Lucrecia nació y vivió la mayor parte de sus 33 años de vida en Vicente Noble, un pueblo de campesinos, la mayoría jornaleros, del sudeste dominicano que en 1990 vio cómo sus mujeres desaparecían silenciosamente camino de la emigración a España. Una quinta parte de su población, unas 5.000 mujeres en un censo de unos 25.000 habitantes, se trasladaron a trabajar a Madrid soñando una vida mejor para ellas mismas y, sobre todo, para los suyos. Muchas de aquellas mujeres tenían hijos, que quedaron al cuidado de las madres, de los maridos en algún caso.
El marido de Lucrecia se llamaba Víctor Trinidad, aunque en el pueblo era conocido como Alfredo. Jornalero en el campo, trabajaba en la cosecha del coco o del tomate, en la caña o en el banano. La pareja tenía una hija de siete años, Kenia, a la que familiarmente llamaban "Abejita"
Hasta que tomó el camino de la emigración, Lucrecia vivía de lo que producía su campo, planchando o vendiendo carbón vegetal. La marcha fue precipitada. Quienes la ayudaron a entrar en España, sin documentación, le advirtieron de la urgencia del viaje sin tiempo siquiera para despedirse de los suyos. Para salir, Lucrecia pagó 52.000 pesos dominicanos, unos 3.000 euros, que negoció mediante hipoteca, y que incluía billete, gastos y comisión del traficante.
En España no tuvo oportunidad de aprender. Pasó directamente de vender habichuelas y fruta a emplearse como doméstica de una familia compuesta de un matrimonio de trabajadores y tres hijos. “No sabía lo que era un grifo, ni un baño, ni un ascensor. La lavadora era el no va más”, declararía luego la señora, “estuvo 20 días en casa y la despedí porque no servía para el trabajo”. Además, estaba enferma y débil. De carácter apocado y tímido, Lucrecia no consiguió adaptarse a los usos y hábitos del nuevo país. Extrañaba la comida, por lo que apenas se alimentaba, aumentando así su estado de debilidad. Pero, sobre todo, añoraba a su hija y a los suyos, hablaba sola y, algunas noches, sufría pesadillas. Cuando la despidieron, se refugió en las ruinas de la discoteca "Four Roses", donde se habían cobijado ya otros inmigrantes dominicanos, entre ellos una tía de Lucrecia.
El 12 de noviembre de 1992 escribió una carta a Alfredo en la que se quejaba del trato de los españoles con los inmigrantes y le enviaba los primeros 100 dólares que, decía, había ganado en su primer trabajo en España. Lamentaba no haber podido permanecer más que un mes en este empleo y se quejaba de que la señora la trataba mal y no le daba de comer. “Cuando salga del lío, mi amor, te mandaré 2.000 dólares para que dejes el campo y puedas montar un negocio mejor”, concluía la carta, enviada a través de un intermediario.
Al día siguiente de fechar aquella nota dejaría de ser la inmigrante negra y pobre que refugiaba su soledad en el tinte de la carretera de La Coruña para convertirse en el símbolo que nunca pretendió ser. Todos los periódicos ofrecerían su imagen y hablarían de ella como la primera víctima de un crimen racista en España.
El periódico El País, el de mayor tirada nacional, lo relatará así: “En lo que constituye, según las investigaciones iniciales, el primer acto de xenofobia criminal ocurrido en Madrid, cuatro individuos enmascarados asesinaron anoche a una inmigrante dominicana durante el asalto a un local que utilizaban como refugio unas 30 personas de esa nacionalidad. La fallecida es Lucrecia Pérez Matos, de 33 años. Además resultó herida de gravedad otra persona. Los hechos ocurrieron sobre las nueve de la noche, cuando cuatro enmascarados vestidos con ropa negra penetraron en lo que queda de la antigua discoteca Four Roses, en la carretera de La Coruña, a la altura de Aravaca. Los asaltantes dispararon indiscriminadamente contra los dominicanos y huyeron inmediatamente en un coche que les esperaba. La Guardia Civil atribuye inicialmente el atentado a elementos ultraderechistas. El delegado del Gobierno en Madrid, Segismundo Crespo, visitó anoche al herido en la clínica de la Zarzuela”.
Su muerte causó un impacto tremendo en España pero también en República Dominicana. En España el asesinato germinó como una especie de vacuna frente al cultivo xenófobo que hasta ese momento se había estado excitando. En la isla, se prodigaron las protestas por el trato discriminatorio hacia sus trabajadores. En Vicente Noble, Víctor Trinidad reclamaba justicia para los culpables y Kenia, la pequeña Abejita, lloraba a su madre.
El cadáver de Lucrecia fue acogido por la tierra que le había visto nacer. Le acompañó en el viaje su hermano Luís y la esposa de éste, por entonces trabajadores indocumentados en Madrid. Despidieron los restos los responsables del Voluntariado, algunas autoridades locales y los medios de comunicación.
Mañana, 13 de noviembre, se cumplen 16 años de su muerte. De su olvidado asesinato.
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