Nací en Moca, República Dominicana, en 1952, pero solamente nací, no podría hablar del lugar, jamás he vuelto. Mi padre y mi madre eran de Santiago. Fuimos once hermanos, del mismo padre y de la misma madre, ahora quedamos cinco. Dos quedan en mi país, otro vive en Nueva York y dos más vivimos en España.
Mi padre era obrero y mi madre tenía el oficio casero de atender a los niños, a nosotros, porque ellas no tuvieron oportunidad para otra cosa. Mi hermana mayor se crió con mi abuela, yo cuidaba de mis hermanitos. De pequeña jugaba con ellos, también íbamos a la loma a coger el café. Pero duré muy poco, porque luego me fui a la ciudad y ya no volví más. Me fui a Santo Domingo porque una hermana mía vivía allá y me llevó para su casa. En la capital estudié hasta séptimo. Empecé a trabajar a los 15 años. Lavaba y planchaba la ropa para ganar algo y así estuve hasta que conocí a mi marido, que es el que tengo, y me casé. Mi marido era ebanista. Entonces me quedé en la casa, cocinando y cuidando de los hijos, no me podía desenvolver en otra cosa porque no sabía nada.
Vinimos a España por mi hija mayor. Ella vino de las primeras, en 1987, luego se casó con un español, fue con él allá y se trajo a su hermana. Entonces yo le dije, si ustedes se van a España ¿qué van a hacer conmigo aquí? ¿Me van a dejar para morirme sola? Pues no. Me llevan con ustedes. Mi hija mayor dijo pues si te quieres ir, te vas. Así que me vine. Entonces echaba de menos a mi marido, duré diez meses en traérmelo y casi me vuelvo loca, pero me lo traje. Después, a mi hermana. Mi hija nos hizo el viaje a todos.
Vinimos buscando la forma de mejorar la vida, que allá estaba y sigue estando mal. El sueldo es poco y la canasta familiar siempre está por encima de lo que se gana. Nosotros luchábamos por poner un gobierno que arreglase el país. Pero total, nada… Solamente ofrecen; cuando suben, se olvidó todo.
Llegué a España el 8 de marzo, era invierno. Me habían contado que en España todas las personas eran blancas, blancas, blancas. En la carretera del aeropuerto a casa, veía que las plantas y los árboles estaban así como “ripaiados”, que no tenían ni hoja, yo pensaba, era verdad lo que me contaban, hasta las plantas son rubias, porque estaban todas amarillas. Me adapté pronto al frío y enseguida entró el calor.
También me adapté a las personas porque nunca tuve queja. Me han acogido bien, ahora, yo me he comportado, porque si uno no se comporta bien… A mí que nadie me diga que los españoles son malos. Porque si tú estás por la calle y yo tropiezo por equivocación, te digo, ay, perdón, excúsame. Pero si en vez de pedirte excusas te salto con una grosería, pues tú me vas a contestar igual. Yo nunca tuve problemas con la justicia ni en mi país ni aquí tampoco. En mi país me adaptaba a las leyes de República Dominicana, ahora estoy en un país que no es el mío, tengo que adaptarme a las leyes de España.
Nada más llegar, conocí al Voluntariado de Madres Dominicanas, la asociación fue mi primera casa en España, entonces ni siquiera era asociación, era un grupo de gente que brindaba apoyo, a mí y a muchas mujeres que veníamos sin saber qué teníamos que hacer y cómo teníamos que desenvolvernos. Empezó con unos pocos socios en 1987, todos voluntarios. Así estuvo más de tres años, trabajando de voluntarios. Entonces no tenía ni nombre. En el 92 nos legalizamos como asociación pero hasta el 94 no nos dieron la primera ayuda, funcionábamos con las cuotas, nos movíamos y buscábamos gente…
El Voluntariado miraba la forma de dar una dignificación a la persona, eso nos ayudó mucho a los inmigrantes. La asociación nos daba un carnet que nos identificaba, no teníamos la documentación española pero si nos paraba la policía enseñábamos el carnet del Voluntariado y con eso se resolvían todos los problemas.
Los responsables de Vomade, ellos sí que se merecen una medalla de oro. Su casa era la casa de todos, estaban de servicio las 24 horas del día. Alguna vez te acostabas en su casa y a las cuatro de la mañana, que estabas descansando del trabajo, llamaban por teléfono: que fulanito está preso, que lo llevan para el aeropuerto, que lo van a deportar. Y allá se aparecían ellos, a dar la cara para sacarlo. Y se lo quitaban a la policía y lo traían.
Nosotros nos reuníamos en cualquier casa, fue un trabajo duro, luchábamos para agruparnos y esa fuerza de estar unidos es lo que más nos ayudó.
La asociación me ha enseñado mucho, me ha dado mucha vida, he podido hacer cursos de peluquería, de informática. He aprendido algo en la vida porque si me retiro algún día, si me vuelvo a mi país, quiero poder defenderme. No quiero llegar como salí.
Ahora que estoy enferma veo que tengo muchos amigos en España, me lo demostraron cuando estuve en el hospital y por teléfono me llaman muchas amigas. Tengo un grupo de amistades del Voluntariado. Los amigos de República Dominicana están desperdigados por esos mundos. Cuando uno sale de su país, es como que se pierden un poco.
Creo que yo también he ayudado a muchos dominicanos que han acudido a la asociación, nos hemos desvivido por ellos. Cualquier problema que surgiera nos juntábamos un promedio de siete personas para ver qué se podía hacer. Cuando la primera regularización, orientábamos a las personas que iban allá, esas cosas las hacíamos en la asociación totalmente gratis. Había mafias que cobraban dinero a los inmigrantes y a los que estaban desorientados yo les decía ¿por qué no te vas a un abogado? Entonces el Voluntariado organizaba reuniones los segundos domingos de mes, nos juntábamos 400, 500 personas. Yo intentaba movilizar a la gente, ayudar… Vomade ha luchado contra muchas dificultades para que los inmigrantes salieran adelante.
También trabajamos mucho con las chicas que caían en las mafias de la prostitución. Porque a mi no me gustaría ver a una mujer de mi familia en una cosa así y, si no me gusta la prostitución en mi familia, tampoco en otra persona. Me gusta que se lo curren como la curramos nosotros, que nos hacemos callos en las manos, pero trabajando honradamente. A mí no me avergüenza limpiarle la caca a una señora porque es mi trabajo, no me avergüenza y además lo hago con cariño, pero no me gusta ver que una muchachita anda ejerciendo la prostitución. Muchas lo hacen porque quieren y otras lo hacen por necesidad, a la que lo hace por necesidad es a la que tenemos que ayudar y sacar adelante.
En la inmigración también he vivido momentos muy difíciles. El peor de todos fue la muerte de Lucrecia Pérez. Esa chica llegó a España y, al mes, unos gamberros, por decirlo de alguna manera, se metieron en el tinte donde estaba, en Aravaca, y el primer tiro se lo dieron a ella. Y a un ex policía que había le dieron en la pierna pero a ella el tiro fue de muerte. Una chica que no tenía nada que ver con lo que estaba sucediendo allí ni con nada. Fue una muerte trágica que dolió a todos. Madrid entero se tiró a la calle, Madrid entero… no quedó una persona que no saliera a la calle por la muerte de esa chica. Todavía se recuerda, porque esa niña salió de allá empeñando su casa, hipotecándola que le dicen. Dejó una niña pequeñita, que ya ahora debe tener 18 años, cómo pasa el tiempo. Y ella vino a lo mismo que vine yo, a lo mismo que venimos todos ¿sabe? A buscar una mejora de vida. Y lo que encontró fue la muerte… Aquello fue una cosa de racismo.
Yo no he vivido el racismo contra mí directamente, porque yo no tengo la piel oscura, pero sí lo he vivido porque lo veo. He visto que discriminan a los extranjeros, sobre todo si son negros. Vete p’a tu país, les dicen. El racismo era malísimo antes, después de la muerte de Lucrecia se mejoró pero ahora hay de todo, los hay que dicen los inmigrantes son personas como los españoles y los hay que dicen los extranjeros son lo peor de lo peor, vienen a robar, a matar, todo lo malo que pasa en España es por los inmigrantes que han venido.
Al principio echaba de menos esas cosillas de mi pueblo que aquí ni se conocían, me apuraba mucho por el café… ¡Ah, eso sí! El café dominicano no me falta, siempre lo tengo, porque eso me gusta pero lo otro, los plátanos, los gandules, todo eso dulce, eso todo lo tenemos aquí.
Mi hermana se casó con un español, está muy bien casada, también mis hijas se casaron con españoles y me han dado nietos. Esas son las cosas buenas que me ha dado la vida. Que está la familia reunida aquí, en España. Los fines de semana, tú vienes a mi casa y es como si fueran las fiestas de las madres. Hay que cocinar dos kilos de arroz para que puedan comer todos…
Mi marido tiene 67 años y está nuevito. Pobrecito, esto que me ha dado lo ha puesto loco. No me puede ver ni llorar ni nada, porque está acongojado. Se ha rebajado un poco, ha perdido peso.
En España me he dedicado a cuidar personas mayores. Y de enterradora, porque todos acaban muriéndose, ya ve. Me gusta cuidar a las personas mayores porque como mi madre faltó cuando yo era muy joven, es como si les devolviera a ellos el cariño que tenía dentro desde entonces.
Sigo cuidando viejitos, tengo unos por ahí, por Manuel Becerra, pero están de vacaciones. No sé si podré seguir cuidándolos ahora, como estoy enferma, no sé si podré…
Nota: Victoria murió en 2005 y fue enterrada en Madrid, España, su tierra de acogida, donde, a ratos, fue feliz
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