Soy Marlene, tengo 28 años, nací en Quito y llegué a España hace dos años. Como muchas de las mujeres que hemos salido de Ecuador, vine por la necesidad de ganar dinero. Allí no hay trabajo, no hay posibilidad de sacar adelante a una familia. Así que un día le dije a mi mamá: tú cuidas de los niños y yo enviaré la plata para que podáis vivir todos.
Allí dejé tres chicas y un hombrecito, que ahora tienen diez, ocho, siete y cinco años. Cuando la pequeñita tenía tres meses su papá nos dejó. ¿Por qué? No sé, se fue, sin más. Son cosas que pasan. Así que yo era el padre y la madre de mis hijos. Vine por ellos, para que vivieran mejor, y hace dos años que no los veo.
Llegué a Madrid como turista en un vuelo directo desde Quito, era la primera vez que viajaba en avión. Una amiga de mi mamá me dio el teléfono y la dirección de su hija, que trabajaba aquí. Ella y su compañera me hicieron un sitio en su habitación y me indicaron cómo podría encontrar trabajo para tener papeles. De mis compañeros de piso, sólo los hombres estaban legales, ellas esperaban conseguir un contrato que les permitiera solicitar los documentos. Todos parecían contentos, todos enviaban dinero a su familia en Ecuador.
Mis compañeras querían permanecer en España y pensaban que pronto podrían trasladarse a un piso más moderno y con luz. Yo también quería estar contenta, ganar mucho dinero y enviárselo a mis niños. No me importaba seguir compartiendo cuarto con dos compañeras, dormir en una colchoneta en el suelo y asearme en la cocina cuando el baño estaba ocupado.
Mi primer trabajo fue limpiar una casa antigua que habían dejado vacía. Estaba en una buena calle y en una finca muy bonita pero tenía suciedad de años. El empleo me duró una semana. La señora que me había pagado me llamó días después para limpiar un local que iban a poner en venta tras un tiempo cerrado. Así pasé el primer mes, con trabajos cortos y jornadas de espera. Hasta que una de las chicas del piso me pasó el teléfono de la bolsa de trabajo de la Asociación. Me presenté, me inscribieron en su lista y enseguida me llamaron de varias casas.
A la cuarta entrevista me coloqué en lo que aquí llaman servicio doméstico, y en Ecuador decimos de criada. Llegaba a la casa a las siete y media de la mañana, preparaba el desayuno de los señores y de los dos niños, fregaba las piezas de la mañana y los platos que habían dejado de la noche. Cuando los dueños y sus hijos se iban, hacía las camas y limpiaba las salas de la casa, preparaba la comida de los señores y planchaba la ropa que me dejaban dispuesta. Cada día tenía para planchar pantalones, camisas, blusas, faldas o jerseys y hasta la ropa interior, algunos días, además, sábanas, mantelerías, toallas. El planchado debía ser la característica de aquella familia, porque tanto los papás como los niños eran bien estirados. Los señores llegaban a comer después de las tres. Les servía la comida, fregaba los platos y corría a recoger a los niños del colegio. Con suerte, terminaba después de las cinco de la tarde. Libraba sábados y domingos, me pagaban 500 euros, no me hicieron contrato ni hablaron nunca de ello.
Los días de trabajo llegaba a casa sin fuerzas ni ánimo para otra cosa que no fuera descansar. Con lo que me ganaba en la casa de los estirados tenía justo para pagar el cuarto, comprar la comida de los fines de semana y el abono transporte y llamar una vez a la semana a mis hijos. Sólo a costa de muchos sudores conseguía ahorrar cien euros al mes, que enviaba a mi madre con la promesa de que enseguida podría aumentar la cuantía. Bien sabía yo que la remesa era escasa.
Los sábados y domingos apenas salía de casa, me recluía en la habitación y recordaba a mis niños. No te encierres, me decían las compañeras, ven con nosotras a la iglesia o a pasear. Yo prefería quedarme en el cuarto. Me daba miedo que la policía me detuviera en la calle, sin papeles, y me expulsaran del país, temía también que si salía me gastara lo poco que podía ahorrar y, por otra parte, nunca he sido muy de iglesia.
Pensar en mis hijos me aliviaba la soledad y me pesaba en la conciencia a partes iguales. Tenía que haberme quedado con ellos, trabajar el doble si hubiera sido preciso, no debí dejarles solos, cavilaba a ratos. Por duro que sea para ti, es lo mejor para ellos, discurría seguidamente. A ratos, la tristeza y la añoranza se hacían insoportables hasta el punto de que, por muy cansada que estuviera, llegué a preferir los días de trabajo, cuando el agotamiento no me dejaba tiempo para pensar, a los fines de semana con sus negros pensamientos.
Un sábado, mientras comía en la cocina, entró Pedro, uno de los compañeros de piso. Empezó parándose a hablar conmigo, siguió compartiendo mi comida y acabamos en su cama. Al mes siguiente nos trasladamos a un apartamento más pequeño, para nosotros solos. Muchas veces he pensado en aquel día, de qué manera tan simple se puede embrollar una vida ya de por sí complicada. No quiero justificarme, pero me gustaría saber si alguna vez ha sentido en el corazón el peso y la dureza de la soledad y el alejamiento.
Pedro no era, por lo menos nunca lo fue conmigo, el chico amable y trabajador que me pareció aquel primer sábado. No digo que mintiera en nuestro encuentro, probablemente me engañé yo sola, es posible que necesitara creer en la existencia de un hombre honrado y cariñoso. A día de hoy, no sé si ese hombre existe o es una fábula, lo que sé con certeza es que, de existir, no es Pedro.
Enseguida comprendí que había escogido mal porque todo fue a peor. Me encontraba igual de sola y además tenía que sufrir sus malos modos. En los meses que estuvimos juntos no recuerdo un solo día que me tratara con respeto, como deben tratarse las personas, sean o no pareja, como yo le trataba a él. Creo que se complacía en humillarme, como si al menospreciarme a mi se sintiera más importante él. El primer día que me pegó había bebido, después no necesitó excusas. Yo seguí con él. A usted le cuesta comprenderlo pero yo tampoco tenía mucho donde escoger. Aparte de que llegó un momento en que ya no acertaba a distinguir entre lo malo y lo peor.
Así estaban las cosas cuando me quedé embarazada. Creí que le complacería ser padre pero más bien le fastidió. A ver ahora como vas a trabajar, respondió por todo comentario. Y debió ser profeta porque tan pronto como la tripa se hizo evidente, mi empleadora me despidió. Ese fue el momento que Pedro eligió para irse del apartamento, dejándome sola, sin dinero y sin posibilidad de conseguirlo. Como si se hubiera puesto de acuerdo con él, que puede que sí, el inquilino titular del piso, otro ecuatoriano, ya ve, me exigió el pago del alquiler en el plazo de una semana, con la amenaza de echarme de casa, en caso de impago.
Acudí una vez más a la Asociación, ellas enviaron mi expediente a los Servicios Sociales de la junta municipal. De allí respondieron que no podían atenderme por no ser un caso de emergencia social. Solamente lo sería, aclararon, si denunciara malos tratos. Parecía una ironía, justo ahora que me había librado de la violencia me instaban a denunciarla. La respuesta municipal llegó en la misma fecha que se cumplía el plazo del casero para echarme a la calle. Así que no era momento de ironías, estaba llegando al final del recorrido. Quería morirme para volver a nacer y ver si la vida me era más favorable. Y para no repetir los errores que había cometido.
Tampoco en aquella ocasión se me concedió el deseo. A cambio, la naturaleza obró por su cuenta y, ese mismo día, me puse de parto de mi niña.
Al salir del hospital, los servicios sociales del ayuntamiento me brindaron, ahora sí, la primera ayuda a la que enseguida se añadió el apoyo de algunos amigos y amigas que yo no era consciente de tener. La Asociación fue esencial en aquel trance: me ayudó a decidir que nunca, por ninguna excusa ni razón volveré a permitir que nadie me maltrate, y me facilitó la vuelta al trabajo.
Ahora mi hijita condiciona mi tiempo y mis planes pero hace que no sienta la soledad y el desamparo que tanto me hicieron sufrir. Intento retomar el proyecto que me trajo a España, de momento, envío doscientos euros mensuales a mi mamá. Ella me dice que les vale para vivir. Yo hago planes para el día que pueda volver a ver a mis niños en Ecuador. Después de todo, tengo 28 años y la vida por delante.
domingo, 28 de diciembre de 2008
lunes, 15 de diciembre de 2008
Las dos Adrianas
Me llamo Adriana y nací en Guayaquil el año de 1980. Guayaquil es la capital de la provincia de Guayas. La ciudad tiene dos millones largos de habitantes y el puerto marítimo con el mayor movimiento de productos no petroleros de Ecuador. Guayas tiene 3.600.000 habitantes, de los que unos tres millones viven en núcleos urbanos.
Mi papá es funcionario del Ministerio de Sanidad y mi mamá enfermera. Cuando nací mis papas habían tenido ya dos hijos varones y dos años después llegó mi hermanita pequeña. Tuve una niñez feliz y una adolescencia sin contrariedades. Cuando cumplí diecisiete años aún pensaba inscribirme en la facultad de Medicina, acariciaba la idea de ser la primera médico de mi familia. Mis hermanos acudían a la universidad donde planeaban doctorarse en Derecho e Ingeniería, respectivamente. Pero cuando me gradué de bachiller la historia se había puesto en contra de todos nosotros. Mi país había vuelto a entrar en crisis.
En Ecuador las crisis las pagamos siempre los que nunca las provocamos. No sé si se han parado ustedes a pensarlo. Los desplomes de la bolsa, la devaluación de la moneda, la subida del petróleo, el déficit público, la inflación, no son cosas con las que juguemos los trabajadores, los estudiantes, la gente de los barrios. Tampoco podemos ponernos a salvo cuando se producen. No tenemos patrimonio ni cuentas fuera del país. Con frecuencia, ni siquiera dentro. Tenemos, cuando los tenemos, salarios de miseria, lo justo para ir respirando y que no te ahogue la presión del mal trabajo, de la mala vivienda, de la mala sanidad, de la mala educación, de la mala economía, de la mala política. Que no te ahogue la asfixia. Eso, en los tiempos de bonanza. En mi país, cuando los políticos y economistas diagnostican la crisis para el común de las gentes lo que llega es el cataclismo.
A mí el cataclismo me sorprendió saliendo de la adolescencia. En ese preciso momento en el que estás convencida de que los sueños forman parte de la vida, de que todo es posible y tú eres la única dueña de tu existencia.
Pertenecía a lo que en mi país se llama clase media. No pensé que aquello que les sucedía a tantos otros de mis compatriotas – carecer de dinero, de perspectivas, de futuro – pudiera ocurrirnos a nosotros. Mi papá acudía a diario a su trabajo pero lo que ganaba cada vez duraba menos y nunca llegaba para comprar lo que hasta entonces considerábamos necesario. Mi mamá perdió su empleo. Mis hermanos dejaron la universidad y no fue preciso que nadie me dijera nada para saber que mis planes de ser la primera médico de la familia se habían vuelto inviables.
Eso que se cuenta así, de una tirada, cuando te toca vivirlo es un proceso que parece interminable. Un día te percatas de que el vestido te queda prieto porque tú has estirado pero la tela no, a pesar de lo cual sabes que tienes que ponértelo, con cuidado de que la tela resista. Otro día constatas que no puedes ir al mar, porque el boleto del tren a Las Playas y a las Salinas ha subido a tres dólares y, sobre todo, porque no me entra el traje de baño y no es posible comprar otro. Y así sucesivamente, para qué enumerar los síntomas del cataclismo. Un día descubres con claridad meridiana que todo lo que era normal en tu vida anterior se lo ha llevado la crisis, como si de un seísmo se tratara. Y da lo mismo que llores, que protestes, que te manifiestes o que te quedes paralizada, llega el cataclismo y lo pierdes todo.
Mi primer trabajo fue de dependienta en una panadería. Debía madrugar pero a cambio me dejaba la tarde libre para estudiar y ayudar a mi mamá. Duró poco, la dueña decidió ahorrarse mi salario, ya escaso, y me sustituyó por una sobrinita de su esposo, recién llegada del campo. El segundo empleo, en un supermercado, me duró ocho meses. Estaba lejos de mi casa, lo que me obligaba a madrugar y a volver tarde. Resistí porque ya había tomado la decisión de viajar a Europa.
Aunque con 19 años siempre se es un poco aventurero – la ignorancia es la madre de la osadía – la idea de viajar a Europa no se me había ocurrido a mí en un arrebato de originalidad. Miles de compatriotas míos, ellos y ellas, habían empezado a salir del país. No había dinero, los bancos habían bloqueado las cuentas, los salarios estaban congelados, sólo quedaba la emigración. Algunos intentaban entrar en los Estados Unidos de América pero los más escogían España, por razones de proximidad cultural y lingüística. Yo me decidí por Italia. Mis papás y mis hermanos no son muy dados a viajes, no sé de donde puedo haber sacado yo el espíritu aventurero. Siempre me gustó conocer lugares nuevos. Todavía recuerdo con emoción el viaje en tren que, al cumplir quince años, hicimos toda la familia desde Riobamba a Nariz del Diablo. Un itinerario que recorre la sierra por un trazado en zig-zag y en descenso de 800 metros, en un inexplicable equilibrio al paso de la máquina y los vagones, una lección práctica y apresurada sobre los diversos paisajes y climas de Ecuador. Que belleza de país, se lo aseguro. Desde la Sierra a la Costa, la Amazonía o Galápagos. Las islas son patrimonio de la humanidad, un espacio medioambiental protegido. Diecisiete islotes en mitad del Pacífico, a mil kilómetros del continente, con una población de menos de veinte mil habitantes. Cuando aún pensaba en ser médico me hacía la ilusión de que algún día ejercería en el archipiélago. Con Galápagos tengo yo pendiente un viaje, algún día he de ir, espero.
Así que ahí estaba yo, entre mis fantasías bohemias y la neta realidad, dándole vueltas a la idea de escapar de la crisis y empezar una nueva existencia en Italia. Siempre había soñado conocer Roma y pensé que, puesta a vivir experiencias extraordinarias, podría sumar el provecho de aprender otro idioma.
Ahorré cuanto pude de mi sueldo, me privé no sólo de lo necesario, incluso de lo que en otro tiempo hubiera considerado imprescindible. Mi mamá me dio los últimos dólares, la providencia sabrá cómo habría podido ahorrarlos, para comprar el boleto a Roma. Un billete – sólo IDA – en clase turista, para una joven cuyo único bagaje era una tonelada de ilusiones y toda la vida por delante.
Lo primero que aprendí, poco después de aterrizar en Fiumicino, es que una ciudad encierra en sí misma varias ciudades diferentes que nada tienen que ver entre sí. Yo esperaba encontrar en Roma las ruinas romanas, el Coliseo, las catacumbas, sus iglesias y palacios, el Vaticano, la fuente de Trevi, a Gregory Peck y Audrey Hepburn. La urbe que conocí no se parece en nada a las imágenes de los folletos turísticos. Es otra ciudad.
En Roma me hallé kilómetros y kilómetros de calles con aceras estrechas llenas de gente siempre con prisa. Eso es lo primero que me sorprendió, cómo es posible que la gente tuviera que ir corriendo a cualquier hora del día. Una sorpresa inocente para lo que me esperaba en la capital italiana.
He oído que algunos emigrantes vuelven a casa sin haber conocido ninguno de los monumentos que identifican al país de acogida o la ciudad donde han pasado años trabajando. Lo creo. El emigrante indocumentado es un ser invisible. Sale de casa lo imprescindible, diariamente al trabajo, una vez a la semana o cada quince días a la cabina telefónica, cada mes a la oficina de remesa de dinero, siempre deprisa, huidizo, temeroso de encontrarse con la policía y que le pidan la documentación. Documentación, palabra sagrada de resonancias terroríficas. A ver, la documentación, dice alguien de uniforme. Y usted siente que el estómago, el corazón, los pulmones y quizá el páncreas se le paraliza. Que no sea a mí, ruegas mentalmente a la providencia, aunque no haya nadie más en la calle que el individuo de uniforme y tú. Que no sea a mí, repites, mientras miras al otro por si en verdad se produce el milagro y entre tanto te has vuelto invisible. Hasta donde yo sé, el milagro no se ha producido nunca. Lo más parecido al prodigio le sucedió a mi amiga Luz María: un jueves por la tarde salía de la tienda Zara en la Gran Vía de Madrid y se topó con una doble pareja de policías. Digo doble porque eran dos y porque eran un él y una ella.
- Perdone, señora, ¿podría enseñarme su documentación?, le requirió él.
Luz María se paralizó, primero, y luego se echó a llorar. Llevaba tres meses en Madrid, trabajaba de interna con una señora mayor, y era su segunda salida, en ambas ocasiones para hablar por teléfono con sus hijos y ésta, además, para enviarles sus primeros ahorros.
- Me lo está tramitando el abogado, respondió por fin entre hipos.
- Llevará usted encima el justificante, sugirió la mujer.
Luz, que no llevaba justificante alguno porque tampoco existía un abogado que le estuviera tramitando nada, creyó que se le aparecía un ángel cuando un hombre con los ojos a punto de saltarle de las órbitas llegó corriendo hasta la doble pareja y señaló a otro que corría con un paquete bajo el brazo.
- Me ha robado la recaudación, gritaba el ángel de Luz María.
Los dos policías salieron corriendo tras el ladrón y ella apresuró el paso hacia el suburbano.
Cuando llegué a Roma no conocía a nadie, absolutamente a nadie. No sé si usted se hace a la idea de lo que significa llegar a un país donde no hay ni un solo ser humano que sepa que usted existe, que conozca su nombre, a su familia, alguien con quien establecer una mínima complicidad. Don Carlos, el sacerdote que había casado a mis papás, me había dado una dirección de una parroquia romana donde, quizá, podrían indicarme otra dirección en la que, con suerte, me darían trabajo. Cuando don Carlos puso en mis manos el billetito me pareció un regalo maravilloso. Cuando por fin encontré la parroquia, entendí que la realidad tiene que ver poco con lo que uno ha imaginado. Por empezar de algún modo, allí nadie conocía a ningún don Carlos de Guayaquil, yo era una más entre muchos otros dueños del mismo tesoro: un billetito, y la persona encargada de oir nuestras solicitudes no estaba para sentimentalismos. ¿Qué sabes hacer?, me dijo en un aceptable español. Cualquier cosa, contesté. Hay un hotel que necesita cocinera, ¿te vale?
El hotel estaba en los suburbios de Roma y el trabajo tenía dos ventajas decisivas para mí: incluía alojamiento y no requería más papeles que el pasaporte. A cambio ofrecía un salario escaso. Abusivamente escaso me atrevería a decir, si no pareciera demasiado desagradecida. En cuanto al empleo, era lo más parecido a la explotación. Entraba en la cocina a las seis de la mañana, para preparar el autoservicio del desayuno, y no salía hasta las tres de la tarde una vez limpios los utensilios y el menaje de la comida. Disponíamos entonces de tres horas libres hasta que volvíamos a disponer el buffet de la cena. Nunca terminamos antes de las 10 de la noche. Los primeros días, cuando llegaba a mi habitación, que compartía con una chica polaca, apenas podía sostenerme en pie. Luego fui habituándome, el cansancio físico dejó de pesarme y empecé a notar la fatiga del corazón. Entonces apareció él.
Roberto era compatriota y trabajaba también en el hotel, en el servicio de limpieza. Cuando supo que yo era ecuatoriana se hizo el encontradizo y me ofreció su ayuda para lo que fuera preciso. Teníamos horarios algo diferentes aunque igual de abusivos. Así y todo, encontrábamos tiempo para vernos y charlar. Al principio platicábamos principalmente de Ecuador. Aunque él era de las provincias orientales, desconocidas para mí, y nunca había visitado la costa, nos unían los recuerdos y la añoranza de la familia. Compartimos las pocas alegrías y las muchas tristezas y como sin darnos cuenta, de la amistad pasamos al amor. De ser la ciudad desconocida de ritmo acelerado e idioma traicionero Roma se convirtió para nosotros en la ciudad del amor. El sueño me duró poco tiempo, tres meses para ser precisa.
Cuando empecé a sentirme cansada lo atribuí a las largas jornadas que soportaba y me pareció normal. Ni sé como aguantamos, me dije. Enseguida me sentí demasiado débil para mantener el ritmo que nos imponían, y me acometió una inquietud imprecisa, una angustia que no era capaz de descifrar. O a lo mejor sí, pero la conclusión era aún más angustiosa. El primer mes que me faltó la regla lo atribuí al mismo cansancio. Debe ser la debilidad. Ya me había ocurrido dos años antes, después de una infección que me afectó a la garganta. Estuve dos meses sin menstruación y a nadie le extrañó, incluso el médico dijo que todo volvería a la normalidad cuando me repusiera. Y así fue. Lo mismo ocurrirá ahora, me repetía una y cien veces. Pero cuando enfermé en casa no había conocido a Roberto. Esa era la diferencia. Nos habíamos enamorado, nos queríamos, éramos jóvenes e incautos, no éramos conscientes del futuro.
La primera visita al médico me colocó en la realidad. Estaba embarazada. Corrí a contárselo. Vamos a ser papás de un hijo europeo, le dije. Creí que era la emoción lo que le había dejado callado, pero me equivoqué. No, Adriana, respondió al fin, no vamos a ser padres, al menos yo no voy a ser papá, tú sabrás lo que quieres hacer con tu vida. Me había equivocado totalmente y ahora sentía que el mundo se hundía sin remedio.
Yo tenía 20 años, estaba sola en un país desconocido, a miles de kilómetros de mi familia, no tenía a quien acudir, ni sabía adonde podía dirigirme. De volver a Guayaquil ni pensarlo, ya era suficiente lo que tenían mis papás para añadir una carga más. Por otra parte, ¿qué podía ofrecer a mi hijo en un país que estaba expulsando a trabajadores por miles? En cuanto a Italia, el billete de don Carlos me valdría - con suerte - para un nuevo trabajo, pero ¿en qué podía emplearme estando embarazada? ¿Y qué haría luego con el niño? Cuando el peso del alma estaba a punto de resultar insoportable, me vino a la mente el recuerdo de una tía de mi mamá, Esther, que vivía en España y, en ese mismo instante, tomé la decisión de viajar a Madrid. Conté los euros que tenía ahorrados, calculé lo que me debían en el trabajo y llegué a la conclusión de que tenía lo justo para el boleto de avión. Con la determinación que sólo puede dar la ignorancia me presenté en casa de la tía Esther.
Mi tía es una mujer de mucho arrojo. Nunca ha estado casada ni ha querido vivir con un hombre, dice que mejor se está sola que mal acompañada. Llegó a España con la primera oleada de ecuatorianos que salieron de mi país en los primeros avisos de la crisis. En Guayaquil trabajaba de relaciones públicas en un hotel y en Madrid se colocó de aprendiza en una peluquería. Ahora es la encargada del negocio y sueña con que algún día, en algún lugar, habrá una peluquería con un letrero que diga: "Salón de belleza Esther".
Mi tía y sus amigas fueron para mí la providencia en aquellos momentos. Ella me acogió y entre todas me encontraron un trabajo de asistenta por horas para empezar de nuevo.
Fueron unos meses de vértigo. Un nuevo país, una ciudad extraña, igual de acelerada que Roma pero con la ventaja de que aquí conocía el idioma. Por ejemplo, no era preciso que me repitieran las órdenes y entendía perfectamente cuando alguien murmuraba a mi paso, otra sudaca de mierda. Todo en esta vida tiene ventajas e inconvenientes.
Decía que fue un tiempo vertiginoso, así que antes de que pudiera habituarme al nuevo trabajo me encontré con una tripa descomunal. El doctor me dijo que era niña. Una españolita, mire que bien, le dije, y él me miró con cara de no entender.
La niña, afortunadamente, venía bien pero la tripa fue un obstáculo para el trabajo. La señora de la casa donde trabajaba me había avisado de que no pensaba asegurarme, pero, repentinamente, tuvo un acceso de sensibilidad y decidió que no podía sufrir verme trabajar en mis "condiciones" ni consentir que me ocurriera un percance en su casa.
Esther y sus amigas organizaron un "consejo de sabias" para encontrar salida a mi situación, otra vez desesperada. Una de ellas dijo conocer una Asociación dedicada a ayudar a las mujeres inmigrantes. En principio me pareció un poco sospechosa porque no era una organización religiosa y, además, la mayoría de las socias eran españolas. Pero fueron amables y no me interrogaron más allá de lo que imprescindible.
Como no tenía trabajo y mi barriga creciente no me permitía hacer grandes cosas, me inscribí en todos los cursillos y actividades que organizaba la Asociación. Puedo decir que me pasaba allí la mayor parte del día y, en los ratos que conseguía no considerar el futuro, creo que fui feliz. Me ocurrió otra cosa hermosa y es que, por primera vez desde que salí de Ecuador, tenía mis propias amigas, no mi tía o sus compañeras, relaciones personales propias. Ellas me ayudaron y apoyaron en unos momentos difíciles y sentí que podía abrirse un nuevo camino para mí.
Además de formación, compañía y ánimo, la Asociación me proporcionó ropa, pañales, un coche y leche para cuando naciera la bebita. Poco antes de que la tripa amenazara explotar el grupo de mujeres organizó una despedida especial para mí. Fue lo más emocionante que había vivido en mucho tiempo, me hicieron sentir persona. Fueron, además, muy oportunas porque la niña nació puntualmente, al tiempo que llegaban a casa los muebles y los pañales.
Cuando pienso en todo lo que me ha ocurrido llego a la conclusión de que soy una mujer afortunada, mucho más que la mayoría de inmigrantes que tienen que luchar contra todos los "elementos" sociales solas y en absoluta precariedad. En los momentos de mayor dificultad he ido encontrando una ayuda que mi mamá diría providencial y yo considero solidaria. Ahora tengo trabajo de doméstica externa. Comparto casa con otras dos mujeres, ecuatorianas como yo, que conocí también en la Asociación. Me gustaría ganar más y tener mi propio apartamento pero dicen que la inmigración está rebajando los salarios. Eso significa que me costará más tiempo lograrlo pero estoy convencida de que acabaré consiguiéndolo.
Mi hija Adriana es una niña hermosa y sana. Mientras yo trabajo ella queda al cuidado de una de mis compañeras de piso, más adelante creo que la llevaré a una guardería para que vaya integrándose en su país. Cuando nació pensé si debía comunicárselo a su padre y decidí que no. La niña es mía, lleva mis apellidos y ¡es española! Cuando la miro olvido los problemas actuales y me digo que el futuro es nuestro.
martes, 9 de diciembre de 2008
Teresita
Vengo del suroeste de República Dominicana. Mi papá se dedicaba a las labores agrarias y mi mamá a los quehaceres domésticos. Fui la cuarta de seis hermanos. Empecé una licenciatura de enfermería, pero, en 1992, con 18 años, me fui a España y comencé a trabajar en el servicio doméstico. Fui por el sistema de cupos.
Entonces ya tenía dos niños, estaba juntada con mi marido, él se quedó. Yo me fui porque en mi pueblo se sabía que en España había buen trabajo para todo el que llegara.
Tuve tres trabajos, el primero para cuidar a una señora mayor, los otros para el cuidado de la casa, lo que llaman el servicio doméstico.
Me sorprendió mucho la forma de vivir, los horarios, creo que allí se espera que los inmigrantes trabajemos y nada más, yo sólo tenía tiempo para trabajar, había días en que me daba cuenta de que no había tenido tiempo ni siquiera para pensar en mi familia ni en lo lejos que estaba de mi pueblo, y menos mal, porque cuando libraba y me quedaba tiempo, extrañaba todo lo que había dejado en mi país: mis amigos, la comida, y era peor.
Estuve diez años, todo el tiempo preocupada por ahorrar para mejorar mi economía, por hacerme una casa propia, estuve muchas veces enferma. Me enfermaba de tanto trabajar, de no descansar, de no comer mi comida, de no ver a mis amigos, de acordarme de mis hijos y de mi familia, de que nadie me preguntara cómo estaba… Así que cuando tuve mi casa, me volví.
Desde que he vuelto estoy pensando en retomar mis estudios y licenciarme. Pienso que estos diez años son como una pausa de mi vida, un paréntesis, aprendí algunas cosas, a coger un autobús, a ir en metro, que aquí no se ve, cosas para contar pero en lo esencial, creo que no aprendí nada que no supiera. Gané dinero y me vino bien, pero no quiero vivir en un lugar donde las personas no se interesan por otras personas y sólo se piensa en trabajar, trabajar y trabajar.
Entonces ya tenía dos niños, estaba juntada con mi marido, él se quedó. Yo me fui porque en mi pueblo se sabía que en España había buen trabajo para todo el que llegara.
Tuve tres trabajos, el primero para cuidar a una señora mayor, los otros para el cuidado de la casa, lo que llaman el servicio doméstico.
Me sorprendió mucho la forma de vivir, los horarios, creo que allí se espera que los inmigrantes trabajemos y nada más, yo sólo tenía tiempo para trabajar, había días en que me daba cuenta de que no había tenido tiempo ni siquiera para pensar en mi familia ni en lo lejos que estaba de mi pueblo, y menos mal, porque cuando libraba y me quedaba tiempo, extrañaba todo lo que había dejado en mi país: mis amigos, la comida, y era peor.
Estuve diez años, todo el tiempo preocupada por ahorrar para mejorar mi economía, por hacerme una casa propia, estuve muchas veces enferma. Me enfermaba de tanto trabajar, de no descansar, de no comer mi comida, de no ver a mis amigos, de acordarme de mis hijos y de mi familia, de que nadie me preguntara cómo estaba… Así que cuando tuve mi casa, me volví.
Desde que he vuelto estoy pensando en retomar mis estudios y licenciarme. Pienso que estos diez años son como una pausa de mi vida, un paréntesis, aprendí algunas cosas, a coger un autobús, a ir en metro, que aquí no se ve, cosas para contar pero en lo esencial, creo que no aprendí nada que no supiera. Gané dinero y me vino bien, pero no quiero vivir en un lugar donde las personas no se interesan por otras personas y sólo se piensa en trabajar, trabajar y trabajar.
lunes, 1 de diciembre de 2008
Delmira
Me llamo Delmira. En mi familia somos seis hermanos de papá y de mamá, yo soy la cuarta, la primera de las hembras. Tengo también dos hermanas y un hermano de padre, que él tuvo con otras mujeres, que nosotros sepamos, pues mi papá no era fácil, pero todos nos llevamos muy bien, incluidos los hijos que mi papá tuvo por fuera.
Fui una niña feliz, era el orgullo de mi papá. Él me dio mucho cariño, que yo no siempre supe valorar. Fui un poco loquilla debido a todos los caprichos que tenía en la casa, pues como mi papá me protegía, todos mis hermanos hacían lo mismo y me críe como la riquita que no era. Mi papá no tenía mucho dinero pero privaba como el que más y todo el mundo pensaba que lo tenía, al menos esa es la impresión que yo tengo. Él tenía mucha presencia y eso hacía que fuera atraído por las mujeres, siempre iba a lo más. Teníamos caballos para el trabajo en el conuco, pero él tenía uno blanco de paso fino y cuando estaba encima del animal parecía un rey. Hasta a mí me volvía loca. A veces pasaba por la casa y decía a mi mamá: Altagracia, en unos minutos tenme preparada a mi princesa como si fuese una reina, que nos vamos p’a la ciudad.
Y yo, desde que oía su voz ya estaba junto a mi mamá, para que me pusiera bella. Él llegaba, me ponía a loma del caballo y me paseaba por el pueblito, a veces me llevaba hasta la ciudad. Un día, me llevó a una casa y recuerdo que estuve jugando con una niña de mi edad. Años más tarde, supe que era una de mis hermanas.
Mi casa era de cana y el piso de tierra. Teníamos tres piezas, una para mis papás, en otra estaban los varones y en otra las hembras. Había además un pequeño quiosco donde los varones jugaban los domingos. Yo me sentía privilegiada, en mi medio el valor se daba a los hombres y no a las hembras, pero en mi casa era diferente. Mi mamá nos tenía como pinceles, limpios y aseados, siempre le gustaba salir con nosotros los domingos, pues teníamos un grupo de cantar en misa y mis hermanos y yo formamos parte del coro. Los sábados mi papá me llevaba al salón y decía, pónganme chula a mi princesa, luego pasaba y me recogía. Éramos un grupo cristiano y yo formaba parte de él con mis hermanos, porque me gustaba cantar. Con el tiempo, agradecí aquellas enseñanzas que por mi mala cabeza y vanidad no supe practicar a tiempo.
Pronto comencé a ir a la escuela. Iba con mi hermano y mi hermana, pero yo era muy perezosa. Algún día mi papá nos llevaba con el caballo pero la mayor parte teníamos que ir a pie, tres kilómetros de ida y tres de vuelta. A veces, mi hermano me llevaba a sus espaldas. Mi mamá era implacable en eso. Todo el mundo a la escuela, que p’a analfabeta ya estoy yo y quien no sabe leer es como el que no ve o no tiene conocimiento. Lo que aprendí se lo debo a mis hermanos. Me costaba mucho ir a la escuela, mis papás no sabían que hacer conmigo pues mi papá no permitía que fuese a trabajar al conuco, decía que eso no era para gente como yo. Al terminar mis estudios primarios, lo dejé y eso me hizo mucho daño en mi vida, aunque yo no culpo a los demás de mi suerte, ésta la hace cada quien y punto.
La vida en un campo es una rutina, pero una noche mi papá no volvió a casa, yo no sabía que pasaba y mis hermanos mayores no decían nada hasta que mi hermano me dijo que mi papá se había ido con una señora de la ciudad. Para mí fue un drama silencioso; aprendí a odiar de una manera que hasta yo tenía miedo de mí misma… Mi mamá se dio cuenta enseguida y una noche me llevó a dormir con ella. Jamás lo olvidaré. Me habló por primera vez de mujer a mujer y me contó las cosas que pasan en la vida de las familias, la mentalidad de los hombres dominicanos, lo que supone hacerse mayor en un medio como el que vivíamos, que es normal que el amor se acabe, pero me habló de lo positivo del amor, de los frutos que deja, de los vínculos que crea. Aquella noche descubrí a mi mamá y la amé como nunca lo había hecho.
Junté el amor de mi mamá y de mi papá. Y la prometí que volvería a estudiar por ella, pero para eso tenía que ir a Santiago, a casa de una tía. Allá terminé el graduado escolar y comencé a estudiar enfermería. Yo era muy parejera. Había empezado con amoríos a los doce años y coqueteaba con todo el mundo; a veces me sentía superior a los demás, incluso a mi prima.
Un día mi papá fue a la escuela para hablar conmigo pero yo no tenía nada que decirle. Quería pagarme los estudios y mi mamá no quiso. Él se había metido en política y le trasladaron a Santo Domingo.
El día que cumplía 16 años me salió un trabajo. Una amiga que estudiaba conmigo me ofreció trabajar en el hospital. Pensé que de ese modo ayudaría a mi mamá a pagar los estudios y acepté. No sé si fue buena o mala decisión. A los 17 salí embarazada de una persona que trabajaba conmigo en el hospital. Era un muelero, mentía más que una gallareta. Yo lo presentía, pero cuando hablaba me daba una terapia de mil, hasta que caí. Fui a casa y hablé con mi mamá, pues él quería que abortase, pero ella me dijo que de ningún modo, que donde comen ocho lo hacen nueve. Y si fue un error, había que enfrentarlo. Ya él no quiso saber más de mí. Llegó mi niña y me cambió la vida. Me motivé más y a los 20 años terminé mis estudios.
Una prima que tenía en Barcelona me dijo que me fuera con ella, que allí podría encontrar trabajo y dar una vida mejor a mi hija. En verdad, yo no necesitaba salir de mi país a trabajar pero, por un lado, sentía como envidia por el progreso de mi prima y, por otro, estaba muy confundida, necesitaba organizar mi vida. Hasta entonces, para mí el mundo terminaba en Santo Domingo y se reducía a lo que había vivido en mi pueblo. Hablé con mi mamá y me dijo que hiciera lo que mejor quisiera, que ella estaba allí para apoyarme. Pensé que tal vez tenía la oportunidad de enmendar los errores cometidos.
En febrero de 1994, recién graduada, llegué a Madrid, antes de que se exigiera el visado a los dominicanos. En Madrid conocí a mucha gente de mi zona. No llevaba ocho días y me llamaron del Voluntariado para ofrecerme trabajo en el servicio doméstico. Aunque otras enfermeras dominicanas me estaban buscando algo relacionado con mi carrera, decidí enfrentar el trabajo. El problema era que yo no sabía hacer de nada. En pocos fines de semana en la asociación me pusieron al día.
Mi primer trabajo era una casa de cuatro piezas donde vivían el matrimonio y tres niños con edades de 6, 7 y 9 años. Yo me pasaba el día sola en casa, pues mi señora trabajaba en el gobierno y mi señor era médico importante en un hospital. A veces sentía que la soledad me asfixiaba y me volvía loca porque llegasen los niños del colegio.
El primer mes me pagaron 100.000 pesetas. Pregunté a mi señora si podía llamar a mi familia y que me lo descontasen a fin de mes, me dijo que sí. En ese tiempo, era muy difícil salir a la calle si parecías extranjera, así que los sábados y domingos no salía, a no ser con los señores. Pasé aviso para que mi mamá fuese al teléfono y ese día lloré desconsoladamente oyendo su voz y la de mi hija.
Por entonces descubrí que el Voluntariado organizaba unas reuniones un domingo al mes y allí hice tres cursos, en sábados y domingos, que con el tiempo me vendrían muy bien.
Los señores estaban contentos conmigo y yo con ellos, que ya era una suerte después de las cosas que oía a mis compañeras, no crea que todos los señores se comportaban como debe ser con las negras dominicanas, que decían ellos, los había que buscaban esclavas directamente. Los niños y yo nos entendíamos muy bien. Les levantaba, les ponía el desayuno, los llevaba a la escuela y, en la tarde, iba a por ellos. Mi señor me dejó un teléfono y me dijo que si tenía algún problema, fuera en casa o en la calle, le llamase. Aunque él no me dijo cual podía ser el problema, entendí que era con la policía, porque estaba sin papeles.
Yo oía música dominicana, bachata, merengue, salsa, a los niños les encantaba. Entonces descubrí que cuando iban en el coche mis señores también la oían porque se lo pedían los niños. Allí estuve cuatro años, me trataron muy bien; a veces la señora me pedía una trabajadora para otras amigas de ella, pero yo las refería al Voluntariado. La señora me daba confianza, a veces me contaba cosas íntimas de la familia y me preguntaba qué pensaba. Un día, hablando por teléfono con una amiga, decía la morena tiene mucho sentido común, mucha experiencia y mucha vivencia. Me di cuenta que se refería a mí. En España la gente no es tan sincera como en mi país, pues la señora un día me dijo que al principio se asustó cuando le conté la vida de mi familia y la mía, pues yo lo veía como una cosa normal. Le contesté que era yo quien tendría que asustarse por lo que me había tocado vivir.
Al final, el señor me dijo que tenía que irse un tiempo a trabajar en una cosa internacional, que se iba toda la familia y que yo no podía acompañarles por mi condición de sin papeles. Se ofreció a buscarme un trabajo y me dieron tres meses como paga adelantada. Fueron 350.000 pesetas en total, aquello era un dineral. Dio la casualidad de que mi prima se iba de vacaciones esa misma semana así que se lo mandé enterito a mi mamá. Con ese dinero pusieron un salón de peluquería con planta eléctrica y todo para mi hermana, que estaba haciendo peluquería. Todos se pusieron felices.
Al poco, me encontré con una enfermera de Galván y me preguntó si sabía de alguien que quisiera atender a un viejito, el trabajo era suave y pagaban 110.000 pesetas.
Fui a la entrevista y me quedé con él. Me entrevistó una señora muy correcta que era hija del señor. Prácticamente, mi trabajo era de acompañante, a veces me parecía raro, la casa muy bonita con pinturas, cosas de plata, muebles caros. Sólo me molestaba una cosa: el señor tenía una campanilla y la hacía sonar para llamarme, como llamamos a los animales de mi país, pero después era muy correcto y enseguida nos entendimos. Tenía cuatro hijos, aunque en el tiempo que estuve con él sólo conocí a dos, eso también me costaba entenderlo.
Él era muy conversador, me confesó que se sentía muy solo, que, antes de llegar yo, se escribía cartas a sí mismo por correo a su dirección, depositaba la carta en el buzón y, al día siguiente, se la volvía a contestar, así se entretenía y hacía que pasara el tiempo. Yo le dije, bueno, nos hemos encontrado un tal para cual, porque yo estoy sola porque no tengo lo que necesito y usted está solo porque tiene más de lo que necesita. Usted en mi país nunca estaría solo y menos con lo que tiene, pero yo en mi país, aún no teniendo nada, nunca me sentiría sola. Nos reímos mucho. Él me contaba cosas de su difunta esposa y yo de mi familia. Me daba mucha pena verle así porque sus hijos no le visitaban o le llamaban por teléfono muy de vez en cuando, él siempre me decía que tenían mucho trabajo.
En 1998 me llegaron los papeles, eso representaba para mí todo, porque podía ir a visitar a mi familia y a mi hija. Cuando le conté al señor mis proyectos se puso muy triste, pensaba que quería dejarle. Hablé con su hija y me fui de vacaciones en las navidades. Compré cosas para todos mis hermanos sin importarme el gasto.
La hija del señor me dijo que si pensaba volver ella me reservaba la plaza y estaba dispuesta a pagarme el mes y medio de permiso como si estuviera trabajando, me pidió si podía encontrar alguna amiga que me sustituyera durante ese tiempo y así lo hicimos.
Cuando volví a mi tierra no conocía a mi hija de lo que había cambiado. Mi hermano había comprado un carro con el dinero que yo había enviado y taxeaba. Le iba muy bien porque no había muchos carros por allá. Una de las cosas que más feliz me hacía era ver cómo toda la familia había usado el dinero para cosas productivas, había oído tantas cosas que me daba miedo.
Mi casa estaba muy bien, toda reparada, con suelo de verdad, zapatas por si quería levantar dos pisos, paredes de cemento, techo de cinc. Habían hecho dos piezas más y una marquesina muy amplia y espaciosa. Me habían reservado una pieza sólo para mí y para mi hija.
Aquel mes y medio fue decisivo en mi vida. Me dije a mi misma que no valía la pena tanto sacrificio sin mi familia y decidí que tenía que preparar mi regreso. Mis hermanos trabajaban las tierras de mi papá, que no había vuelto a dar señales de vida, y se producían lo suficiente para vivir con cierta holgura.
La vuelta a España fue tan duro o más que la primera vez, especialmente por mi hija, porque iba a pasar los principales años de su vida lejos de mí y, en verdad, yo no necesitaba tanto salir fuera. Se repitió la escena del recibimiento, ahora en triste. Sólo quién pasa por una situación así está en disposición de entender estas cosas.
Cuando llegué a Madrid tuve la sorpresa de que mi señor y su hija estaban esperándome en el aeropuerto. A los dos meses de volver el señor cogió una gripe mala, le costaba mucho respirar. Me dijo, este es mi final. Y así fue. A los dos días murió. Fue un duro golpe para mí porque llegué a quererle como a un padre y uno al otro nos quitamos mucha soledad, él desde su riqueza y yo desde mi pobreza nos acompañamos mutuamente. Le agradeceré siempre una cosa, me ayudó a borrar la idea negativa que yo tenía de los hombres y vi en él a un padre bueno, a un esposo justo y a un hombre sincero, que yo nunca tuve al alcance.
De nuevo tenía que volver a empezar, aunque ahora más fácil porque tenía papeles. En el Voluntariado me hablaron de una residencia de mayores que necesitaba una enfermera externa. Lo malo de la oferta era que tenía que alquilar un piso, pero fui a la entrevista y me pareció interesante. El sueldo era bueno aunque los horarios eran difíciles y había que hacer guardias, pero tenía libertad para trabajar. El trabajo era muy duro en relación a lo que había hecho hasta entonces en España, pero era una buena experiencia.
En la residencia comprobé de nuevo la soledad que hay en estos países que, la verdad, no entiendo. Papás y mamás que no ven a sus hijos, hijos que no tienen tiempo de visitar ni de hablar con sus papás. Personas que mueren sin el cariño de un hijo. No entiendo cómo en países tan organizados pueden pasar estas cosas. Que pasaran en mi país, que a veces se vive como chivo sin ley, es explicable pero en España ¿Por qué?
Por mi parte, en la residencia me veía recompensada moralmente en mi trabajo porque los ancianos eran muy agradecidos, no sabían cómo devolverte el cariño, a veces te daban propinas como si con eso te pagasen tu trabajo; ellos no sabían que el mejor pago a tu sacrificio eran las muestras de comprensión hacia ti, cuando te preguntaban por tus hijos, por tu familia, cuando se interesaban por las cosas de tu país. Yo me veía respetada y valorada.
Allí descubrí la cantidad de gente que vive sola teniendo mucho más que yo, en cultura, en conocimientos, en dinero sobre todo, pues allí había gente poderosa. Aprendí también que lo importante son los seres humanos. Yo tenía una hija señorita y no era verdad que iba a dejar pasar el tiempo sin gozar de ella.
Volví cada dos años a ver a mi familia y en 2004 decidí que el siguiente era el año de mi retirada. Empecé a programar mis cosas para situarme. Se lo dije así a mi familia; no lo creyeron porque había conocido a un español y manteníamos relaciones de pareja. Era un hombre muy bueno, me apoyó mucho y me convenció de que era un error generalizar, que hay hombres buenos y mujeres buenas y al contrario. Mi compañero español me ayudó a superar grandes problemas y, a la recíproca, también yo lo hice con él. En el 2000 le llevé a conocer a los míos porque si salía algo serio quería que conociese mi medio, mi familia y la forma de ser de mi gente. A él le gustó el ambiente, pero de visita, porque aquello era difícil de aceptar. Creo, incluso, que le cogió miedo, por las relaciones de pareja que hay en los campos, que yo comprendo que es difícil de entender desde el desarrollo, que en el siglo XXI todavía haya personas viviendo como viven allí. Le asustaba ver que la gente anda armada y siempre en plan precavido. Yo estaba decidida a salir de España y volver con los míos y, a estas alturas de la vida, un hombre no iba a limitar mis proyectos.
Total, que en 2005 volví. Los últimos años fueron para mí los mejores económicamente y tuve la oportunidad de arreglar mi vida. Tenía a toda la familia ocupada con el dinero ganado dignamente en España; la cuestión ahora era organizarme y seguir trabajando pero con el sol de mi tierra y el cariño de mi gente. Volver a andar los mismos caminos de mi niñez y valorar lo cambios habidos en mi pueblo y en las zonas cercanas. Volví a reducir el mundo, donde tan bien me había ido, y me quedé en mi campo con mi gente, en el mundo que empezaba en Santo Domingo y terminaba en República Dominicana.
Aquí quiero organizar mi vida y quizá mi muerte, junto a los míos, al calor de mis vecinos que me dicen buenos días, buenas tardes o buenas noches. Que si no me ven, van a preguntar qué me pasa, donde me siento valorada. Y sobre todo, a compensar a mi mamá y a mi hija. A la primera, porque se lo debo más que a nadie, y a mi hija porque, aunque haya sido fruto de un error, ella nunca fue culpable y tiene todo el derecho a ser amada como se merece, pero, además, porque yo la necesito.
España me ha enseñado una cosa muy importante: a sentirme orgullosa de ser mujer y a luchar porque ninguna mujer sea puesta en segundo lugar y menos aún amenazada en sus valores con violencia, sea ésta de cualquier forma que fuere.
Hoy me siento orgullosa de mi respuesta a la vida, porque uno tiene derecho a equivocarse y hacer locuras de juventud pero también a enmendar los errores y a conquistar el lugar que le corresponde.
Llevo poco tiempo en mi país desde que volví de España y echo de menos pocas cosas. Al contrario, valoro mucho más las pequeñas cosas de mi pueblo. Hoy, tomar un café con mi vecina a la puerta de mi casa, construida con el sudor de mi frente, es mucho más importante que el dinero ganado a fin de mes. No sé lo que pasará con mi vida, ni las vueltas que todo esto dará, por si acaso, yo me nacionalicé española. De momento, prefiero disfrutar de la vida y los regalos que Dios le dio a esta tierra. Agradezco la oportunidad que tuve de ver distintos mundos y diferentes dramas, pero entre el dinero y la gente, me quedo con los míos y espero que sea para siempre.
Fui una niña feliz, era el orgullo de mi papá. Él me dio mucho cariño, que yo no siempre supe valorar. Fui un poco loquilla debido a todos los caprichos que tenía en la casa, pues como mi papá me protegía, todos mis hermanos hacían lo mismo y me críe como la riquita que no era. Mi papá no tenía mucho dinero pero privaba como el que más y todo el mundo pensaba que lo tenía, al menos esa es la impresión que yo tengo. Él tenía mucha presencia y eso hacía que fuera atraído por las mujeres, siempre iba a lo más. Teníamos caballos para el trabajo en el conuco, pero él tenía uno blanco de paso fino y cuando estaba encima del animal parecía un rey. Hasta a mí me volvía loca. A veces pasaba por la casa y decía a mi mamá: Altagracia, en unos minutos tenme preparada a mi princesa como si fuese una reina, que nos vamos p’a la ciudad.
Y yo, desde que oía su voz ya estaba junto a mi mamá, para que me pusiera bella. Él llegaba, me ponía a loma del caballo y me paseaba por el pueblito, a veces me llevaba hasta la ciudad. Un día, me llevó a una casa y recuerdo que estuve jugando con una niña de mi edad. Años más tarde, supe que era una de mis hermanas.
Mi casa era de cana y el piso de tierra. Teníamos tres piezas, una para mis papás, en otra estaban los varones y en otra las hembras. Había además un pequeño quiosco donde los varones jugaban los domingos. Yo me sentía privilegiada, en mi medio el valor se daba a los hombres y no a las hembras, pero en mi casa era diferente. Mi mamá nos tenía como pinceles, limpios y aseados, siempre le gustaba salir con nosotros los domingos, pues teníamos un grupo de cantar en misa y mis hermanos y yo formamos parte del coro. Los sábados mi papá me llevaba al salón y decía, pónganme chula a mi princesa, luego pasaba y me recogía. Éramos un grupo cristiano y yo formaba parte de él con mis hermanos, porque me gustaba cantar. Con el tiempo, agradecí aquellas enseñanzas que por mi mala cabeza y vanidad no supe practicar a tiempo.
Pronto comencé a ir a la escuela. Iba con mi hermano y mi hermana, pero yo era muy perezosa. Algún día mi papá nos llevaba con el caballo pero la mayor parte teníamos que ir a pie, tres kilómetros de ida y tres de vuelta. A veces, mi hermano me llevaba a sus espaldas. Mi mamá era implacable en eso. Todo el mundo a la escuela, que p’a analfabeta ya estoy yo y quien no sabe leer es como el que no ve o no tiene conocimiento. Lo que aprendí se lo debo a mis hermanos. Me costaba mucho ir a la escuela, mis papás no sabían que hacer conmigo pues mi papá no permitía que fuese a trabajar al conuco, decía que eso no era para gente como yo. Al terminar mis estudios primarios, lo dejé y eso me hizo mucho daño en mi vida, aunque yo no culpo a los demás de mi suerte, ésta la hace cada quien y punto.
La vida en un campo es una rutina, pero una noche mi papá no volvió a casa, yo no sabía que pasaba y mis hermanos mayores no decían nada hasta que mi hermano me dijo que mi papá se había ido con una señora de la ciudad. Para mí fue un drama silencioso; aprendí a odiar de una manera que hasta yo tenía miedo de mí misma… Mi mamá se dio cuenta enseguida y una noche me llevó a dormir con ella. Jamás lo olvidaré. Me habló por primera vez de mujer a mujer y me contó las cosas que pasan en la vida de las familias, la mentalidad de los hombres dominicanos, lo que supone hacerse mayor en un medio como el que vivíamos, que es normal que el amor se acabe, pero me habló de lo positivo del amor, de los frutos que deja, de los vínculos que crea. Aquella noche descubrí a mi mamá y la amé como nunca lo había hecho.
Junté el amor de mi mamá y de mi papá. Y la prometí que volvería a estudiar por ella, pero para eso tenía que ir a Santiago, a casa de una tía. Allá terminé el graduado escolar y comencé a estudiar enfermería. Yo era muy parejera. Había empezado con amoríos a los doce años y coqueteaba con todo el mundo; a veces me sentía superior a los demás, incluso a mi prima.
Un día mi papá fue a la escuela para hablar conmigo pero yo no tenía nada que decirle. Quería pagarme los estudios y mi mamá no quiso. Él se había metido en política y le trasladaron a Santo Domingo.
El día que cumplía 16 años me salió un trabajo. Una amiga que estudiaba conmigo me ofreció trabajar en el hospital. Pensé que de ese modo ayudaría a mi mamá a pagar los estudios y acepté. No sé si fue buena o mala decisión. A los 17 salí embarazada de una persona que trabajaba conmigo en el hospital. Era un muelero, mentía más que una gallareta. Yo lo presentía, pero cuando hablaba me daba una terapia de mil, hasta que caí. Fui a casa y hablé con mi mamá, pues él quería que abortase, pero ella me dijo que de ningún modo, que donde comen ocho lo hacen nueve. Y si fue un error, había que enfrentarlo. Ya él no quiso saber más de mí. Llegó mi niña y me cambió la vida. Me motivé más y a los 20 años terminé mis estudios.
Una prima que tenía en Barcelona me dijo que me fuera con ella, que allí podría encontrar trabajo y dar una vida mejor a mi hija. En verdad, yo no necesitaba salir de mi país a trabajar pero, por un lado, sentía como envidia por el progreso de mi prima y, por otro, estaba muy confundida, necesitaba organizar mi vida. Hasta entonces, para mí el mundo terminaba en Santo Domingo y se reducía a lo que había vivido en mi pueblo. Hablé con mi mamá y me dijo que hiciera lo que mejor quisiera, que ella estaba allí para apoyarme. Pensé que tal vez tenía la oportunidad de enmendar los errores cometidos.
En febrero de 1994, recién graduada, llegué a Madrid, antes de que se exigiera el visado a los dominicanos. En Madrid conocí a mucha gente de mi zona. No llevaba ocho días y me llamaron del Voluntariado para ofrecerme trabajo en el servicio doméstico. Aunque otras enfermeras dominicanas me estaban buscando algo relacionado con mi carrera, decidí enfrentar el trabajo. El problema era que yo no sabía hacer de nada. En pocos fines de semana en la asociación me pusieron al día.
Mi primer trabajo era una casa de cuatro piezas donde vivían el matrimonio y tres niños con edades de 6, 7 y 9 años. Yo me pasaba el día sola en casa, pues mi señora trabajaba en el gobierno y mi señor era médico importante en un hospital. A veces sentía que la soledad me asfixiaba y me volvía loca porque llegasen los niños del colegio.
El primer mes me pagaron 100.000 pesetas. Pregunté a mi señora si podía llamar a mi familia y que me lo descontasen a fin de mes, me dijo que sí. En ese tiempo, era muy difícil salir a la calle si parecías extranjera, así que los sábados y domingos no salía, a no ser con los señores. Pasé aviso para que mi mamá fuese al teléfono y ese día lloré desconsoladamente oyendo su voz y la de mi hija.
Por entonces descubrí que el Voluntariado organizaba unas reuniones un domingo al mes y allí hice tres cursos, en sábados y domingos, que con el tiempo me vendrían muy bien.
Los señores estaban contentos conmigo y yo con ellos, que ya era una suerte después de las cosas que oía a mis compañeras, no crea que todos los señores se comportaban como debe ser con las negras dominicanas, que decían ellos, los había que buscaban esclavas directamente. Los niños y yo nos entendíamos muy bien. Les levantaba, les ponía el desayuno, los llevaba a la escuela y, en la tarde, iba a por ellos. Mi señor me dejó un teléfono y me dijo que si tenía algún problema, fuera en casa o en la calle, le llamase. Aunque él no me dijo cual podía ser el problema, entendí que era con la policía, porque estaba sin papeles.
Yo oía música dominicana, bachata, merengue, salsa, a los niños les encantaba. Entonces descubrí que cuando iban en el coche mis señores también la oían porque se lo pedían los niños. Allí estuve cuatro años, me trataron muy bien; a veces la señora me pedía una trabajadora para otras amigas de ella, pero yo las refería al Voluntariado. La señora me daba confianza, a veces me contaba cosas íntimas de la familia y me preguntaba qué pensaba. Un día, hablando por teléfono con una amiga, decía la morena tiene mucho sentido común, mucha experiencia y mucha vivencia. Me di cuenta que se refería a mí. En España la gente no es tan sincera como en mi país, pues la señora un día me dijo que al principio se asustó cuando le conté la vida de mi familia y la mía, pues yo lo veía como una cosa normal. Le contesté que era yo quien tendría que asustarse por lo que me había tocado vivir.
Al final, el señor me dijo que tenía que irse un tiempo a trabajar en una cosa internacional, que se iba toda la familia y que yo no podía acompañarles por mi condición de sin papeles. Se ofreció a buscarme un trabajo y me dieron tres meses como paga adelantada. Fueron 350.000 pesetas en total, aquello era un dineral. Dio la casualidad de que mi prima se iba de vacaciones esa misma semana así que se lo mandé enterito a mi mamá. Con ese dinero pusieron un salón de peluquería con planta eléctrica y todo para mi hermana, que estaba haciendo peluquería. Todos se pusieron felices.
Al poco, me encontré con una enfermera de Galván y me preguntó si sabía de alguien que quisiera atender a un viejito, el trabajo era suave y pagaban 110.000 pesetas.
Fui a la entrevista y me quedé con él. Me entrevistó una señora muy correcta que era hija del señor. Prácticamente, mi trabajo era de acompañante, a veces me parecía raro, la casa muy bonita con pinturas, cosas de plata, muebles caros. Sólo me molestaba una cosa: el señor tenía una campanilla y la hacía sonar para llamarme, como llamamos a los animales de mi país, pero después era muy correcto y enseguida nos entendimos. Tenía cuatro hijos, aunque en el tiempo que estuve con él sólo conocí a dos, eso también me costaba entenderlo.
Él era muy conversador, me confesó que se sentía muy solo, que, antes de llegar yo, se escribía cartas a sí mismo por correo a su dirección, depositaba la carta en el buzón y, al día siguiente, se la volvía a contestar, así se entretenía y hacía que pasara el tiempo. Yo le dije, bueno, nos hemos encontrado un tal para cual, porque yo estoy sola porque no tengo lo que necesito y usted está solo porque tiene más de lo que necesita. Usted en mi país nunca estaría solo y menos con lo que tiene, pero yo en mi país, aún no teniendo nada, nunca me sentiría sola. Nos reímos mucho. Él me contaba cosas de su difunta esposa y yo de mi familia. Me daba mucha pena verle así porque sus hijos no le visitaban o le llamaban por teléfono muy de vez en cuando, él siempre me decía que tenían mucho trabajo.
En 1998 me llegaron los papeles, eso representaba para mí todo, porque podía ir a visitar a mi familia y a mi hija. Cuando le conté al señor mis proyectos se puso muy triste, pensaba que quería dejarle. Hablé con su hija y me fui de vacaciones en las navidades. Compré cosas para todos mis hermanos sin importarme el gasto.
La hija del señor me dijo que si pensaba volver ella me reservaba la plaza y estaba dispuesta a pagarme el mes y medio de permiso como si estuviera trabajando, me pidió si podía encontrar alguna amiga que me sustituyera durante ese tiempo y así lo hicimos.
Cuando volví a mi tierra no conocía a mi hija de lo que había cambiado. Mi hermano había comprado un carro con el dinero que yo había enviado y taxeaba. Le iba muy bien porque no había muchos carros por allá. Una de las cosas que más feliz me hacía era ver cómo toda la familia había usado el dinero para cosas productivas, había oído tantas cosas que me daba miedo.
Mi casa estaba muy bien, toda reparada, con suelo de verdad, zapatas por si quería levantar dos pisos, paredes de cemento, techo de cinc. Habían hecho dos piezas más y una marquesina muy amplia y espaciosa. Me habían reservado una pieza sólo para mí y para mi hija.
Aquel mes y medio fue decisivo en mi vida. Me dije a mi misma que no valía la pena tanto sacrificio sin mi familia y decidí que tenía que preparar mi regreso. Mis hermanos trabajaban las tierras de mi papá, que no había vuelto a dar señales de vida, y se producían lo suficiente para vivir con cierta holgura.
La vuelta a España fue tan duro o más que la primera vez, especialmente por mi hija, porque iba a pasar los principales años de su vida lejos de mí y, en verdad, yo no necesitaba tanto salir fuera. Se repitió la escena del recibimiento, ahora en triste. Sólo quién pasa por una situación así está en disposición de entender estas cosas.
Cuando llegué a Madrid tuve la sorpresa de que mi señor y su hija estaban esperándome en el aeropuerto. A los dos meses de volver el señor cogió una gripe mala, le costaba mucho respirar. Me dijo, este es mi final. Y así fue. A los dos días murió. Fue un duro golpe para mí porque llegué a quererle como a un padre y uno al otro nos quitamos mucha soledad, él desde su riqueza y yo desde mi pobreza nos acompañamos mutuamente. Le agradeceré siempre una cosa, me ayudó a borrar la idea negativa que yo tenía de los hombres y vi en él a un padre bueno, a un esposo justo y a un hombre sincero, que yo nunca tuve al alcance.
De nuevo tenía que volver a empezar, aunque ahora más fácil porque tenía papeles. En el Voluntariado me hablaron de una residencia de mayores que necesitaba una enfermera externa. Lo malo de la oferta era que tenía que alquilar un piso, pero fui a la entrevista y me pareció interesante. El sueldo era bueno aunque los horarios eran difíciles y había que hacer guardias, pero tenía libertad para trabajar. El trabajo era muy duro en relación a lo que había hecho hasta entonces en España, pero era una buena experiencia.
En la residencia comprobé de nuevo la soledad que hay en estos países que, la verdad, no entiendo. Papás y mamás que no ven a sus hijos, hijos que no tienen tiempo de visitar ni de hablar con sus papás. Personas que mueren sin el cariño de un hijo. No entiendo cómo en países tan organizados pueden pasar estas cosas. Que pasaran en mi país, que a veces se vive como chivo sin ley, es explicable pero en España ¿Por qué?
Por mi parte, en la residencia me veía recompensada moralmente en mi trabajo porque los ancianos eran muy agradecidos, no sabían cómo devolverte el cariño, a veces te daban propinas como si con eso te pagasen tu trabajo; ellos no sabían que el mejor pago a tu sacrificio eran las muestras de comprensión hacia ti, cuando te preguntaban por tus hijos, por tu familia, cuando se interesaban por las cosas de tu país. Yo me veía respetada y valorada.
Allí descubrí la cantidad de gente que vive sola teniendo mucho más que yo, en cultura, en conocimientos, en dinero sobre todo, pues allí había gente poderosa. Aprendí también que lo importante son los seres humanos. Yo tenía una hija señorita y no era verdad que iba a dejar pasar el tiempo sin gozar de ella.
Volví cada dos años a ver a mi familia y en 2004 decidí que el siguiente era el año de mi retirada. Empecé a programar mis cosas para situarme. Se lo dije así a mi familia; no lo creyeron porque había conocido a un español y manteníamos relaciones de pareja. Era un hombre muy bueno, me apoyó mucho y me convenció de que era un error generalizar, que hay hombres buenos y mujeres buenas y al contrario. Mi compañero español me ayudó a superar grandes problemas y, a la recíproca, también yo lo hice con él. En el 2000 le llevé a conocer a los míos porque si salía algo serio quería que conociese mi medio, mi familia y la forma de ser de mi gente. A él le gustó el ambiente, pero de visita, porque aquello era difícil de aceptar. Creo, incluso, que le cogió miedo, por las relaciones de pareja que hay en los campos, que yo comprendo que es difícil de entender desde el desarrollo, que en el siglo XXI todavía haya personas viviendo como viven allí. Le asustaba ver que la gente anda armada y siempre en plan precavido. Yo estaba decidida a salir de España y volver con los míos y, a estas alturas de la vida, un hombre no iba a limitar mis proyectos.
Total, que en 2005 volví. Los últimos años fueron para mí los mejores económicamente y tuve la oportunidad de arreglar mi vida. Tenía a toda la familia ocupada con el dinero ganado dignamente en España; la cuestión ahora era organizarme y seguir trabajando pero con el sol de mi tierra y el cariño de mi gente. Volver a andar los mismos caminos de mi niñez y valorar lo cambios habidos en mi pueblo y en las zonas cercanas. Volví a reducir el mundo, donde tan bien me había ido, y me quedé en mi campo con mi gente, en el mundo que empezaba en Santo Domingo y terminaba en República Dominicana.
Aquí quiero organizar mi vida y quizá mi muerte, junto a los míos, al calor de mis vecinos que me dicen buenos días, buenas tardes o buenas noches. Que si no me ven, van a preguntar qué me pasa, donde me siento valorada. Y sobre todo, a compensar a mi mamá y a mi hija. A la primera, porque se lo debo más que a nadie, y a mi hija porque, aunque haya sido fruto de un error, ella nunca fue culpable y tiene todo el derecho a ser amada como se merece, pero, además, porque yo la necesito.
España me ha enseñado una cosa muy importante: a sentirme orgullosa de ser mujer y a luchar porque ninguna mujer sea puesta en segundo lugar y menos aún amenazada en sus valores con violencia, sea ésta de cualquier forma que fuere.
Hoy me siento orgullosa de mi respuesta a la vida, porque uno tiene derecho a equivocarse y hacer locuras de juventud pero también a enmendar los errores y a conquistar el lugar que le corresponde.
Llevo poco tiempo en mi país desde que volví de España y echo de menos pocas cosas. Al contrario, valoro mucho más las pequeñas cosas de mi pueblo. Hoy, tomar un café con mi vecina a la puerta de mi casa, construida con el sudor de mi frente, es mucho más importante que el dinero ganado a fin de mes. No sé lo que pasará con mi vida, ni las vueltas que todo esto dará, por si acaso, yo me nacionalicé española. De momento, prefiero disfrutar de la vida y los regalos que Dios le dio a esta tierra. Agradezco la oportunidad que tuve de ver distintos mundos y diferentes dramas, pero entre el dinero y la gente, me quedo con los míos y espero que sea para siempre.
Etiquetas:
emigración,
mujeres,
República Dominicana
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)