Me llamo Delmira. En mi familia somos seis hermanos de papá y de mamá, yo soy la cuarta, la primera de las hembras. Tengo también dos hermanas y un hermano de padre, que él tuvo con otras mujeres, que nosotros sepamos, pues mi papá no era fácil, pero todos nos llevamos muy bien, incluidos los hijos que mi papá tuvo por fuera.
Fui una niña feliz, era el orgullo de mi papá. Él me dio mucho cariño, que yo no siempre supe valorar. Fui un poco loquilla debido a todos los caprichos que tenía en la casa, pues como mi papá me protegía, todos mis hermanos hacían lo mismo y me críe como la riquita que no era. Mi papá no tenía mucho dinero pero privaba como el que más y todo el mundo pensaba que lo tenía, al menos esa es la impresión que yo tengo. Él tenía mucha presencia y eso hacía que fuera atraído por las mujeres, siempre iba a lo más. Teníamos caballos para el trabajo en el conuco, pero él tenía uno blanco de paso fino y cuando estaba encima del animal parecía un rey. Hasta a mí me volvía loca. A veces pasaba por la casa y decía a mi mamá: Altagracia, en unos minutos tenme preparada a mi princesa como si fuese una reina, que nos vamos p’a la ciudad.
Y yo, desde que oía su voz ya estaba junto a mi mamá, para que me pusiera bella. Él llegaba, me ponía a loma del caballo y me paseaba por el pueblito, a veces me llevaba hasta la ciudad. Un día, me llevó a una casa y recuerdo que estuve jugando con una niña de mi edad. Años más tarde, supe que era una de mis hermanas.
Mi casa era de cana y el piso de tierra. Teníamos tres piezas, una para mis papás, en otra estaban los varones y en otra las hembras. Había además un pequeño quiosco donde los varones jugaban los domingos. Yo me sentía privilegiada, en mi medio el valor se daba a los hombres y no a las hembras, pero en mi casa era diferente. Mi mamá nos tenía como pinceles, limpios y aseados, siempre le gustaba salir con nosotros los domingos, pues teníamos un grupo de cantar en misa y mis hermanos y yo formamos parte del coro. Los sábados mi papá me llevaba al salón y decía, pónganme chula a mi princesa, luego pasaba y me recogía. Éramos un grupo cristiano y yo formaba parte de él con mis hermanos, porque me gustaba cantar. Con el tiempo, agradecí aquellas enseñanzas que por mi mala cabeza y vanidad no supe practicar a tiempo.
Pronto comencé a ir a la escuela. Iba con mi hermano y mi hermana, pero yo era muy perezosa. Algún día mi papá nos llevaba con el caballo pero la mayor parte teníamos que ir a pie, tres kilómetros de ida y tres de vuelta. A veces, mi hermano me llevaba a sus espaldas. Mi mamá era implacable en eso. Todo el mundo a la escuela, que p’a analfabeta ya estoy yo y quien no sabe leer es como el que no ve o no tiene conocimiento. Lo que aprendí se lo debo a mis hermanos. Me costaba mucho ir a la escuela, mis papás no sabían que hacer conmigo pues mi papá no permitía que fuese a trabajar al conuco, decía que eso no era para gente como yo. Al terminar mis estudios primarios, lo dejé y eso me hizo mucho daño en mi vida, aunque yo no culpo a los demás de mi suerte, ésta la hace cada quien y punto.
La vida en un campo es una rutina, pero una noche mi papá no volvió a casa, yo no sabía que pasaba y mis hermanos mayores no decían nada hasta que mi hermano me dijo que mi papá se había ido con una señora de la ciudad. Para mí fue un drama silencioso; aprendí a odiar de una manera que hasta yo tenía miedo de mí misma… Mi mamá se dio cuenta enseguida y una noche me llevó a dormir con ella. Jamás lo olvidaré. Me habló por primera vez de mujer a mujer y me contó las cosas que pasan en la vida de las familias, la mentalidad de los hombres dominicanos, lo que supone hacerse mayor en un medio como el que vivíamos, que es normal que el amor se acabe, pero me habló de lo positivo del amor, de los frutos que deja, de los vínculos que crea. Aquella noche descubrí a mi mamá y la amé como nunca lo había hecho.
Junté el amor de mi mamá y de mi papá. Y la prometí que volvería a estudiar por ella, pero para eso tenía que ir a Santiago, a casa de una tía. Allá terminé el graduado escolar y comencé a estudiar enfermería. Yo era muy parejera. Había empezado con amoríos a los doce años y coqueteaba con todo el mundo; a veces me sentía superior a los demás, incluso a mi prima.
Un día mi papá fue a la escuela para hablar conmigo pero yo no tenía nada que decirle. Quería pagarme los estudios y mi mamá no quiso. Él se había metido en política y le trasladaron a Santo Domingo.
El día que cumplía 16 años me salió un trabajo. Una amiga que estudiaba conmigo me ofreció trabajar en el hospital. Pensé que de ese modo ayudaría a mi mamá a pagar los estudios y acepté. No sé si fue buena o mala decisión. A los 17 salí embarazada de una persona que trabajaba conmigo en el hospital. Era un muelero, mentía más que una gallareta. Yo lo presentía, pero cuando hablaba me daba una terapia de mil, hasta que caí. Fui a casa y hablé con mi mamá, pues él quería que abortase, pero ella me dijo que de ningún modo, que donde comen ocho lo hacen nueve. Y si fue un error, había que enfrentarlo. Ya él no quiso saber más de mí. Llegó mi niña y me cambió la vida. Me motivé más y a los 20 años terminé mis estudios.
Una prima que tenía en Barcelona me dijo que me fuera con ella, que allí podría encontrar trabajo y dar una vida mejor a mi hija. En verdad, yo no necesitaba salir de mi país a trabajar pero, por un lado, sentía como envidia por el progreso de mi prima y, por otro, estaba muy confundida, necesitaba organizar mi vida. Hasta entonces, para mí el mundo terminaba en Santo Domingo y se reducía a lo que había vivido en mi pueblo. Hablé con mi mamá y me dijo que hiciera lo que mejor quisiera, que ella estaba allí para apoyarme. Pensé que tal vez tenía la oportunidad de enmendar los errores cometidos.
En febrero de 1994, recién graduada, llegué a Madrid, antes de que se exigiera el visado a los dominicanos. En Madrid conocí a mucha gente de mi zona. No llevaba ocho días y me llamaron del Voluntariado para ofrecerme trabajo en el servicio doméstico. Aunque otras enfermeras dominicanas me estaban buscando algo relacionado con mi carrera, decidí enfrentar el trabajo. El problema era que yo no sabía hacer de nada. En pocos fines de semana en la asociación me pusieron al día.
Mi primer trabajo era una casa de cuatro piezas donde vivían el matrimonio y tres niños con edades de 6, 7 y 9 años. Yo me pasaba el día sola en casa, pues mi señora trabajaba en el gobierno y mi señor era médico importante en un hospital. A veces sentía que la soledad me asfixiaba y me volvía loca porque llegasen los niños del colegio.
El primer mes me pagaron 100.000 pesetas. Pregunté a mi señora si podía llamar a mi familia y que me lo descontasen a fin de mes, me dijo que sí. En ese tiempo, era muy difícil salir a la calle si parecías extranjera, así que los sábados y domingos no salía, a no ser con los señores. Pasé aviso para que mi mamá fuese al teléfono y ese día lloré desconsoladamente oyendo su voz y la de mi hija.
Por entonces descubrí que el Voluntariado organizaba unas reuniones un domingo al mes y allí hice tres cursos, en sábados y domingos, que con el tiempo me vendrían muy bien.
Los señores estaban contentos conmigo y yo con ellos, que ya era una suerte después de las cosas que oía a mis compañeras, no crea que todos los señores se comportaban como debe ser con las negras dominicanas, que decían ellos, los había que buscaban esclavas directamente. Los niños y yo nos entendíamos muy bien. Les levantaba, les ponía el desayuno, los llevaba a la escuela y, en la tarde, iba a por ellos. Mi señor me dejó un teléfono y me dijo que si tenía algún problema, fuera en casa o en la calle, le llamase. Aunque él no me dijo cual podía ser el problema, entendí que era con la policía, porque estaba sin papeles.
Yo oía música dominicana, bachata, merengue, salsa, a los niños les encantaba. Entonces descubrí que cuando iban en el coche mis señores también la oían porque se lo pedían los niños. Allí estuve cuatro años, me trataron muy bien; a veces la señora me pedía una trabajadora para otras amigas de ella, pero yo las refería al Voluntariado. La señora me daba confianza, a veces me contaba cosas íntimas de la familia y me preguntaba qué pensaba. Un día, hablando por teléfono con una amiga, decía la morena tiene mucho sentido común, mucha experiencia y mucha vivencia. Me di cuenta que se refería a mí. En España la gente no es tan sincera como en mi país, pues la señora un día me dijo que al principio se asustó cuando le conté la vida de mi familia y la mía, pues yo lo veía como una cosa normal. Le contesté que era yo quien tendría que asustarse por lo que me había tocado vivir.
Al final, el señor me dijo que tenía que irse un tiempo a trabajar en una cosa internacional, que se iba toda la familia y que yo no podía acompañarles por mi condición de sin papeles. Se ofreció a buscarme un trabajo y me dieron tres meses como paga adelantada. Fueron 350.000 pesetas en total, aquello era un dineral. Dio la casualidad de que mi prima se iba de vacaciones esa misma semana así que se lo mandé enterito a mi mamá. Con ese dinero pusieron un salón de peluquería con planta eléctrica y todo para mi hermana, que estaba haciendo peluquería. Todos se pusieron felices.
Al poco, me encontré con una enfermera de Galván y me preguntó si sabía de alguien que quisiera atender a un viejito, el trabajo era suave y pagaban 110.000 pesetas.
Fui a la entrevista y me quedé con él. Me entrevistó una señora muy correcta que era hija del señor. Prácticamente, mi trabajo era de acompañante, a veces me parecía raro, la casa muy bonita con pinturas, cosas de plata, muebles caros. Sólo me molestaba una cosa: el señor tenía una campanilla y la hacía sonar para llamarme, como llamamos a los animales de mi país, pero después era muy correcto y enseguida nos entendimos. Tenía cuatro hijos, aunque en el tiempo que estuve con él sólo conocí a dos, eso también me costaba entenderlo.
Él era muy conversador, me confesó que se sentía muy solo, que, antes de llegar yo, se escribía cartas a sí mismo por correo a su dirección, depositaba la carta en el buzón y, al día siguiente, se la volvía a contestar, así se entretenía y hacía que pasara el tiempo. Yo le dije, bueno, nos hemos encontrado un tal para cual, porque yo estoy sola porque no tengo lo que necesito y usted está solo porque tiene más de lo que necesita. Usted en mi país nunca estaría solo y menos con lo que tiene, pero yo en mi país, aún no teniendo nada, nunca me sentiría sola. Nos reímos mucho. Él me contaba cosas de su difunta esposa y yo de mi familia. Me daba mucha pena verle así porque sus hijos no le visitaban o le llamaban por teléfono muy de vez en cuando, él siempre me decía que tenían mucho trabajo.
En 1998 me llegaron los papeles, eso representaba para mí todo, porque podía ir a visitar a mi familia y a mi hija. Cuando le conté al señor mis proyectos se puso muy triste, pensaba que quería dejarle. Hablé con su hija y me fui de vacaciones en las navidades. Compré cosas para todos mis hermanos sin importarme el gasto.
La hija del señor me dijo que si pensaba volver ella me reservaba la plaza y estaba dispuesta a pagarme el mes y medio de permiso como si estuviera trabajando, me pidió si podía encontrar alguna amiga que me sustituyera durante ese tiempo y así lo hicimos.
Cuando volví a mi tierra no conocía a mi hija de lo que había cambiado. Mi hermano había comprado un carro con el dinero que yo había enviado y taxeaba. Le iba muy bien porque no había muchos carros por allá. Una de las cosas que más feliz me hacía era ver cómo toda la familia había usado el dinero para cosas productivas, había oído tantas cosas que me daba miedo.
Mi casa estaba muy bien, toda reparada, con suelo de verdad, zapatas por si quería levantar dos pisos, paredes de cemento, techo de cinc. Habían hecho dos piezas más y una marquesina muy amplia y espaciosa. Me habían reservado una pieza sólo para mí y para mi hija.
Aquel mes y medio fue decisivo en mi vida. Me dije a mi misma que no valía la pena tanto sacrificio sin mi familia y decidí que tenía que preparar mi regreso. Mis hermanos trabajaban las tierras de mi papá, que no había vuelto a dar señales de vida, y se producían lo suficiente para vivir con cierta holgura.
La vuelta a España fue tan duro o más que la primera vez, especialmente por mi hija, porque iba a pasar los principales años de su vida lejos de mí y, en verdad, yo no necesitaba tanto salir fuera. Se repitió la escena del recibimiento, ahora en triste. Sólo quién pasa por una situación así está en disposición de entender estas cosas.
Cuando llegué a Madrid tuve la sorpresa de que mi señor y su hija estaban esperándome en el aeropuerto. A los dos meses de volver el señor cogió una gripe mala, le costaba mucho respirar. Me dijo, este es mi final. Y así fue. A los dos días murió. Fue un duro golpe para mí porque llegué a quererle como a un padre y uno al otro nos quitamos mucha soledad, él desde su riqueza y yo desde mi pobreza nos acompañamos mutuamente. Le agradeceré siempre una cosa, me ayudó a borrar la idea negativa que yo tenía de los hombres y vi en él a un padre bueno, a un esposo justo y a un hombre sincero, que yo nunca tuve al alcance.
De nuevo tenía que volver a empezar, aunque ahora más fácil porque tenía papeles. En el Voluntariado me hablaron de una residencia de mayores que necesitaba una enfermera externa. Lo malo de la oferta era que tenía que alquilar un piso, pero fui a la entrevista y me pareció interesante. El sueldo era bueno aunque los horarios eran difíciles y había que hacer guardias, pero tenía libertad para trabajar. El trabajo era muy duro en relación a lo que había hecho hasta entonces en España, pero era una buena experiencia.
En la residencia comprobé de nuevo la soledad que hay en estos países que, la verdad, no entiendo. Papás y mamás que no ven a sus hijos, hijos que no tienen tiempo de visitar ni de hablar con sus papás. Personas que mueren sin el cariño de un hijo. No entiendo cómo en países tan organizados pueden pasar estas cosas. Que pasaran en mi país, que a veces se vive como chivo sin ley, es explicable pero en España ¿Por qué?
Por mi parte, en la residencia me veía recompensada moralmente en mi trabajo porque los ancianos eran muy agradecidos, no sabían cómo devolverte el cariño, a veces te daban propinas como si con eso te pagasen tu trabajo; ellos no sabían que el mejor pago a tu sacrificio eran las muestras de comprensión hacia ti, cuando te preguntaban por tus hijos, por tu familia, cuando se interesaban por las cosas de tu país. Yo me veía respetada y valorada.
Allí descubrí la cantidad de gente que vive sola teniendo mucho más que yo, en cultura, en conocimientos, en dinero sobre todo, pues allí había gente poderosa. Aprendí también que lo importante son los seres humanos. Yo tenía una hija señorita y no era verdad que iba a dejar pasar el tiempo sin gozar de ella.
Volví cada dos años a ver a mi familia y en 2004 decidí que el siguiente era el año de mi retirada. Empecé a programar mis cosas para situarme. Se lo dije así a mi familia; no lo creyeron porque había conocido a un español y manteníamos relaciones de pareja. Era un hombre muy bueno, me apoyó mucho y me convenció de que era un error generalizar, que hay hombres buenos y mujeres buenas y al contrario. Mi compañero español me ayudó a superar grandes problemas y, a la recíproca, también yo lo hice con él. En el 2000 le llevé a conocer a los míos porque si salía algo serio quería que conociese mi medio, mi familia y la forma de ser de mi gente. A él le gustó el ambiente, pero de visita, porque aquello era difícil de aceptar. Creo, incluso, que le cogió miedo, por las relaciones de pareja que hay en los campos, que yo comprendo que es difícil de entender desde el desarrollo, que en el siglo XXI todavía haya personas viviendo como viven allí. Le asustaba ver que la gente anda armada y siempre en plan precavido. Yo estaba decidida a salir de España y volver con los míos y, a estas alturas de la vida, un hombre no iba a limitar mis proyectos.
Total, que en 2005 volví. Los últimos años fueron para mí los mejores económicamente y tuve la oportunidad de arreglar mi vida. Tenía a toda la familia ocupada con el dinero ganado dignamente en España; la cuestión ahora era organizarme y seguir trabajando pero con el sol de mi tierra y el cariño de mi gente. Volver a andar los mismos caminos de mi niñez y valorar lo cambios habidos en mi pueblo y en las zonas cercanas. Volví a reducir el mundo, donde tan bien me había ido, y me quedé en mi campo con mi gente, en el mundo que empezaba en Santo Domingo y terminaba en República Dominicana.
Aquí quiero organizar mi vida y quizá mi muerte, junto a los míos, al calor de mis vecinos que me dicen buenos días, buenas tardes o buenas noches. Que si no me ven, van a preguntar qué me pasa, donde me siento valorada. Y sobre todo, a compensar a mi mamá y a mi hija. A la primera, porque se lo debo más que a nadie, y a mi hija porque, aunque haya sido fruto de un error, ella nunca fue culpable y tiene todo el derecho a ser amada como se merece, pero, además, porque yo la necesito.
España me ha enseñado una cosa muy importante: a sentirme orgullosa de ser mujer y a luchar porque ninguna mujer sea puesta en segundo lugar y menos aún amenazada en sus valores con violencia, sea ésta de cualquier forma que fuere.
Hoy me siento orgullosa de mi respuesta a la vida, porque uno tiene derecho a equivocarse y hacer locuras de juventud pero también a enmendar los errores y a conquistar el lugar que le corresponde.
Llevo poco tiempo en mi país desde que volví de España y echo de menos pocas cosas. Al contrario, valoro mucho más las pequeñas cosas de mi pueblo. Hoy, tomar un café con mi vecina a la puerta de mi casa, construida con el sudor de mi frente, es mucho más importante que el dinero ganado a fin de mes. No sé lo que pasará con mi vida, ni las vueltas que todo esto dará, por si acaso, yo me nacionalicé española. De momento, prefiero disfrutar de la vida y los regalos que Dios le dio a esta tierra. Agradezco la oportunidad que tuve de ver distintos mundos y diferentes dramas, pero entre el dinero y la gente, me quedo con los míos y espero que sea para siempre.
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