Soy Marlene, tengo 28 años, nací en Quito y llegué a España hace dos años. Como muchas de las mujeres que hemos salido de Ecuador, vine por la necesidad de ganar dinero. Allí no hay trabajo, no hay posibilidad de sacar adelante a una familia. Así que un día le dije a mi mamá: tú cuidas de los niños y yo enviaré la plata para que podáis vivir todos.
Allí dejé tres chicas y un hombrecito, que ahora tienen diez, ocho, siete y cinco años. Cuando la pequeñita tenía tres meses su papá nos dejó. ¿Por qué? No sé, se fue, sin más. Son cosas que pasan. Así que yo era el padre y la madre de mis hijos. Vine por ellos, para que vivieran mejor, y hace dos años que no los veo.
Llegué a Madrid como turista en un vuelo directo desde Quito, era la primera vez que viajaba en avión. Una amiga de mi mamá me dio el teléfono y la dirección de su hija, que trabajaba aquí. Ella y su compañera me hicieron un sitio en su habitación y me indicaron cómo podría encontrar trabajo para tener papeles. De mis compañeros de piso, sólo los hombres estaban legales, ellas esperaban conseguir un contrato que les permitiera solicitar los documentos. Todos parecían contentos, todos enviaban dinero a su familia en Ecuador.
Mis compañeras querían permanecer en España y pensaban que pronto podrían trasladarse a un piso más moderno y con luz. Yo también quería estar contenta, ganar mucho dinero y enviárselo a mis niños. No me importaba seguir compartiendo cuarto con dos compañeras, dormir en una colchoneta en el suelo y asearme en la cocina cuando el baño estaba ocupado.
Mi primer trabajo fue limpiar una casa antigua que habían dejado vacía. Estaba en una buena calle y en una finca muy bonita pero tenía suciedad de años. El empleo me duró una semana. La señora que me había pagado me llamó días después para limpiar un local que iban a poner en venta tras un tiempo cerrado. Así pasé el primer mes, con trabajos cortos y jornadas de espera. Hasta que una de las chicas del piso me pasó el teléfono de la bolsa de trabajo de la Asociación. Me presenté, me inscribieron en su lista y enseguida me llamaron de varias casas.
A la cuarta entrevista me coloqué en lo que aquí llaman servicio doméstico, y en Ecuador decimos de criada. Llegaba a la casa a las siete y media de la mañana, preparaba el desayuno de los señores y de los dos niños, fregaba las piezas de la mañana y los platos que habían dejado de la noche. Cuando los dueños y sus hijos se iban, hacía las camas y limpiaba las salas de la casa, preparaba la comida de los señores y planchaba la ropa que me dejaban dispuesta. Cada día tenía para planchar pantalones, camisas, blusas, faldas o jerseys y hasta la ropa interior, algunos días, además, sábanas, mantelerías, toallas. El planchado debía ser la característica de aquella familia, porque tanto los papás como los niños eran bien estirados. Los señores llegaban a comer después de las tres. Les servía la comida, fregaba los platos y corría a recoger a los niños del colegio. Con suerte, terminaba después de las cinco de la tarde. Libraba sábados y domingos, me pagaban 500 euros, no me hicieron contrato ni hablaron nunca de ello.
Los días de trabajo llegaba a casa sin fuerzas ni ánimo para otra cosa que no fuera descansar. Con lo que me ganaba en la casa de los estirados tenía justo para pagar el cuarto, comprar la comida de los fines de semana y el abono transporte y llamar una vez a la semana a mis hijos. Sólo a costa de muchos sudores conseguía ahorrar cien euros al mes, que enviaba a mi madre con la promesa de que enseguida podría aumentar la cuantía. Bien sabía yo que la remesa era escasa.
Los sábados y domingos apenas salía de casa, me recluía en la habitación y recordaba a mis niños. No te encierres, me decían las compañeras, ven con nosotras a la iglesia o a pasear. Yo prefería quedarme en el cuarto. Me daba miedo que la policía me detuviera en la calle, sin papeles, y me expulsaran del país, temía también que si salía me gastara lo poco que podía ahorrar y, por otra parte, nunca he sido muy de iglesia.
Pensar en mis hijos me aliviaba la soledad y me pesaba en la conciencia a partes iguales. Tenía que haberme quedado con ellos, trabajar el doble si hubiera sido preciso, no debí dejarles solos, cavilaba a ratos. Por duro que sea para ti, es lo mejor para ellos, discurría seguidamente. A ratos, la tristeza y la añoranza se hacían insoportables hasta el punto de que, por muy cansada que estuviera, llegué a preferir los días de trabajo, cuando el agotamiento no me dejaba tiempo para pensar, a los fines de semana con sus negros pensamientos.
Un sábado, mientras comía en la cocina, entró Pedro, uno de los compañeros de piso. Empezó parándose a hablar conmigo, siguió compartiendo mi comida y acabamos en su cama. Al mes siguiente nos trasladamos a un apartamento más pequeño, para nosotros solos. Muchas veces he pensado en aquel día, de qué manera tan simple se puede embrollar una vida ya de por sí complicada. No quiero justificarme, pero me gustaría saber si alguna vez ha sentido en el corazón el peso y la dureza de la soledad y el alejamiento.
Pedro no era, por lo menos nunca lo fue conmigo, el chico amable y trabajador que me pareció aquel primer sábado. No digo que mintiera en nuestro encuentro, probablemente me engañé yo sola, es posible que necesitara creer en la existencia de un hombre honrado y cariñoso. A día de hoy, no sé si ese hombre existe o es una fábula, lo que sé con certeza es que, de existir, no es Pedro.
Enseguida comprendí que había escogido mal porque todo fue a peor. Me encontraba igual de sola y además tenía que sufrir sus malos modos. En los meses que estuvimos juntos no recuerdo un solo día que me tratara con respeto, como deben tratarse las personas, sean o no pareja, como yo le trataba a él. Creo que se complacía en humillarme, como si al menospreciarme a mi se sintiera más importante él. El primer día que me pegó había bebido, después no necesitó excusas. Yo seguí con él. A usted le cuesta comprenderlo pero yo tampoco tenía mucho donde escoger. Aparte de que llegó un momento en que ya no acertaba a distinguir entre lo malo y lo peor.
Así estaban las cosas cuando me quedé embarazada. Creí que le complacería ser padre pero más bien le fastidió. A ver ahora como vas a trabajar, respondió por todo comentario. Y debió ser profeta porque tan pronto como la tripa se hizo evidente, mi empleadora me despidió. Ese fue el momento que Pedro eligió para irse del apartamento, dejándome sola, sin dinero y sin posibilidad de conseguirlo. Como si se hubiera puesto de acuerdo con él, que puede que sí, el inquilino titular del piso, otro ecuatoriano, ya ve, me exigió el pago del alquiler en el plazo de una semana, con la amenaza de echarme de casa, en caso de impago.
Acudí una vez más a la Asociación, ellas enviaron mi expediente a los Servicios Sociales de la junta municipal. De allí respondieron que no podían atenderme por no ser un caso de emergencia social. Solamente lo sería, aclararon, si denunciara malos tratos. Parecía una ironía, justo ahora que me había librado de la violencia me instaban a denunciarla. La respuesta municipal llegó en la misma fecha que se cumplía el plazo del casero para echarme a la calle. Así que no era momento de ironías, estaba llegando al final del recorrido. Quería morirme para volver a nacer y ver si la vida me era más favorable. Y para no repetir los errores que había cometido.
Tampoco en aquella ocasión se me concedió el deseo. A cambio, la naturaleza obró por su cuenta y, ese mismo día, me puse de parto de mi niña.
Al salir del hospital, los servicios sociales del ayuntamiento me brindaron, ahora sí, la primera ayuda a la que enseguida se añadió el apoyo de algunos amigos y amigas que yo no era consciente de tener. La Asociación fue esencial en aquel trance: me ayudó a decidir que nunca, por ninguna excusa ni razón volveré a permitir que nadie me maltrate, y me facilitó la vuelta al trabajo.
Ahora mi hijita condiciona mi tiempo y mis planes pero hace que no sienta la soledad y el desamparo que tanto me hicieron sufrir. Intento retomar el proyecto que me trajo a España, de momento, envío doscientos euros mensuales a mi mamá. Ella me dice que les vale para vivir. Yo hago planes para el día que pueda volver a ver a mis niños en Ecuador. Después de todo, tengo 28 años y la vida por delante.
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