Soy dominicana y me vine a España porque a los 17 años tuve un hijo y allá era imposible criarle, dadas las condiciones de vida.
Sabía que había personas que arreglaban los papeles porque a una prima mía se lo habían hecho. Pagué 61.000 pesos. Vinimos siete mujeres, vía Portugal-Frankfurt, desde allí nos trajeron en dos taxis a España por 700 dólares a cada una. A nosotras nos trajeron dos muchachos de La Guayana que conocían bien el ambiente; entonces había muchos que traían a la gente de mi país a Europa. Estuvimos dos días en Frankfurt sin salir del hotel porque era jueves y ellos decían que los mejores días para viajar eran sábado y domingo. Al llegar a Madrid nos quitaron los pasaportes y nos dieron otros, falsos, claro.
Casi todas conocíamos a alguien en España. Yo llamé a mi prima y me llevó a su casa, en Madrid. Ella me había dicho que trabajaba de camarera en un hotel de primera clase y que ganaba mucho de propinas, pero la primera noche descubrí que todo era mentira. Vivía con dos dominicanas más y dejaban que subieran hombres al lugar. A la mañana siguiente me contó todo.
Fue el primer golpe de realidad. Yo sólo pensaba qué podría hacer porque estaba claro que allí era una molestia para su trabajo. Me dijo que vendría un amigo de ella para enseñarme Madrid. Enseguida descubrí que había entrado en el mundo de la gran mentira. Desde entonces, he escuchado pocas verdades.
Me llevó a bailar a la calle Orense, donde encontré otra compatriota que trabajaba en un club de Algete. Al día siguiente me fui a vivir con ella. Los primeros días fueron tremendos, yo sólo bebía porque te daban el porcentaje y a los clientes les decía que tenía la regla. Mi amiga, a la que estoy muy agradecida, me decía: esto es una selva y aquí se aprende a sobrevivir o se muere. Se ganaba dinero pero asaltaron el local dos veces y cogí miedo.
Fui a Madrid a otro club, aquí duré poco. La gente era muy prepotente. Nunca me había sentido tan poca cosa. Te agraden de palabra. Te violan con tocamientos sin sentido ni respeto. Se ríen de ti por ser negra.
Allí conocí a una muchacha de San Juan, que la habían traído unos dominicanos, y nos fuimos a Vigo. Se ganaba bien pero la red que había traído a mi amiga la exigía demasiado, a pesar de que ya había pagado su deuda, 87.000 pesos en dos años, así que nos fuimos a Gijón con un cliente que ella conocía. El ambiente es bueno porque vivimos solas en un piso y al pub sólo vamos de trabajo de 10 a 5 de la mañana. Las tarifas las pones tú de una forma racional. Somos casi todas extranjeras: colombianas, venezolanas, cubanas, filipinas, chilenas, panameñas… todas muy jóvenes y hay mucha competencia. Yo cobro 50 euros cada 20 minutos, 100 a la hora. De esto, doy el 50% al dueño del pub. Hay otras que tienen otras tarifas, unas más caras y otras más baratas. Los clientes de los pueblos son mejores, más sanos pero normalmente más sucios, menos aseados y además con muchas deficiencias. Un día me llamó una compañera para un dúo, yo le tenía que golpear y decirle cosas. Fue el día peor de mi vida. Estaba loca porque acabara eso. Terminé y me metí al baño, llorando. Le dije a mi amiga que jamás volviera a llamarme para algo igual.
Un pub es como una gran mentira que acabas creyendo como si fuera verdad. Tú no eres tú, porque yo no soy Eva, pero el cliente normalmente tampoco es el cliente. Busca en ti lo que le falta. A veces busca sexo. Otras, sólo quiere hablar y que tu le oigas. Otras te suelto su rollo y acabas llorando con él, sin saber si es cierto o no lo que te cuenta. Estos clientes son muy fieles y respetuosos pero están solos y te llenan de soledad. Algunos me invitaron a ir a vivir con ellos. Hay otros que son enfermos del sexo, te piden las cosas más locas. Sólo soy yo los lunes con mi amiga, que es el día de descanso y guardamos ese día para hablar de nosotras.
Yo espero ahorrar un poco más y me largo. A veces he querido salir del pub, pero no tiene salida, no porque necesites el sexo, sino porque necesitas el dinero. Estoy loca porque acabe, a veces pienso que es una pesadilla. Nunca pensé que el ser humano tuviera tanta capacidad para mentir.
Mi papá me decía desde niña que hay que ir con la verdad por delante. Pero a mí, esta verdad me ha dejado marcada.
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