lunes, 12 de enero de 2009

Glenys


Bueno, esta es mi historia: salí de Santo Domingo dejando a mis dos hijos, el niño con once años y la niña con quince.
En Madrid estaba mi sobrina, ella, que es muy buena persona, y una amiga suya me ayudaron mucho. Cuando llegué, lloraba todos los días, creí que me moría, que acabaría por darme algo. Mis niños allí, yo que nunca les había dejado solos, y ahora estar tan lejos. Pero yo quería lo mejor para ellos, darles una carrera y en mi país, trabajando en una tienda de alimentación, como yo trabajaba, era imposible.
Después de unos días mi sobrina me buscó trabajo de niñera con una familia de La Moraleja. Lo peor fue cuando tuve que ponerme el uniforme, me parecía una humillación, pero no quedaba otro remedio. Cada vez que tenía que ponérmelo me daba una llantina, aunque al final me adapté.
Otro problema es que no podía salir a Madrid cuando libraba, tenía que quedarme en los parques de La Moraleja o en el monte porque la policía te pillaba, además tampoco tenía un piso para ir los días libres. El tiempo pasaba y yo no dejaba de llorar, cómo sería que cuando lo recuerdo todavía se me saltan las lágrimas. Lo que hemos pasado aquí las inmigrantes, no lo sabemos más que nosotras.
Esto fue por 1991, que comenzó mi calvario. Y no todo ha sido negativo, tampoco quiero decir eso, en la casa de La Moraleja estuve seis años trabajando y todavía tengo amistad con la familia.
Luego me asilé para poder conseguir los documentos, pedí documentos en asilo y refugio quiero decir, y me tardaron bastante en salir los papeles. En total, tarde dos años en poder ver a mis hijos.
Cuando tuve papeles, busqué una habitación con una amiga y me puse a trabajar de externa por horas, que fue un cambio muy grande de vida.
Por entonces encontré una pareja. Estar juntos hacía la vida más llevadera pero a los dos años de convivencia empezaron los malos tratos. No me pegaba pero casi era peor, era un maltrato psicológico, como que yo no valiera para nada, hasta que no pude aguantar más y me dio una depresión. Habíamos estado juntos cuatro años, pero un día cogí un avión y me fui a Milano, allí me pasé la depresión.
En Italia al principio fue muy mal, tardé en encontrar trabajo porque no sabía el idioma. Ser inmigrante no es bueno ni cuando ganas bien y puedes ahorrar, pero si no tienes trabajo es lo peor de lo peor.
Decidí buscar una habitación con una amiga y comencé a estudiar italiano por la noche en una escuela para inmigrantes. Por el día hacía horas para sobrevivir, luego conseguí un trabajo de acompañante de una señora mayor. Ahí duré tres años. Con esa señora aprendí muchas cosas pero Italia no es España.
Es que, ¿cómo lo diría yo? Para mí España es como mi propio país, especialmente Madrid. Ahora tengo otra pareja, es un hombre mayor, con cosas buenas y cosas malas, él me ayuda a mí y yo a él, es como mi familia. También tengo muchas amigas y amigos, me gusta relacionarme y si puedo echarle una mano a alguien, ahí estoy yo.
No me gusta la injusticia. Por eso me gustaría que algún día en España cambien las leyes sobre el servicio doméstico, yo diría que es uno de los sectores de trabajo más humillado y esclavizado que hay.
Si me pide un balance le diré que me han pasado cosas buenas y cosas malas, ahora estoy a gusto, mis hijos han terminado de estudiar, el chico es médico y la niña maestra. No sé como será el futuro, unos días pienso que cualquier día me vuelvo y otros que me quedaré para siempre. Haga lo que haga, el balance ha sido bueno.

No hay comentarios: