miércoles, 18 de febrero de 2009

Evelyn

No es que me niegue a hablar de mi experiencia, es que ocurrió hace tanto tiempo que me parece ajeno a mí, que sucedió a otra persona. Aunque siga en mi pensamiento todos los días. No lo olvido, pero no soy yo. Perdóneme, parece que me estoy enredando pero se lo cuento de la mejor manera posible.
Entré a España por Santiago de Compostela en el año 1993, coincidiendo con lo que llaman año santo jacobeo. Yo tenía dieciséis años, vestía hábitos de monja y creía firmemente que daba los primeros pasos de una carrera artística que iba a llevarme al triunfo absoluto.
La coincidencia con el Santiago español me pareció una señal de buen agüero, una forma de seguir vinculada a mi tierra. Porque yo había nacido en Santiago de los Treinta Caballeros, capital de la provincia de Santiago y de la región del Cibao, en el norte de República Dominicana. Santiago es la primera población americana en tomar el nombre del apóstol y fue capital de la República durante la guerra de la Restauración . De allí han salido importantes personalidades que han triunfado en la política, en la economía y en las artes de mi país. Yo también soñaba con triunfar. Cuando nos juntábamos los amigos en el monumento a los Héroes de la Restauración, junto al teatro del Cibao, mi sueño era ser actriz. Debió ser la influencia de las imágenes esculpidas por el español Juan de Avalos de Lope de Vega, Calderón de la Barca, Fray Luis de León o Sor Juana Inés de la Cruz, que adornan el teatro.
Por eso, y porque sólo tenía dieciséis años, me pareció divertido entrar en España vestida de monja. Aún pensaba en ser artista y creía estar actuando.
Mi carrera artística había empezado un mes antes cuando nos visitó la tía Marilys, hermana de mi papá. Marilys había viajado a España a finales de los ochenta, con las primeras mujeres que emigraron. Fue una pionera y había triunfado. Para salir había tenido que hipotecarse con un préstamo al 30% de interés que le procuró un español que movía el dinero de otros españoles a quienes abonaba intereses del 15%. En poco más de tres años había pagado el crédito y comprado un solar cerca del Parque Colón, donde se estaba levantando un bloque de apartamentos. Las mujeres de la familia la admiraban en público y en privado. Los hombres no decían nada. Yo la idolatraba porque tenía todo lo que deseaba: dinero, talento y elegancia, y representaba cuanto yo quería ser: libre, independiente y rica.
Quiero irme con Marilys a trabajar en España, le dije a mi mamá y ella estuvo de acuerdo. Pensó que aquí sería más fácil que en mi país encontrar trabajo y ganar dinero para ayudar a la familia. Yo veía España como el país de las oportunidades, donde fácilmente podría hacerme actriz, ganar dinero en abundancia, como la tía Marilys, ser famosa y, como ella, comprar solares y hacer apartamentos para toda la familia. Ya le dije, tenía dieciséis años.
A la tía también la pareció una buena idea, cuando se lo expuso mi mamá. La niña quiere irse a trabajar a España, tiene sueños de actriz pero basta con que encuentre un buen trabajo, le dijo. Precisamente conozco a un tipo que es dueño de varios locales de espectáculos y anda buscando chicas jóvenes para desfilar y actuar, respondió Marilys. Rápidamente me procuró una cita con el individuo. Estábamos impresionadas, la prueba sería en la suite del mejor hotel de Santo Domingo.
Cuando llegué encontré a quince chicas, todas jóvenes y algunas muy guapas, que habían sido invitadas para una oferta de trabajo por varios individuos que se dedicaban a atraer muchachas a las que el empresario hacía el reconocimiento. Lo que llamaban “reconocimiento” consistía en que las chicas desfilábamos una y otra vez, totalmente desnudas ante el empresario, que hacía la clasificación: ésta de primera, ésta de segunda, y ésta de tercera. A las de primera las daba un millón de pesetas, en concepto de anticipo, para el viaje y los primeros gastos, para las de segunda el préstamo era de 700.000 pesetas, las de tercera cobraron 300.000. Yo fui de primera y recibí un millón. Nunca había visto tanta plata junta.
El empresario era un dominicano travestido que se hacía llamar Eliana y, si yo no hubiera sido una joven que soñaba con ser rica como la tía Marilys y famosa, habría comprendido que había algo raro en aquella empresa. No sólo no lo vi, sino que me pareció que daba los primeros pasos por el paraíso.
Inmediatamente empezó nuestra preparación. Nos enseñó a rezar con recogimiento y a cantar en latín. Como no entendía para qué habría de servirnos el latín, imaginaba que estaba preparando mi futuro de actriz. La razón era bien simple, así vestidas, de monjitas fervorosas que acudían en peregrinación a Compostela, la tal Eliana había introducido en España a unas tres mil mujeres. Cuando los trámites aduaneros parecían complicarse o cuando alguien pretendía revisar los pasaportes más allá de la diligencia rutinaria, las “monjitas” recibían la indicación de entonar uno de los cantos en latín aprendidos en la fase de instrucción. Cada grupo viajaba acompañado de una “madre reverenda” que cuidaba minuciosamente todos los detalles de la puesta en escena. A pesar de estas cautelas, en una ocasión un policía de aduana observó que, debido a la peculiar creatividad dominicana, algunas de las monjitas lucían unas llamativas uñas rojas, lo que estuvo a punto de hacer fracasar la expedición.
De la frontera pasamos directamente a locales de la organización, de acuerdo con la clasificación que habíamos recibido en el reconocimiento. Las de tercera no llegaron a salir de Galicia, a las de primera nos llevaron a Madrid. Allí terminó mi ensoñación.
Los locales eran prostíbulos donde estábamos obligadas a hacer un mínimo de doce servicios diarios. Al finalizar la jornada de trabajo, que se alargaba a voluntad del encargado del local, nos devolvían a la casa que la organización tenía dispuesta para las chicas, de la que no podíamos salir solas por ninguna excusa ni razón. Cada casa estaba bajo el control de una vigilante de seguridad. A mí me tocó Marilys.
De lo que ganábamos con los clientes, el 40% iba directamente a la organización como gastos empresariales. De la parte que nos asignaban se descontaban los gastos en concepto de mantenimiento, que incluía habitación, comida y vestuario, que nos proporcionaba la “empresa”. La cuota final, que no llegaba al 10%, se destinaba a pagar el préstamo y los intereses del millón que nos entregaron en Santo Domingo que, según nos repetían, la empresa había gastado en costear el viaje y nuestra preparación.
Podría relatarle historias sin fin de aquellos meses de infierno, pero como usted imagina, no son muy distintas de las que han padecido miles de muchachas ignorantes embaucadas por tipos sin escrúpulos que tienen su negocio en el comercio de personas. Un negocio lucrativo, se lo aseguro.
Cuando asumí mi condición de esclava empecé a imaginar cómo podría escapar de la organización. Ni pensar en huir del local, que estaba bien guardado por los gorilas de Eliana. Ni en el trayecto entre la casa y el local, que hacíamos siempre acompañadas. Me centré en ver los resquicios de huida de la casa. La ocasión se presentó en las navidades de 1994. Para mi sorpresa, la noche del 24 de diciembre no trabajamos y Marilys, que se había echado un novio español, salió a cenar y nos dejó en casa, cerradas con llave, pero solas.
A esas alturas, yo había aprendido artimañas suficientes para abrir una puerta cerrada con llave, lo que no sabía era adonde podía ir una vez en la calle y a quien pedir ayuda. Había oído a una compañera hablar de una Asociación que ayudaba a las inmigrantes en apuros. Me dio un teléfono. Abrí la puerta sin mayor problema y salí a la calle en busca de una cabina de teléfono. Marqué el teléfono de la Asociación. Al otro lado respondió una voz de mujer, entre barullo de fiesta. Soy dominicana, dije, estoy presa de una mafia que me tiene en la prostitución y quiero escaparme, si lo consigo ¿pueden ayudarme? La mujer pareció dudar un momento pero enseguida respondió. Dime donde quieres que te recojamos y vamos a por ti. Hoy no, respondí, pero en cuanto pueda la llamaré. Me pareció que la doña creía que le estaba embromando. Y, además, tenía que prepararlo mejor. Volví a la casa y cerré de nuevo como si no hubiera pasado nada.
El día 31 de diciembre tampoco trabajamos y Marilys volvió a salir con su novio. Esperé el tiempo suficiente para asegurarme de que no volvería por cualquier eventualidad, recogí las fotos y los pocos papeles que guardaba en mi mesilla y salí de la casa. Esta vez quise poner definitivamente tierra por medio. A la desesperada, cogí el primer taxi que pasó y le pedí que me llevara al único lugar que se me ocurrió en aquel momento: el Rastro. Cuando puso el vehículo en marcha pensé que había quemado mis naves para bien y para mal.
Cuando el taxista dijo que habíamos llegado al lugar le pedí que esperara mientras hacía una llamada. Marqué de nuevo el teléfono de la Asociación y contestó la misma voz de mujer. Soy Evelyn, estoy perdida en la parte del Rastro, dije. ¿En qué calle estás?, me preguntó. No lo sé. Sal de la cabina y mira la placa que habrá en alguna esquina, insistió. Leí: Plaza de Cascorro. Me dijo, ve a tal bar, pregunta por Víctor, que es amigo mío, dile que te pague el taxi y espéranos allí que ahora vamos a por ti.
Yo estaba totalmente asustada y muy nerviosa ¿Y si los de la Asociación estaban compadreados con la mafia? Ni ellos me conocían a mí ni yo a ellos. Por fin llegó una pareja, la presidenta de la Asociación y su marido, y me llevaron a su casa. Por el camino les conté lo que me había pasado desde que partí de Santo Domingo. Decidieron que era necesario ocultarme. Llamaron a un amigo y preguntaron si podía esconderme en su casa hasta que se resolviera el asunto. Después llamaron a un político y le dijeron, pasa esto, tenemos aquí a una muchacha menor de edad, que está en una red de prostitución y, bueno, vamos a esconderla a ver que pasa.
El amigo me ofreció una habitación donde estuve varios días, prácticamente sola. No podía salir de casa ni asomarme por la ventana. No lo hice pero, no sé cómo, el caso es que alguien supo donde me escondía y me llevaron a otra casa. Después, la presidenta fue a hablar con el jefe de policía que llevaba los asuntos de las mafias. Esta es la situación, le dijeron. Él contestó, tenéis que decirme dónde está la chica, porque estáis ocultando pruebas y yo puedo denunciaros. Bueno, pues haga usted lo que quiera, dijo la presidenta, pero nosotros no vamos a hacer nada hasta que el juez no nos garantice que la chica se va a poder quedar aquí como testigo, por lo menos hasta que salga el juicio.
Porque ya había precedentes de que, después de haber denunciado a la mafia por la detención de inmigrantes, las chicas quedaban en libertad, entonces los mafiosos las cogían, las mandaban a su país, las quitaban el pasaporte y, llegado el momento del juicio, no aparecía nadie a declarar, con lo que salían libres como angelitos y las chicas que habían arriesgado seguían presas de la mafia.
Según supe, el tipo estaba muy reacio al principio hasta que, pasado el tiempo, llamó a la presidenta y dijo, vale, el juez está de acuerdo, le va a permitir estar aquí hasta que salga el juicio, inclusive se les dará papeles a las chicas que colaboren con la justicia. Cuando por fin me llamaron a declarar, la policía dijo que era la misma gente que estaban buscando, el juez lo autorizó y dieron la batida.
El tal Eliana había traído como 2.500 o 3.000 mujeres. Las que estaban peor eran las chicas de Galicia, tuvieron que darles asistencia psicológica. La policía que había llevado el operativo dijo que jamás en su vida había visto una cosa tan denigrante como aquella, mujeres viviendo como auténticos animales.
Estuve escondida hasta que salió el juicio. En el banco de los acusados me encontré a Eliana y a Marilys, pero ya no eran los mismos. Yo tampoco lo era. Aún tenía miedo, sabía que me estaba jugando la vida pero sabía también que, si ganaba la partida, al final podría empezar de nuevo. Empezar una vida distinta.
Con mi declaración les salió una condena de veintitantos años de cárcel. Creo que Eliana acabó muriendo de sida. Marilys vendió sus apartamentos de Santiago, no sé más que fue de ella.
Después del juicio me dieron una identidad nueva y la Asociación me buscó un trabajo en Valencia. Eso fue hace once años. Para mí como si fuera en la era glaciar. Es una historia que ya no tiene nada que ver conmigo, aunque cada día me ronde por la cabeza.
Hace diez años conocí a un hombre estupendo. Cuando me pidió si quería casarme con él, le conté todo como se lo acabo de contar a usted. Me dijo, lo siento. Yo también, respondí. Y no hemos vuelto a hablar de ello. Tenemos dos niños que van a un buen colegio. Cuando la niña tenía seis años, la profesora preguntó a los papás si alguno estaba dispuesto a colaborar en la organización de un grupo de teatro. Mi esposo me animó y me ofrecí. Ahora doy clases de dramatización a niños de varios colegios. En ocasiones llaman para encomendarme nuevos cursos. ¿Es usted la actriz? preguntan. Cuando rememoro mi antigua afición teatral pienso que la vida, en ocasiones, da extraños vericuetos.

No hay comentarios: