Vengo del suroeste de República Dominicana. Mi papá se dedicaba a las labores agrarias y mi mamá a los quehaceres domésticos. Fui la cuarta de seis hermanos. Empecé una licenciatura de enfermería, pero, en 1992, con 18 años, me fui a España y comencé a trabajar en el servicio doméstico. Fui por el sistema de cupos.
Entonces ya tenía dos niños, estaba juntada con mi marido, él se quedó. Yo me fui porque en mi pueblo se sabía que en España había buen trabajo para todo el que llegara.
Tuve tres trabajos, el primero para cuidar a una señora mayor, los otros para el cuidado de la casa, lo que llaman el servicio doméstico.
Me sorprendió mucho la forma de vivir, los horarios, creo que allí se espera que los inmigrantes trabajemos y nada más, yo sólo tenía tiempo para trabajar, había días en que me daba cuenta de que no había tenido tiempo ni siquiera para pensar en mi familia ni en lo lejos que estaba de mi pueblo, y menos mal, porque cuando libraba y me quedaba tiempo, extrañaba todo lo que había dejado en mi país: mis amigos, la comida, y era peor.
Estuve diez años, todo el tiempo preocupada por ahorrar para mejorar mi economía, por hacerme una casa propia, estuve muchas veces enferma. Me enfermaba de tanto trabajar, de no descansar, de no comer mi comida, de no ver a mis amigos, de acordarme de mis hijos y de mi familia, de que nadie me preguntara cómo estaba… Así que cuando tuve mi casa, me volví.
Desde que he vuelto estoy pensando en retomar mis estudios y licenciarme. Pienso que estos diez años son como una pausa de mi vida, un paréntesis, aprendí algunas cosas, a coger un autobús, a ir en metro, que aquí no se ve, cosas para contar pero en lo esencial, creo que no aprendí nada que no supiera. Gané dinero y me vino bien, pero no quiero vivir en un lugar donde las personas no se interesan por otras personas y sólo se piensa en trabajar, trabajar y trabajar.
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