Aquí, y en cualquier lugar, lo que ocurre es que hay mucha hipocresía. Y mucho doctor que sabe lo que es bueno para sí y para los demás.
Yo estuve mucho tiempo pensando por otros, por mis papás, por mi hermana, por la gente de mi pueblo, por la gente de la Asociación. Pensé por todo el mundo, hasta que un día me paré y me dije, a ver, tú que piensas que es la vida. Y decidí que se me daba igual lo que dijera la gente de la Asociación, los vecinos de mi pueblo, mi hermana, mis papás, el presidente de la República Dominicana y el rey de España. Y ahora mismo, me da igual lo que usted piense. Lo que piense ahora y cuando termine de contarle mi historia. Que se la cuento porque quiero hacerlo, no porque me lo haya pedido. Y si usted lo quiere contar, pues lo cuenta, lo mismo me importa, que es nada.
Vengo de Altamira, una zona del norte de Santo Domingo más bien pobre. La verdad es que en mi país cualquier lugar es más bien pobre, así mire usted al norte que al sur, donde sale el sol o donde se pone. Somos un país de pobres, por eso emigramos, hay algunos ricos, pocos pero muy ricos, es cierto, que no sé si tiene usted observado que cuando en un sitio hay unos pocos muy, muy ricos, pero ricos de salir en las revistas de color, inevitablemente hay a su alrededor una multitud de pobres muy, pero que muy pobres, de los que también salen en los periódicos en blanco y negro.
A mi me tocó del lado de la valla que sale en los periódicos. Mi familia era como cualquier otra en mi país. Mi papá estaba pero no estaba, estaba cuando quería, no cuando se le necesitaba, aparecía y desaparecía, unas veces daba explicaciones y contaba que se iba a trabajar al sur o a Santo Domingo, otras veces se iba nomás. En algún sitio debía tener otra familia de la que también se iría a veces. Las cosas eran así. Mi mamá trabajaba cuando estaba mi papá y también cuando no estaba.
A pesar de eso, siempre supe que soy una persona con suerte. Porque es verdad, fui a nacer en un rincón de la tierra donde poder comer ya es un exceso, en un pueblo donde no hubo agua corriente, ni luz hasta pasado mucho tiempo. No conocí hasta muy mayor lo que era una lavadora, una aspiradora, un refrigerador, esas cosas que los habitantes de los países ricos consideran imprescindibles para ponerse en marcha cada día. Pero es igual verdad que la naturaleza me dio dos cosas que me han sido de gran utilidad: un buen culo y sentido común.
Yo vine a España como todas, a trabajar y ganar dinero para vivir mejor yo y que pudiera vivir mejor mi familia, para que mi hermana pudiera estudiar en la universidad. En mi país también trabajaba pero no alcanzaba ni para medio vivir. En cuanto llegué, mi prima me encontró un trabajo de interna a través de una asociación de mujeres. Trabajaba como en mi pueblo, más aún, porque allí, cuando una no puede más de cansancio, mira alrededor y ve caras amigas, que le sonríen y eso puede que no descanse pero alivia. Aquí no, en España ya puede estar una a punto de reventar, que si es hora de trabajo hay que seguir hasta que se reviente. Especialmente si una es negra, pobre y doméstica, para qué vamos a engañarnos.
O sea, que a través de la asociación encontré trabajo, sí, con un matrimonio mayor y un hijo que viajaba mucho; me pagaban 100.000 pesetas, cantidad que, visto desde mi pueblo era casi una fortuna. Pero como esa fortuna no la cobraba en mi pueblo sino aquí, resultaba que, descontado lo que enviaba a mi mamá para aliviarle a la familia las carencias de allá, descontado lo que tenía que pagar para liquidar el préstamo del viaje, me quedaba justo, justo, para malvivir.
Eso, con una señora que me vigilaba a todas horas, que pesaba lo que comía y medía lo que gastaba, en luz, en agua, en papel higiénico, incluso. Yo creo que no tuve mucha suerte con mi jefa porque estoy segura de que no todas las empleadoras son como ella, pero ella era así, no exagero un punto. Me perseguía para comprobar que hacía todo lo que me mandaba y si algo no le gustaba, me discurseaba con frases como, estos salvajes que vienen aquí a matar el hambre y la miseria, ni sé cómo los dejamos entrar en nuestras casas. Para terminar, sin remedio, con un, y encima, negra.
A mí al principio no me importaban mucho sus discursos, cuando ella decía negra, yo respondía para mis adentros, y tú, gorda. No me importaba el discurso pero sí el remedio. Es decir, que aquella situación no iba a ninguna parte. Calculé que, al ritmo que llevaba, necesitaría al menos diez años para salir del paso y poderme comprar un terreno en mi pueblo en el que construirme una casa. Bien, me dije, pasan diez años y tienes casa y terreno, ¿y luego, qué? Porque una cosa, no sé si buena o mala, que tiene emigrar es que se ve lo que hay fuera, que unas veces es mejor que lo que tenías y otras es peor. En mi caso, emigrar me enseñó que hay otra vida. Una vida en la que no sólo es trabajar y ahorrar y gastar un poquito para volver a ahorrar. Una vida de vivir. De poder ir algo más lejos que el trayecto Pozuelo-Madrid-Santo Domingo, o sea, el trabajo, la asociación, mi familia. Una vida ¿cómo le diría? de poder decidir qué quería yo.
La verdad es que le había dado vueltas a la idea pero no acababa de encontrar la salida hasta que un día me vino la señora muy enfadada protestando porque no le había lavado las panties a su gusto. La doña lanzó su discurso habitual sobre los salvajes, el hambre y la negritud, para acabar esta vez con un comentario sobre mi poco conocimiento de la lencería fina. Unas panties como éstas no las has visto tú en tu vida, dijo ella. Y, ya ve, me dio la idea.
Porque esa vez no tenía razón: yo sí había visto unas panties finas. En mi pueblo había conocido a una chica que emigró a España, la trajo una gente que aquí dicen mafia, que captaba a personas del entorno, las cogían y las traían para acá. Luego, las gentes de allá hablaban de los males de la emigración, de las mujeres que iban por malos caminos, que se empleaban en la prostitución. El caso es que aquella chica empezó a mandar dinero a su familia que era la envidia de todos. Cuando volvió a su casa vestía unos trajes divinos y estaba guapa de caerse. En esas que pasé yo por la casa de su familia y ví la ropa puesta a secar, una tanda de panties a cual más bonito. Más bonitos que los de mi señora, sin comparación.
Así que aquel día decidí que ya no quería aguantar más las jornadas sin fin, la falta de respeto de la señora y mi falta de futuro. Llamé a mi prima y le dije, dejo la casa. Bueno, llamamos a la asociación y que te encuentre otra, me dijo ella. No, no quiero más casas ni más señoras, estoy harta de lavar bragas y panties a las españolas. Me voy a meter a la prostitución y hacer mi vida.
Mi prima, que es una abogada muy seria, se tiraba de los pelos. Pero tú que me dices, ¿te has vuelto loca? Como vio que hablaba en serio, se fue a la asociación y se lo contó a la presidenta, que me llamó para lo mismo, ¿cómo vas a hacer una cosa así? Echarás tu vida a perder y te arrepentirás siempre, me dijo. Yo quiero mucho a las personas de la asociación, que han ayudado mucho a las dominicanas que hemos venido a España, pero decidí que esta vez no iba a atender más consejos.
Me coloqué en un sitio de León, era un pueblo bonito, la única pega es que en invierno hacía demasiado frío. En los primeros años seguí acudiendo a la asociación, una vez al trimestre me cogía el autobús y me acercaba a ver a la gente de mi país.
Un día le dije a la presidenta, ya que me he metido en esto, quiero defender a las muchachas que están como yo. Pero ella no terminaba de verlo, una asociación de putas, no suena bien, creo yo.
Sin embargo, deberían unirse y organizarse. Lo primero, para evitar que las chicas beban y se metan en la droga, porque si no se conserva el control sobre una misma, se vuelve un guiñapo humano. Una asociación podría ayudarlas a evitar esos peligros, pero lo cierto es que no hubo forma.
Yo nunca tuve que huir de las tentaciones, desde el primer momento supe lo que quería conseguir: trabajar un tiempo, hacerme un dinero y luego ya vería qué hacía con mi vida. La única condición que puse a la dueña es que yo decidía con quién me iba y con quién no quería ir, que ella no se iba a meter en mi vida para nada.
Pronto me hice una clientela fija y, para que vea, lo que era defecto en la otra casa era virtud en esta, todos los clientes querían estar con la negra.
No, el trabajo no es lindo pero dígame usted cuántos trabajos lindos hay para las negras inmigrantes pobres, dígame uno sólo. Sí, muchos días me decía que mi dignidad se había quedado en el suelo, pero no más veces que me lo decía cuando trabajaba con los señores. Si una se olvida de esas circunstancias, el trabajo era entretenido, con frecuencia me encontraba que iba el juez o el cura, y a veces ni siquiera iban a hacer sexo, iban a platicar conmigo, nada más, yo les servía de terapia. Aunque, eso sí, a mí tenían que pagarme religiosamente, usted perdone, igual que si estuvieran haciendo cualquier otra cosa. El trabajo y mi tiempo son sagrados.
Estuve seis años en el lugar. Durante ese tiempo, envié dinero mensualmente a mi familia, que se acomodó una casa bien linda, y mi hermana terminó de estudiar. Yo había ahorrado algo, no demasiado, pero lo suficiente para poner un bar. A la mañana doy comidas también. Desde hace un año tengo tres personas contratadas: una cocinera y dos camareras. Somos todas mujeres, negras las cuatro, ya ve, y el sitio tiene éxito.
No me siento contenta de haber estado en la prostitución, ni de haber sido doméstica. No me siento contenta de haber nacido en un mundo que pone etiquetas por colores, por países, por la ropa, por el pelo. Que divide a los seres humanos en dos apartados: los que tienen dinero y los que no. Nada de eso me gusta, pero yo no he hecho el mundo así, por lo tanto, que no me pidan explicaciones.