persona. Aunque siga en mi pensamiento todos los días. No lo olvido, pero no soy yo. Perdóneme, parece que me estoy enredando pero se lo cuento de la mejor manera posible.
Entré a España por Santiago de Compostela en el año 1993, coincidiendo con lo que llaman año santo jacobeo. Yo tenía dieciséis años, vestía hábitos de monja y creía firmemente que daba los primeros pasos de una carrera artística que iba a llevarme al triunfo absoluto.
La coincidencia con el Santiago español me pareció una señal de buen agüero, una forma de seguir vinculada a mi tierra. Porque yo había nacido en Santiago de los Treinta Caballeros, capital de la provincia de Santiago y de la región del Cibao, en el norte de República Dominicana. Santiago es la primera población americana en tomar el nombre del apóstol y fue capital de la República durante la guerra de la Restauración . De allí han salido importantes personalidades que han triunfado en la política, en la economía y en las artes de mi país. Yo también soñaba con triunfar. Cuando nos juntábamos los amigos en el monumento a los Héroes de la Restauración, junto al teatro del Cibao, mi sueño era ser actriz. Debió ser la influencia de las imágenes esculpidas por el español Juan de Avalos de Lope de Vega, Calderón de la Barca, Fray Luis de León o Sor Juana Inés de la Cruz, que adornan el teatro.
Por eso, y porque sólo tenía dieciséis años, me pareció divertido entrar en España vestida de monja. Aún pensaba en ser artista y creía estar actuando.
Mi carrera artística había empezado un mes antes cuando nos visitó la tía Marilys, hermana de mi papá. Marilys había viajado a España a finales de los ochenta, con las primeras mujeres que emigraron. Fue una pionera y había triunfado. Para salir había tenido que hipotecarse con un préstamo al 30% de interés que le procuró un español que movía el dinero de otros españoles a quienes abonaba intereses del 15%. En poco más de tres años había pagado el crédito y comprado un solar cerca del Parque Colón, donde se estaba levantando un bloque de apartamentos. Las mujeres de la familia la admiraban en público y en privado. Los hombres no decían nada. Yo la idolatraba porque tenía todo lo que deseaba: dinero, talento y elegancia, y representaba cuanto yo quería ser: libre, independiente y rica.
Quiero irme con Marilys a trabajar en España, le dije a mi mamá y ella estuvo de acuerdo. Pensó que aquí sería más fácil que en mi país encontrar trabajo y ganar dinero para ayudar a la familia. Yo veía España como el país de las oportunidades, donde fácilmente podría hacerme actriz, ganar dinero en abundancia, como la tía Marilys, ser famosa y, como ella, comprar solares y hacer apartamentos para toda la familia. Ya le dije, tenía dieciséis años.
A la tía también la pareció una buena idea, cuando se lo expuso mi mamá. La niña quiere irse a trabajar a España, tiene sueños de actriz pero basta con que encuentre un buen trabajo, le dijo. Precisamente conozco a un tipo que es dueño de varios locales de espectáculos y anda buscando chicas jóvenes para desfilar y actuar, respondió Marilys. Rápidamente me procuró una cita con el individuo. Estábamos impresionadas, la prueba sería en la suite del mejor hotel de Santo Domingo.
Cuando llegué encontré a quince chicas, todas jóvenes y algunas muy guapas, que habían sido invitadas para una oferta de trabajo por varios individuos que se dedicaban a atraer muchachas a las que el empresario hacía el reconocimiento. Lo que llamaban “reconocimiento” consistía en que las chicas desfilábamos una y otra vez, totalmente desnudas ante el empresario, que hacía la clasificación: ésta de primera, ésta de segunda, y ésta de tercera. A las de primera las daba un millón de pesetas, en concepto de anticipo, para el viaje y los primeros gastos, para las de segunda el préstamo era de 700.000 pesetas, las de tercera cobraron 300.000. Yo fui de primera y recibí un millón. Nunca había visto tanta plata junta.
El empresario era un dominicano travestido que se hacía llamar Eliana y, si yo no hubiera sido una joven que soñaba con ser rica como la tía Marilys y famosa, habría comprendido que había algo raro en aquella empresa. No sólo no lo vi, sino que me pareció que daba los primeros pasos por el paraíso.
Inmediatamente empezó nuestra preparación. Nos enseñó a rezar con recogimiento y a cantar en latín. Como no entendía para qué habría de servirnos el latín, imaginaba que estaba preparando mi futuro de actriz. La razón era bien simple, así vestidas, de monjitas fervorosas que acudían en peregrinación a Compostela, la tal Eliana había introducido en España a unas tres mil mujeres. Cuando los trámites aduaneros parecían complicarse o cuando alguien pretendía revisar los pasaportes más allá de la diligencia rutinaria, las “monjitas” recibían la indicación de entonar uno de los cantos en latín aprendidos en la fase de instrucción. Cada grupo viajaba acompañado de una “madre reverenda” que cuidaba minuciosamente todos los detalles de la puesta en escena. A pesar de estas cautelas, en una ocasión un policía de aduana observó que, debido a la peculiar creatividad dominicana, algunas de las monjitas lucían unas llamativas uñas rojas, lo que estuvo a punto de hacer fracasar la expedición.
De la frontera pasamos directamente a locales de la organización, de acuerdo con la clasificación que habíamos recibido en el reconocimiento. Las de tercera no llegaron a salir de Galicia, a las de primera nos llevaron a Madrid. Allí terminó mi ensoñación.
Los locales eran prostíbulos donde estábamos obligadas a hacer un mínimo de doce servicios diarios. Al finalizar la jornada de trabajo, que se alargaba a voluntad del encargado del local, nos devolvían a la casa que la organización tenía dispuesta para las chicas, de la que no podíamos salir solas por ninguna excusa ni razón. Cada casa estaba bajo el control de una vigilante de seguridad. A mí me tocó Marilys.
De lo que ganábamos con los clientes, el 40% iba directamente a la organización como gastos empresariales. De la parte que nos asignaban se descontaban los gastos en concepto de mantenimiento, que incluía habitación, comida y vestuario, que nos proporcionaba la “empresa”. La cuota final, que no llegaba al 10%, se destinaba a pagar el préstamo y los intereses del millón que nos entregaron en Santo Domingo que, según nos repetían, la empresa había gastado en costear el viaje y nuestra preparación.
Podría relatarle historias sin fin de aquellos meses de infierno, pero como usted imagina, no son muy distintas de las que han padecido miles de muchachas ignorantes embaucadas por tipos sin escrúpulos que tienen su negocio en el comercio de personas. Un negocio lucrativo, se lo aseguro.
Cuando asumí mi condición de esclava empecé a imaginar cómo podría escapar de la organización. Ni pensar en huir del local, que estaba bien guardado por los gorilas de Eliana. Ni en el trayecto entre la casa y el local, que hacíamos siempre acompañadas. Me centré en ver los resquicios de huida de la casa. La ocasión se presentó en las navidades de 1994. Para mi sorpresa, la noche del 24 de diciembre no trabajamos y Marilys, que se había echado un novio español, salió a cenar y nos dejó en casa, cerradas con llave, pero solas.
A esas alturas, yo había aprendido artimañas suficientes para abrir una puerta cerrada con llave, lo que no sabía era adonde podía ir una vez en la calle y a quien pedir ayuda. Había oído a una compañera hablar de una Asociación que ayudaba a las inmigrantes en apuros. Me dio un teléfono. Abrí la puerta sin mayor problema y salí a la calle en busca de una cabina de teléfono. Marqué el teléfono de la Asociación. Al otro lado respondió una voz de mujer, entre barullo de fiesta. Soy dominicana, dije, estoy presa de una mafia que me tiene en la prostitución y quiero escaparme, si lo consigo ¿pueden ayudarme? La mujer pareció dudar un momento pero enseguida respondió. Dime donde quieres que te recojamos y vamos a por ti. Hoy no, respondí, pero en cuanto pueda la llamaré. Me pareció que la doña creía que le estaba embromando. Y, además, tenía que prepararlo mejor. Volví a la casa y cerré de nuevo como si no hubiera pasado nada.
El día 31 de diciembre tampoco trabajamos y Marilys volvió a salir con su novio. Esperé el tiempo suficiente para asegurarme de que no volvería por cualquier eventualidad, recogí las fotos y los pocos papeles que guardaba en mi mesilla y salí de la casa. Esta vez quise poner definitivamente tierra por medio. A la desesperada, cogí el primer taxi que pasó y le pedí que me llevara al único lugar que se me ocurrió en aquel momento: el Rastro. Cuando puso el vehículo en marcha pensé que había quemado mis naves para bien y para mal.
Cuando el taxista dijo que habíamos llegado al lugar le pedí que esperara mientras hacía una llamada. Marqué de nuevo el teléfono de la Asociación y contestó la misma voz de mujer. Soy Evelyn, estoy perdida en la parte del Rastro, dije. ¿En qué calle estás?, me preguntó. No lo sé. Sal de la cabina y mira la placa que habrá en alguna esquina, insistió. Leí: Plaza de Cascorro. Me dijo, ve a tal bar, pregunta por Víctor, que es amigo mío, dile que te pague el taxi y espéranos allí que ahora vamos a por ti.
Yo estaba totalmente asustada y muy nerviosa ¿Y si los de la Asociación estaban compadreados con la mafia? Ni ellos me conocían a mí ni yo a ellos. Por fin llegó una pareja, la presidenta de la Asociación y su marido, y me llevaron a su casa. Por el camino les conté lo que me había pasado desde que partí de Santo Domingo. Decidieron que era necesario ocultarme. Llamaron a un amigo y preguntaron si podía esconderme en su casa hasta que se resolviera el asunto. Después llamaron a un político y le dijeron, pasa esto, tenemos aquí a una muchacha menor de edad, que está en una red de prostitución y, bueno, vamos a esconderla a ver que pasa.
El amigo me ofreció una habitación donde estuve varios días, prácticamente sola. No podía salir de casa ni asomarme por la ventana. No lo hice pero, no sé cómo, el caso es que alguien supo donde me escondía y me llevaron a otra casa. Después, la presidenta fue a hablar con el jefe de policía que llevaba los asuntos de las mafias. Esta es la situación, le dijeron. Él contestó, tenéis que decirme dónde está la chica, porque estáis ocultando pruebas y yo puedo denunciaros. Bueno, pues haga usted lo que quiera, dijo la presidenta, pero nosotros no vamos a hacer nada hasta que el juez no nos garantice que la chica se va a poder quedar aquí como testigo, por lo menos hasta que salga el juicio.
Porque ya había precedentes de que, después de haber denunciado a la mafia por la detención de inmigrantes, las chicas quedaban en libertad, entonces los mafiosos las cogían, las mandaban a su país, las quitaban el pasaporte y, llegado el momento del juicio, no aparecía nadie a declarar, con lo que salían libres como angelitos y las chicas que habían arriesgado seguían presas de la mafia.
Según supe, el tipo estaba muy reacio al principio hasta que, pasado el tiempo, llamó a la presidenta y dijo, vale, el juez está de acuerdo, le va a permitir estar aquí hasta que salga el juicio, inclusive se les dará papeles a las chicas que colaboren con la justicia. Cuando por fin me llamaron a declarar, la policía dijo que era la misma gente que estaban buscando, el juez lo autorizó y dieron la batida.
El tal Eliana había traído como 2.500 o 3.000 mujeres. Las que estaban peor eran las chicas de Galicia, tuvieron que darles asistencia psicológica. La policía que había llevado el operativo dijo que jamás en su vida había visto una cosa tan denigrante como aquella, mujeres viviendo como auténticos animales.
Estuve escondida hasta que salió el juicio. En el banco de los acusados me encontré a Eliana y a Marilys, pero ya no eran los mismos. Yo tampoco lo era. Aún tenía miedo, sabía que me estaba jugando la vida pero sabía también que, si ganaba la partida, al final podría empezar de nuevo. Empezar una vida distinta.
Con mi declaración les salió una condena de veintitantos años de cárcel. Creo que Eliana acabó muriendo de sida. Marilys vendió sus apartamentos de Santiago, no sé más que fue de ella.
Después del juicio me dieron una identidad nueva y la Asociación me buscó un trabajo en Valencia. Eso fue hace once años. Para mí como si fuera en la era glaciar. Es una historia que ya no tiene nada que ver conmigo, aunque cada día me ronde por la cabeza.
Hace diez años conocí a un hombre estupendo. Cuando me pidió si quería casarme con él, le conté todo como se lo acabo de contar a usted. Me dijo, lo siento. Yo también, respondí. Y no hemos vuelto a hablar de ello. Tenemos dos niños que van a un buen colegio. Cuando la niña tenía seis años, la profesora preguntó a los papás si alguno estaba dispuesto a colaborar en la organización de un grupo de teatro. Mi esposo me animó y me ofrecí. Ahora doy clases de dramatización a niños de varios colegios. En ocasiones llaman para encomendarme nuevos cursos. ¿Es usted la actriz? preguntan. Cuando rememoro mi antigua afición teatral pienso que la vida, en ocasiones, da extraños vericuetos.
Entré a España por Santiago de Compostela en el año 1993, coincidiendo con lo que llaman año santo jacobeo. Yo tenía dieciséis años, vestía hábitos de monja y creía firmemente que daba los primeros pasos de una carrera artística que iba a llevarme al triunfo absoluto.
La coincidencia con el Santiago español me pareció una señal de buen agüero, una forma de seguir vinculada a mi tierra. Porque yo había nacido en Santiago de los Treinta Caballeros, capital de la provincia de Santiago y de la región del Cibao, en el norte de República Dominicana. Santiago es la primera población americana en tomar el nombre del apóstol y fue capital de la República durante la guerra de la Restauración . De allí han salido importantes personalidades que han triunfado en la política, en la economía y en las artes de mi país. Yo también soñaba con triunfar. Cuando nos juntábamos los amigos en el monumento a los Héroes de la Restauración, junto al teatro del Cibao, mi sueño era ser actriz. Debió ser la influencia de las imágenes esculpidas por el español Juan de Avalos de Lope de Vega, Calderón de la Barca, Fray Luis de León o Sor Juana Inés de la Cruz, que adornan el teatro.
Por eso, y porque sólo tenía dieciséis años, me pareció divertido entrar en España vestida de monja. Aún pensaba en ser artista y creía estar actuando.
Mi carrera artística había empezado un mes antes cuando nos visitó la tía Marilys, hermana de mi papá. Marilys había viajado a España a finales de los ochenta, con las primeras mujeres que emigraron. Fue una pionera y había triunfado. Para salir había tenido que hipotecarse con un préstamo al 30% de interés que le procuró un español que movía el dinero de otros españoles a quienes abonaba intereses del 15%. En poco más de tres años había pagado el crédito y comprado un solar cerca del Parque Colón, donde se estaba levantando un bloque de apartamentos. Las mujeres de la familia la admiraban en público y en privado. Los hombres no decían nada. Yo la idolatraba porque tenía todo lo que deseaba: dinero, talento y elegancia, y representaba cuanto yo quería ser: libre, independiente y rica.
Quiero irme con Marilys a trabajar en España, le dije a mi mamá y ella estuvo de acuerdo. Pensó que aquí sería más fácil que en mi país encontrar trabajo y ganar dinero para ayudar a la familia. Yo veía España como el país de las oportunidades, donde fácilmente podría hacerme actriz, ganar dinero en abundancia, como la tía Marilys, ser famosa y, como ella, comprar solares y hacer apartamentos para toda la familia. Ya le dije, tenía dieciséis años.
A la tía también la pareció una buena idea, cuando se lo expuso mi mamá. La niña quiere irse a trabajar a España, tiene sueños de actriz pero basta con que encuentre un buen trabajo, le dijo. Precisamente conozco a un tipo que es dueño de varios locales de espectáculos y anda buscando chicas jóvenes para desfilar y actuar, respondió Marilys. Rápidamente me procuró una cita con el individuo. Estábamos impresionadas, la prueba sería en la suite del mejor hotel de Santo Domingo.
Cuando llegué encontré a quince chicas, todas jóvenes y algunas muy guapas, que habían sido invitadas para una oferta de trabajo por varios individuos que se dedicaban a atraer muchachas a las que el empresario hacía el reconocimiento. Lo que llamaban “reconocimiento” consistía en que las chicas desfilábamos una y otra vez, totalmente desnudas ante el empresario, que hacía la clasificación: ésta de primera, ésta de segunda, y ésta de tercera. A las de primera las daba un millón de pesetas, en concepto de anticipo, para el viaje y los primeros gastos, para las de segunda el préstamo era de 700.000 pesetas, las de tercera cobraron 300.000. Yo fui de primera y recibí un millón. Nunca había visto tanta plata junta.
El empresario era un dominicano travestido que se hacía llamar Eliana y, si yo no hubiera sido una joven que soñaba con ser rica como la tía Marilys y famosa, habría comprendido que había algo raro en aquella empresa. No sólo no lo vi, sino que me pareció que daba los primeros pasos por el paraíso.
Inmediatamente empezó nuestra preparación. Nos enseñó a rezar con recogimiento y a cantar en latín. Como no entendía para qué habría de servirnos el latín, imaginaba que estaba preparando mi futuro de actriz. La razón era bien simple, así vestidas, de monjitas fervorosas que acudían en peregrinación a Compostela, la tal Eliana había introducido en España a unas tres mil mujeres. Cuando los trámites aduaneros parecían complicarse o cuando alguien pretendía revisar los pasaportes más allá de la diligencia rutinaria, las “monjitas” recibían la indicación de entonar uno de los cantos en latín aprendidos en la fase de instrucción. Cada grupo viajaba acompañado de una “madre reverenda” que cuidaba minuciosamente todos los detalles de la puesta en escena. A pesar de estas cautelas, en una ocasión un policía de aduana observó que, debido a la peculiar creatividad dominicana, algunas de las monjitas lucían unas llamativas uñas rojas, lo que estuvo a punto de hacer fracasar la expedición.
De la frontera pasamos directamente a locales de la organización, de acuerdo con la clasificación que habíamos recibido en el reconocimiento. Las de tercera no llegaron a salir de Galicia, a las de primera nos llevaron a Madrid. Allí terminó mi ensoñación.
Los locales eran prostíbulos donde estábamos obligadas a hacer un mínimo de doce servicios diarios. Al finalizar la jornada de trabajo, que se alargaba a voluntad del encargado del local, nos devolvían a la casa que la organización tenía dispuesta para las chicas, de la que no podíamos salir solas por ninguna excusa ni razón. Cada casa estaba bajo el control de una vigilante de seguridad. A mí me tocó Marilys.
De lo que ganábamos con los clientes, el 40% iba directamente a la organización como gastos empresariales. De la parte que nos asignaban se descontaban los gastos en concepto de mantenimiento, que incluía habitación, comida y vestuario, que nos proporcionaba la “empresa”. La cuota final, que no llegaba al 10%, se destinaba a pagar el préstamo y los intereses del millón que nos entregaron en Santo Domingo que, según nos repetían, la empresa había gastado en costear el viaje y nuestra preparación.
Podría relatarle historias sin fin de aquellos meses de infierno, pero como usted imagina, no son muy distintas de las que han padecido miles de muchachas ignorantes embaucadas por tipos sin escrúpulos que tienen su negocio en el comercio de personas. Un negocio lucrativo, se lo aseguro.
Cuando asumí mi condición de esclava empecé a imaginar cómo podría escapar de la organización. Ni pensar en huir del local, que estaba bien guardado por los gorilas de Eliana. Ni en el trayecto entre la casa y el local, que hacíamos siempre acompañadas. Me centré en ver los resquicios de huida de la casa. La ocasión se presentó en las navidades de 1994. Para mi sorpresa, la noche del 24 de diciembre no trabajamos y Marilys, que se había echado un novio español, salió a cenar y nos dejó en casa, cerradas con llave, pero solas.
A esas alturas, yo había aprendido artimañas suficientes para abrir una puerta cerrada con llave, lo que no sabía era adonde podía ir una vez en la calle y a quien pedir ayuda. Había oído a una compañera hablar de una Asociación que ayudaba a las inmigrantes en apuros. Me dio un teléfono. Abrí la puerta sin mayor problema y salí a la calle en busca de una cabina de teléfono. Marqué el teléfono de la Asociación. Al otro lado respondió una voz de mujer, entre barullo de fiesta. Soy dominicana, dije, estoy presa de una mafia que me tiene en la prostitución y quiero escaparme, si lo consigo ¿pueden ayudarme? La mujer pareció dudar un momento pero enseguida respondió. Dime donde quieres que te recojamos y vamos a por ti. Hoy no, respondí, pero en cuanto pueda la llamaré. Me pareció que la doña creía que le estaba embromando. Y, además, tenía que prepararlo mejor. Volví a la casa y cerré de nuevo como si no hubiera pasado nada.
El día 31 de diciembre tampoco trabajamos y Marilys volvió a salir con su novio. Esperé el tiempo suficiente para asegurarme de que no volvería por cualquier eventualidad, recogí las fotos y los pocos papeles que guardaba en mi mesilla y salí de la casa. Esta vez quise poner definitivamente tierra por medio. A la desesperada, cogí el primer taxi que pasó y le pedí que me llevara al único lugar que se me ocurrió en aquel momento: el Rastro. Cuando puso el vehículo en marcha pensé que había quemado mis naves para bien y para mal.
Cuando el taxista dijo que habíamos llegado al lugar le pedí que esperara mientras hacía una llamada. Marqué de nuevo el teléfono de la Asociación y contestó la misma voz de mujer. Soy Evelyn, estoy perdida en la parte del Rastro, dije. ¿En qué calle estás?, me preguntó. No lo sé. Sal de la cabina y mira la placa que habrá en alguna esquina, insistió. Leí: Plaza de Cascorro. Me dijo, ve a tal bar, pregunta por Víctor, que es amigo mío, dile que te pague el taxi y espéranos allí que ahora vamos a por ti.
Yo estaba totalmente asustada y muy nerviosa ¿Y si los de la Asociación estaban compadreados con la mafia? Ni ellos me conocían a mí ni yo a ellos. Por fin llegó una pareja, la presidenta de la Asociación y su marido, y me llevaron a su casa. Por el camino les conté lo que me había pasado desde que partí de Santo Domingo. Decidieron que era necesario ocultarme. Llamaron a un amigo y preguntaron si podía esconderme en su casa hasta que se resolviera el asunto. Después llamaron a un político y le dijeron, pasa esto, tenemos aquí a una muchacha menor de edad, que está en una red de prostitución y, bueno, vamos a esconderla a ver que pasa.
El amigo me ofreció una habitación donde estuve varios días, prácticamente sola. No podía salir de casa ni asomarme por la ventana. No lo hice pero, no sé cómo, el caso es que alguien supo donde me escondía y me llevaron a otra casa. Después, la presidenta fue a hablar con el jefe de policía que llevaba los asuntos de las mafias. Esta es la situación, le dijeron. Él contestó, tenéis que decirme dónde está la chica, porque estáis ocultando pruebas y yo puedo denunciaros. Bueno, pues haga usted lo que quiera, dijo la presidenta, pero nosotros no vamos a hacer nada hasta que el juez no nos garantice que la chica se va a poder quedar aquí como testigo, por lo menos hasta que salga el juicio.
Porque ya había precedentes de que, después de haber denunciado a la mafia por la detención de inmigrantes, las chicas quedaban en libertad, entonces los mafiosos las cogían, las mandaban a su país, las quitaban el pasaporte y, llegado el momento del juicio, no aparecía nadie a declarar, con lo que salían libres como angelitos y las chicas que habían arriesgado seguían presas de la mafia.
Según supe, el tipo estaba muy reacio al principio hasta que, pasado el tiempo, llamó a la presidenta y dijo, vale, el juez está de acuerdo, le va a permitir estar aquí hasta que salga el juicio, inclusive se les dará papeles a las chicas que colaboren con la justicia. Cuando por fin me llamaron a declarar, la policía dijo que era la misma gente que estaban buscando, el juez lo autorizó y dieron la batida.
El tal Eliana había traído como 2.500 o 3.000 mujeres. Las que estaban peor eran las chicas de Galicia, tuvieron que darles asistencia psicológica. La policía que había llevado el operativo dijo que jamás en su vida había visto una cosa tan denigrante como aquella, mujeres viviendo como auténticos animales.
Estuve escondida hasta que salió el juicio. En el banco de los acusados me encontré a Eliana y a Marilys, pero ya no eran los mismos. Yo tampoco lo era. Aún tenía miedo, sabía que me estaba jugando la vida pero sabía también que, si ganaba la partida, al final podría empezar de nuevo. Empezar una vida distinta.
Con mi declaración les salió una condena de veintitantos años de cárcel. Creo que Eliana acabó muriendo de sida. Marilys vendió sus apartamentos de Santiago, no sé más que fue de ella.
Después del juicio me dieron una identidad nueva y la Asociación me buscó un trabajo en Valencia. Eso fue hace once años. Para mí como si fuera en la era glaciar. Es una historia que ya no tiene nada que ver conmigo, aunque cada día me ronde por la cabeza.
Hace diez años conocí a un hombre estupendo. Cuando me pidió si quería casarme con él, le conté todo como se lo acabo de contar a usted. Me dijo, lo siento. Yo también, respondí. Y no hemos vuelto a hablar de ello. Tenemos dos niños que van a un buen colegio. Cuando la niña tenía seis años, la profesora preguntó a los papás si alguno estaba dispuesto a colaborar en la organización de un grupo de teatro. Mi esposo me animó y me ofrecí. Ahora doy clases de dramatización a niños de varios colegios. En ocasiones llaman para encomendarme nuevos cursos. ¿Es usted la actriz? preguntan. Cuando rememoro mi antigua afición teatral pienso que la vida, en ocasiones, da extraños vericuetos.
miércoles, 4 de febrero de 2009
Brendy
Soy de la provincia de Bahoruco, en el sur de República Dominicana. Éramos una familia normal, mis papás trabajaban en el campo, fuimos nueve hermanos, uno murió. La vida era muy difícil para un agricultor pero, bueno, sobrevivimos a pesar de todo. Cuando mi mamá se iba a trabajar yo siempre quería ir tras ella pero no nos dejaba, decía que teníamos que ir a la escuela por encima de todo. Me gustaba mucho la escuela, estudié hasta cuarto de bachillerato. Para mí todo era bueno en aquellos años.
A veces íbamos a casa de mi abuela y cuando cortaban la uva nos ponía a cargar, para llevarla a los camiones.
Empecé a trabajar en la capital, primero en una empresa del Estado como encargada, y después di clases en iniciales, antes casi no se necesitaba de un título para trabajar en una escuela, duré dos años allí. Luego me fui para España porque no me gustaba la vida de la capital, ya ve.
Me fui en el año 1991, con veinticuatro años, porque necesitaba trabajar y ganar dinero. Tenía tres hijos y en mi país se trabaja nada más que para comer, el dinero no da para ahorrar. Vi que mis hijos estaban creciendo y yo vivía en casa de mi suegra así que me dije, tengo que irme. Me dejaron el dinero para pagarme el viaje.
Llegué a Madrid y desde allí me fui a Barcelona, a casa de mi cuñada. Al principio, me llamaba mucho la atención que los hombres y mujeres se besaran en las calles, que en mi país no sucede, después te acostumbras.
Tuve cinco trabajos, el primero fue cuidar de una abuelita. Estuve diez años y me volví. Emigrar fue una experiencia dura. Una no deja de pensar nunca en la familia, en mis niños, si iba en el tren, si estaba comiendo, si estaba viendo la televisión, pensaba en mis niños. En ellos y en que llegara el día de volver a mi país y estar con los míos.
Ahora, cuando lo pienso desde aquí, en la casa que pude hacerme gracias a aquellos años de trabajo, creo que también tuvo cosas positivas, como que me desperté a otra vida, aprendí a hablar con los demás, soy menos tímida, la experiencia que uno vive por ahí te enseña.
A nadie le digo que no vaya pero, a los que quieren ir, les digo que el que va es por un objetivo, para lograr algo. Que tienen que ir con la cabeza bien puesta y trabajar, trabajar, que es a lo que vamos, trabajar y ahorrar el dinero, no tirarlo porque si empiezan a votar dinero, después se les va a hacer tarde y no van a lograr lo que quieren.
A la vuelta he encontrado cosas positivas y negativas. Positivas, estar con mi familia, que encontré un trabajo aunque sólo para entretenerme y que he terminado la casa. Negativas, lo difícil que es encontrar trabajo y que el sueldo no te da para nada. Y la falta de luz, de agua, de casi todo lo que hay en España.
A veces íbamos a casa de mi abuela y cuando cortaban la uva nos ponía a cargar, para llevarla a los camiones.
Empecé a trabajar en la capital, primero en una empresa del Estado como encargada, y después di clases en iniciales, antes casi no se necesitaba de un título para trabajar en una escuela, duré dos años allí. Luego me fui para España porque no me gustaba la vida de la capital, ya ve.
Me fui en el año 1991, con veinticuatro años, porque necesitaba trabajar y ganar dinero. Tenía tres hijos y en mi país se trabaja nada más que para comer, el dinero no da para ahorrar. Vi que mis hijos estaban creciendo y yo vivía en casa de mi suegra así que me dije, tengo que irme. Me dejaron el dinero para pagarme el viaje.
Llegué a Madrid y desde allí me fui a Barcelona, a casa de mi cuñada. Al principio, me llamaba mucho la atención que los hombres y mujeres se besaran en las calles, que en mi país no sucede, después te acostumbras.
Tuve cinco trabajos, el primero fue cuidar de una abuelita. Estuve diez años y me volví. Emigrar fue una experiencia dura. Una no deja de pensar nunca en la familia, en mis niños, si iba en el tren, si estaba comiendo, si estaba viendo la televisión, pensaba en mis niños. En ellos y en que llegara el día de volver a mi país y estar con los míos.
Ahora, cuando lo pienso desde aquí, en la casa que pude hacerme gracias a aquellos años de trabajo, creo que también tuvo cosas positivas, como que me desperté a otra vida, aprendí a hablar con los demás, soy menos tímida, la experiencia que uno vive por ahí te enseña.
A nadie le digo que no vaya pero, a los que quieren ir, les digo que el que va es por un objetivo, para lograr algo. Que tienen que ir con la cabeza bien puesta y trabajar, trabajar, que es a lo que vamos, trabajar y ahorrar el dinero, no tirarlo porque si empiezan a votar dinero, después se les va a hacer tarde y no van a lograr lo que quieren.
A la vuelta he encontrado cosas positivas y negativas. Positivas, estar con mi familia, que encontré un trabajo aunque sólo para entretenerme y que he terminado la casa. Negativas, lo difícil que es encontrar trabajo y que el sueldo no te da para nada. Y la falta de luz, de agua, de casi todo lo que hay en España.
lunes, 12 de enero de 2009
Glenys

Bueno, esta es mi historia: salí de Santo Domingo dejando a mis dos hijos, el niño con once años y la niña con quince.
En Madrid estaba mi sobrina, ella, que es muy buena persona, y una amiga suya me ayudaron mucho. Cuando llegué, lloraba todos los días, creí que me moría, que acabaría por darme algo. Mis niños allí, yo que nunca les había dejado solos, y ahora estar tan lejos. Pero yo quería lo mejor para ellos, darles una carrera y en mi país, trabajando en una tienda de alimentación, como yo trabajaba, era imposible.
Después de unos días mi sobrina me buscó trabajo de niñera con una familia de La Moraleja. Lo peor fue cuando tuve que ponerme el uniforme, me parecía una humillación, pero no quedaba otro remedio. Cada vez que tenía que ponérmelo me daba una llantina, aunque al final me adapté.
Otro problema es que no podía salir a Madrid cuando libraba, tenía que quedarme en los parques de La Moraleja o en el monte porque la policía te pillaba, además tampoco tenía un piso para ir los días libres. El tiempo pasaba y yo no dejaba de llorar, cómo sería que cuando lo recuerdo todavía se me saltan las lágrimas. Lo que hemos pasado aquí las inmigrantes, no lo sabemos más que nosotras.
Esto fue por 1991, que comenzó mi calvario. Y no todo ha sido negativo, tampoco quiero decir eso, en la casa de La Moraleja estuve seis años trabajando y todavía tengo amistad con la familia.
Luego me asilé para poder conseguir los documentos, pedí documentos en asilo y refugio quiero decir, y me tardaron bastante en salir los papeles. En total, tarde dos años en poder ver a mis hijos.
Cuando tuve papeles, busqué una habitación con una amiga y me puse a trabajar de externa por horas, que fue un cambio muy grande de vida.
Por entonces encontré una pareja. Estar juntos hacía la vida más llevadera pero a los dos años de convivencia empezaron los malos tratos. No me pegaba pero casi era peor, era un maltrato psicológico, como que yo no valiera para nada, hasta que no pude aguantar más y me dio una depresión. Habíamos estado juntos cuatro años, pero un día cogí un avión y me fui a Milano, allí me pasé la depresión.
En Italia al principio fue muy mal, tardé en encontrar trabajo porque no sabía el idioma. Ser inmigrante no es bueno ni cuando ganas bien y puedes ahorrar, pero si no tienes trabajo es lo peor de lo peor.
Decidí buscar una habitación con una amiga y comencé a estudiar italiano por la noche en una escuela para inmigrantes. Por el día hacía horas para sobrevivir, luego conseguí un trabajo de acompañante de una señora mayor. Ahí duré tres años. Con esa señora aprendí muchas cosas pero Italia no es España.
Es que, ¿cómo lo diría yo? Para mí España es como mi propio país, especialmente Madrid. Ahora tengo otra pareja, es un hombre mayor, con cosas buenas y cosas malas, él me ayuda a mí y yo a él, es como mi familia. También tengo muchas amigas y amigos, me gusta relacionarme y si puedo echarle una mano a alguien, ahí estoy yo.
No me gusta la injusticia. Por eso me gustaría que algún día en España cambien las leyes sobre el servicio doméstico, yo diría que es uno de los sectores de trabajo más humillado y esclavizado que hay.
Si me pide un balance le diré que me han pasado cosas buenas y cosas malas, ahora estoy a gusto, mis hijos han terminado de estudiar, el chico es médico y la niña maestra. No sé como será el futuro, unos días pienso que cualquier día me vuelvo y otros que me quedaré para siempre. Haga lo que haga, el balance ha sido bueno.
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