lunes, 15 de diciembre de 2008

Las dos Adrianas

Me llamo Adriana y nací en Guayaquil el año de 1980.
Guayaquil es la capital de la provincia de Guayas. La ciudad tiene dos millones largos de habitantes y el puerto marítimo con el mayor movimiento de productos no petroleros de Ecuador. Guayas tiene 3.600.000 habitantes, de los que unos tres millones viven en núcleos urbanos.
Mi papá es funcionario del Ministerio de Sanidad y mi mamá enfermera. Cuando nací mis papas habían tenido ya dos hijos varones y dos años después llegó mi hermanita pequeña. Tuve una niñez feliz y una adolescencia sin contrariedades. Cuando cumplí diecisiete años aún pensaba inscribirme en la facultad de Medicina, acariciaba la idea de ser la primera médico de mi familia. Mis hermanos acudían a la universidad donde planeaban doctorarse en Derecho e Ingeniería, respectivamente. Pero cuando me gradué de bachiller la historia se había puesto en contra de todos nosotros. Mi país había vuelto a entrar en crisis.
En Ecuador las crisis las pagamos siempre los que nunca las provocamos. No sé si se han parado ustedes a pensarlo. Los desplomes de la bolsa, la devaluación de la moneda, la subida del petróleo, el déficit público, la inflación, no son cosas con las que juguemos los trabajadores, los estudiantes, la gente de los barrios. Tampoco podemos ponernos a salvo cuando se producen. No tenemos patrimonio ni cuentas fuera del país. Con frecuencia, ni siquiera dentro. Tenemos, cuando los tenemos, salarios de miseria, lo justo para ir respirando y que no te ahogue la presión del mal trabajo, de la mala vivienda, de la mala sanidad, de la mala educación, de la mala economía, de la mala política. Que no te ahogue la asfixia. Eso, en los tiempos de bonanza. En mi país, cuando los políticos y economistas diagnostican la crisis para el común de las gentes lo que llega es el cataclismo.
A mí el cataclismo me sorprendió saliendo de la adolescencia. En ese preciso momento en el que estás convencida de que los sueños forman parte de la vida, de que todo es posible y tú eres la única dueña de tu existencia.
Pertenecía a lo que en mi país se llama clase media. No pensé que aquello que les sucedía a tantos otros de mis compatriotas – carecer de dinero, de perspectivas, de futuro – pudiera ocurrirnos a nosotros. Mi papá acudía a diario a su trabajo pero lo que ganaba cada vez duraba menos y nunca llegaba para comprar lo que hasta entonces considerábamos necesario. Mi mamá perdió su empleo. Mis hermanos dejaron la universidad y no fue preciso que nadie me dijera nada para saber que mis planes de ser la primera médico de la familia se habían vuelto inviables.
Eso que se cuenta así, de una tirada, cuando te toca vivirlo es un proceso que parece interminable. Un día te percatas de que el vestido te queda prieto porque tú has estirado pero la tela no, a pesar de lo cual sabes que tienes que ponértelo, con cuidado de que la tela resista. Otro día constatas que no puedes ir al mar, porque el boleto del tren a Las Playas y a las Salinas ha subido a tres dólares y, sobre todo, porque no me entra el traje de baño y no es posible comprar otro. Y así sucesivamente, para qué enumerar los síntomas del cataclismo. Un día descubres con claridad meridiana que todo lo que era normal en tu vida anterior se lo ha llevado la crisis, como si de un seísmo se tratara. Y da lo mismo que llores, que protestes, que te manifiestes o que te quedes paralizada, llega el cataclismo y lo pierdes todo.
Mi primer trabajo fue de dependienta en una panadería. Debía madrugar pero a cambio me dejaba la tarde libre para estudiar y ayudar a mi mamá. Duró poco, la dueña decidió ahorrarse mi salario, ya escaso, y me sustituyó por una sobrinita de su esposo, recién llegada del campo. El segundo empleo, en un supermercado, me duró ocho meses. Estaba lejos de mi casa, lo que me obligaba a madrugar y a volver tarde. Resistí porque ya había tomado la decisión de viajar a Europa.
Aunque con 19 años siempre se es un poco aventurero – la ignorancia es la madre de la osadía – la idea de viajar a Europa no se me había ocurrido a mí en un arrebato de originalidad. Miles de compatriotas míos, ellos y ellas, habían empezado a salir del país. No había dinero, los bancos habían bloqueado las cuentas, los salarios estaban congelados, sólo quedaba la emigración. Algunos intentaban entrar en los Estados Unidos de América pero los más escogían España, por razones de proximidad cultural y lingüística. Yo me decidí por Italia. Mis papás y mis hermanos no son muy dados a viajes, no sé de donde puedo haber sacado yo el espíritu aventurero. Siempre me gustó conocer lugares nuevos. Todavía recuerdo con emoción el viaje en tren que, al cumplir quince años, hicimos toda la familia desde Riobamba a Nariz del Diablo. Un itinerario que recorre la sierra por un trazado en zig-zag y en descenso de 800 metros, en un inexplicable equilibrio al paso de la máquina y los vagones, una lección práctica y apresurada sobre los diversos paisajes y climas de Ecuador. Que belleza de país, se lo aseguro. Desde la Sierra a la Costa, la Amazonía o Galápagos. Las islas son patrimonio de la humanidad, un espacio medioambiental protegido. Diecisiete islotes en mitad del Pacífico, a mil kilómetros del continente, con una población de menos de veinte mil habitantes. Cuando aún pensaba en ser médico me hacía la ilusión de que algún día ejercería en el archipiélago. Con Galápagos tengo yo pendiente un viaje, algún día he de ir, espero.
Así que ahí estaba yo, entre mis fantasías bohemias y la neta realidad, dándole vueltas a la idea de escapar de la crisis y empezar una nueva existencia en Italia. Siempre había soñado conocer Roma y pensé que, puesta a vivir experiencias extraordinarias, podría sumar el provecho de aprender otro idioma.
Ahorré cuanto pude de mi sueldo, me privé no sólo de lo necesario, incluso de lo que en otro tiempo hubiera considerado imprescindible. Mi mamá me dio los últimos dólares, la providencia sabrá cómo habría podido ahorrarlos, para comprar el boleto a Roma. Un billete – sólo IDA – en clase turista, para una joven cuyo único bagaje era una tonelada de ilusiones y toda la vida por delante.
Lo primero que aprendí, poco después de aterrizar en Fiumicino, es que una ciudad encierra en sí misma varias ciudades diferentes que nada tienen que ver entre sí. Yo esperaba encontrar en Roma las ruinas romanas, el Coliseo, las catacumbas, sus iglesias y palacios, el Vaticano, la fuente de Trevi, a Gregory Peck y Audrey Hepburn. La urbe que conocí no se parece en nada a las imágenes de los folletos turísticos. Es otra ciudad.
En Roma me hallé kilómetros y kilómetros de calles con aceras estrechas llenas de gente siempre con prisa. Eso es lo primero que me sorprendió, cómo es posible que la gente tuviera que ir corriendo a cualquier hora del día. Una sorpresa inocente para lo que me esperaba en la capital italiana.
He oído que algunos emigrantes vuelven a casa sin haber conocido ninguno de los monumentos que identifican al país de acogida o la ciudad donde han pasado años trabajando. Lo creo. El emigrante indocumentado es un ser invisible. Sale de casa lo imprescindible, diariamente al trabajo, una vez a la semana o cada quince días a la cabina telefónica, cada mes a la oficina de remesa de dinero, siempre deprisa, huidizo, temeroso de encontrarse con la policía y que le pidan la documentación. Documentación, palabra sagrada de resonancias terroríficas. A ver, la documentación, dice alguien de uniforme. Y usted siente que el estómago, el corazón, los pulmones y quizá el páncreas se le paraliza. Que no sea a mí, ruegas mentalmente a la providencia, aunque no haya nadie más en la calle que el individuo de uniforme y tú. Que no sea a mí, repites, mientras miras al otro por si en verdad se produce el milagro y entre tanto te has vuelto invisible. Hasta donde yo sé, el milagro no se ha producido nunca. Lo más parecido al prodigio le sucedió a mi amiga Luz María: un jueves por la tarde salía de la tienda Zara en la Gran Vía de Madrid y se topó con una doble pareja de policías. Digo doble porque eran dos y porque eran un él y una ella.
- Perdone, señora, ¿podría enseñarme su documentación?, le requirió él.
Luz María se paralizó, primero, y luego se echó a llorar. Llevaba tres meses en Madrid, trabajaba de interna con una señora mayor, y era su segunda salida, en ambas ocasiones para hablar por teléfono con sus hijos y ésta, además, para enviarles sus primeros ahorros.
- Me lo está tramitando el abogado, respondió por fin entre hipos.
- Llevará usted encima el justificante, sugirió la mujer.
Luz, que no llevaba justificante alguno porque tampoco existía un abogado que le estuviera tramitando nada, creyó que se le aparecía un ángel cuando un hombre con los ojos a punto de saltarle de las órbitas llegó corriendo hasta la doble pareja y señaló a otro que corría con un paquete bajo el brazo.
- Me ha robado la recaudación, gritaba el ángel de Luz María.
Los dos policías salieron corriendo tras el ladrón y ella apresuró el paso hacia el suburbano.
Cuando llegué a Roma no conocía a nadie, absolutamente a nadie. No sé si usted se hace a la idea de lo que significa llegar a un país donde no hay ni un solo ser humano que sepa que usted existe, que conozca su nombre, a su familia, alguien con quien establecer una mínima complicidad. Don Carlos, el sacerdote que había casado a mis papás, me había dado una dirección de una parroquia romana donde, quizá, podrían indicarme otra dirección en la que, con suerte, me darían trabajo. Cuando don Carlos puso en mis manos el billetito me pareció un regalo maravilloso. Cuando por fin encontré la parroquia, entendí que la realidad tiene que ver poco con lo que uno ha imaginado. Por empezar de algún modo, allí nadie conocía a ningún don Carlos de Guayaquil, yo era una más entre muchos otros dueños del mismo tesoro: un billetito, y la persona encargada de oir nuestras solicitudes no estaba para sentimentalismos. ¿Qué sabes hacer?, me dijo en un aceptable español. Cualquier cosa, contesté. Hay un hotel que necesita cocinera, ¿te vale?
El hotel estaba en los suburbios de Roma y el trabajo tenía dos ventajas decisivas para mí: incluía alojamiento y no requería más papeles que el pasaporte. A cambio ofrecía un salario escaso. Abusivamente escaso me atrevería a decir, si no pareciera demasiado desagradecida. En cuanto al empleo, era lo más parecido a la explotación. Entraba en la cocina a las seis de la mañana, para preparar el autoservicio del desayuno, y no salía hasta las tres de la tarde una vez limpios los utensilios y el menaje de la comida. Disponíamos entonces de tres horas libres hasta que volvíamos a disponer el buffet de la cena. Nunca terminamos antes de las 10 de la noche. Los primeros días, cuando llegaba a mi habitación, que compartía con una chica polaca, apenas podía sostenerme en pie. Luego fui habituándome, el cansancio físico dejó de pesarme y empecé a notar la fatiga del corazón. Entonces apareció él.
Roberto era compatriota y trabajaba también en el hotel, en el servicio de limpieza. Cuando supo que yo era ecuatoriana se hizo el encontradizo y me ofreció su ayuda para lo que fuera preciso. Teníamos horarios algo diferentes aunque igual de abusivos. Así y todo, encontrábamos tiempo para vernos y charlar. Al principio platicábamos principalmente de Ecuador. Aunque él era de las provincias orientales, desconocidas para mí, y nunca había visitado la costa, nos unían los recuerdos y la añoranza de la familia. Compartimos las pocas alegrías y las muchas tristezas y como sin darnos cuenta, de la amistad pasamos al amor. De ser la ciudad desconocida de ritmo acelerado e idioma traicionero Roma se convirtió para nosotros en la ciudad del amor. El sueño me duró poco tiempo, tres meses para ser precisa.
Cuando empecé a sentirme cansada lo atribuí a las largas jornadas que soportaba y me pareció normal. Ni sé como aguantamos, me dije. Enseguida me sentí demasiado débil para mantener el ritmo que nos imponían, y me acometió una inquietud imprecisa, una angustia que no era capaz de descifrar. O a lo mejor sí, pero la conclusión era aún más angustiosa. El primer mes que me faltó la regla lo atribuí al mismo cansancio. Debe ser la debilidad. Ya me había ocurrido dos años antes, después de una infección que me afectó a la garganta. Estuve dos meses sin menstruación y a nadie le extrañó, incluso el médico dijo que todo volvería a la normalidad cuando me repusiera. Y así fue. Lo mismo ocurrirá ahora, me repetía una y cien veces. Pero cuando enfermé en casa no había conocido a Roberto. Esa era la diferencia. Nos habíamos enamorado, nos queríamos, éramos jóvenes e incautos, no éramos conscientes del futuro.
La primera visita al médico me colocó en la realidad. Estaba embarazada. Corrí a contárselo. Vamos a ser papás de un hijo europeo, le dije. Creí que era la emoción lo que le había dejado callado, pero me equivoqué. No, Adriana, respondió al fin, no vamos a ser padres, al menos yo no voy a ser papá, tú sabrás lo que quieres hacer con tu vida. Me había equivocado totalmente y ahora sentía que el mundo se hundía sin remedio.
Yo tenía 20 años, estaba sola en un país desconocido, a miles de kilómetros de mi familia, no tenía a quien acudir, ni sabía adonde podía dirigirme. De volver a Guayaquil ni pensarlo, ya era suficiente lo que tenían mis papás para añadir una carga más. Por otra parte, ¿qué podía ofrecer a mi hijo en un país que estaba expulsando a trabajadores por miles? En cuanto a Italia, el billete de don Carlos me valdría - con suerte - para un nuevo trabajo, pero ¿en qué podía emplearme estando embarazada? ¿Y qué haría luego con el niño? Cuando el peso del alma estaba a punto de resultar insoportable, me vino a la mente el recuerdo de una tía de mi mamá, Esther, que vivía en España y, en ese mismo instante, tomé la decisión de viajar a Madrid. Conté los euros que tenía ahorrados, calculé lo que me debían en el trabajo y llegué a la conclusión de que tenía lo justo para el boleto de avión. Con la determinación que sólo puede dar la ignorancia me presenté en casa de la tía Esther.
Mi tía es una mujer de mucho arrojo. Nunca ha estado casada ni ha querido vivir con un hombre, dice que mejor se está sola que mal acompañada. Llegó a España con la primera oleada de ecuatorianos que salieron de mi país en los primeros avisos de la crisis. En Guayaquil trabajaba de relaciones públicas en un hotel y en Madrid se colocó de aprendiza en una peluquería. Ahora es la encargada del negocio y sueña con que algún día, en algún lugar, habrá una peluquería con un letrero que diga: "Salón de belleza Esther".
Mi tía y sus amigas fueron para mí la providencia en aquellos momentos. Ella me acogió y entre todas me encontraron un trabajo de asistenta por horas para empezar de nuevo.
Fueron unos meses de vértigo. Un nuevo país, una ciudad extraña, igual de acelerada que Roma pero con la ventaja de que aquí conocía el idioma. Por ejemplo, no era preciso que me repitieran las órdenes y entendía perfectamente cuando alguien murmuraba a mi paso, otra sudaca de mierda. Todo en esta vida tiene ventajas e inconvenientes.
Decía que fue un tiempo vertiginoso, así que antes de que pudiera habituarme al nuevo trabajo me encontré con una tripa descomunal. El doctor me dijo que era niña. Una españolita, mire que bien, le dije, y él me miró con cara de no entender.
La niña, afortunadamente, venía bien pero la tripa fue un obstáculo para el trabajo. La señora de la casa donde trabajaba me había avisado de que no pensaba asegurarme, pero, repentinamente, tuvo un acceso de sensibilidad y decidió que no podía sufrir verme trabajar en mis "condiciones" ni consentir que me ocurriera un percance en su casa.
Esther y sus amigas organizaron un "consejo de sabias" para encontrar salida a mi situación, otra vez desesperada. Una de ellas dijo conocer una Asociación dedicada a ayudar a las mujeres inmigrantes. En principio me pareció un poco sospechosa porque no era una organización religiosa y, además, la mayoría de las socias eran españolas. Pero fueron amables y no me interrogaron más allá de lo que imprescindible.
Como no tenía trabajo y mi barriga creciente no me permitía hacer grandes cosas, me inscribí en todos los cursillos y actividades que organizaba la Asociación. Puedo decir que me pasaba allí la mayor parte del día y, en los ratos que conseguía no considerar el futuro, creo que fui feliz. Me ocurrió otra cosa hermosa y es que, por primera vez desde que salí de Ecuador, tenía mis propias amigas, no mi tía o sus compañeras, relaciones personales propias. Ellas me ayudaron y apoyaron en unos momentos difíciles y sentí que podía abrirse un nuevo camino para mí.
Además de formación, compañía y ánimo, la Asociación me proporcionó ropa, pañales, un coche y leche para cuando naciera la bebita. Poco antes de que la tripa amenazara explotar el grupo de mujeres organizó una despedida especial para mí. Fue lo más emocionante que había vivido en mucho tiempo, me hicieron sentir persona. Fueron, además, muy oportunas porque la niña nació puntualmente, al tiempo que llegaban a casa los muebles y los pañales.
Cuando pienso en todo lo que me ha ocurrido llego a la conclusión de que soy una mujer afortunada, mucho más que la mayoría de inmigrantes que tienen que luchar contra todos los "elementos" sociales solas y en absoluta precariedad. En los momentos de mayor dificultad he ido encontrando una ayuda que mi mamá diría providencial y yo considero solidaria. Ahora tengo trabajo de doméstica externa. Comparto casa con otras dos mujeres, ecuatorianas como yo, que conocí también en la Asociación. Me gustaría ganar más y tener mi propio apartamento pero dicen que la inmigración está rebajando los salarios. Eso significa que me costará más tiempo lograrlo pero estoy convencida de que acabaré consiguiéndolo.
Mi hija Adriana es una niña hermosa y sana. Mientras yo trabajo ella queda al cuidado de una de mis compañeras de piso, más adelante creo que la llevaré a una guardería para que vaya integrándose en su país. Cuando nació pensé si debía comunicárselo a su padre y decidí que no. La niña es mía, lleva mis apellidos y ¡es española! Cuando la miro olvido los problemas actuales y me digo que el futuro es nuestro.

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