jueves, 20 de noviembre de 2008

Azucena

Cuando nosotros llegamos a Madrid éramos cuatro. Mis hijitos, Manuel y Tomás, mi marido, Víctor, y yo. Me llamo Azucena, ya que usted lo pregunta. No, nunca me he parado a pensar así, en singular. A mí me parece que yo no he sido nunca como usted dice, una primera persona del singular. Vengo de una familia de siete hermanos, cinco chicas y dos chicos, yo era la quinta. Con nosotros vivían los papás de mi mamá y una tía de mi papá. Cuando mi papá se fue a la selva – creo que con la guerrilla o a lo mejor con los narcos, no estoy segura - la tía se quedó con nosotros.
Nunca tuve nada que fuera únicamente mío, recibí lo que ya no usaban mis hermanas o mi mamá, incluso mi tía. Pero eso en mi país es lo usual no es una particularidad de mi familia. Esa manía que tienen ustedes, si me permite que se lo diga, de comprar cosas nuevas y tirar lo que ya no usan, para mí que no es lógico ni sensato. ¡Si resulta difícil distinguir lo nuevo de lo usado! Bueno, perdone que me entremeta, es que yo nunca he tenido ese problema.
Ya veo que me he desviado. Le decía que cuando llegamos éramos cuatro. Vinimos porque mi esposo ya no quiso ser cauchero. Un día llegó de Isla Santa Sofía y dijo, ya no más voy a volver a la isla de los micos. Nosotros decimos isla de los micos a la de Santa Sofía por los muchos monos del lugar. La isla está en el Amazonas, allá en la frontera con Perú y Brasil y allí siempre hay trabajo para los caucheros. Mire lo que son las cosas, cerca de la isla Santa Sofía hay una ciudad que se llama Leticia ¿A que no lo sabía? De niña, yo vivía en Puerto Nariño, y una vez me llevaron a Leticia. ¡Quién me iba a decir que la futura reina de España se iba a llamar como aquel puerto! Qué cosas más chocantes tiene la vida, ¿verdad?
Pues sí, como le decía, Víctor siempre había trabajado en el caucho pero se cansó y dijo nomás. Por un lado que se cansó ¿sabe? y por otro que le metieron en la cabeza ideas de grandeza. De pronto le entraron ganas de ser rico como los señores del caucho. Alguien le contó que en España los indiecitos se ganaban el dinero lo mismo que antes lo ganaron los españoles en los dominios y se lo creyó. Hay quien está deseoso de creer lo que le dicen y ése era Víctor. Cree todo lo que le dicen, no importa lo imposible que sea.
El caso es que empezó a darle vueltas a la idea de venir a España. ¿Y qué haremos allí?, le decía yo. Trabajar como aquí, respondía, ganaremos para comprar una casa en la que viviremos con los chicos y otra aquí para cuando nos hagamos viejos. Muchas casas son, contestaba yo. Y así lo dejábamos. Hasta que un día, el último del mes de diciembre, llegó con los boletos en la mano. Nos vamos tú yo, luego vendremos a por los chicos.
Yo me hice cuentas de que si Víctor había decidido que nos íbamos, lo mejor era hacer el equipaje. No, fíjese, no me costó dejar a los niños, como le digo una cosa le digo otra. Si mi esposo decía que volveríamos a por ellos, sabía que de una u otra forma nos los llevaríamos. Lo que me costó fue dejar la tierra, el río y la luz y eso me sorprendió. Nosotros nacimos en el Amazonas y hasta ese día no se me ocurrió pensar que se podía nacer y vivir en otro lugar. Tampoco pensé que se podía amar el sitio que se ha visto todos los días. Lo descubrí entonces. Son cosas que se le ocurren a uno sólo cuando no tiene otro trabajo más urgente o cuando tiene que irse.
Por si las cosas no salían como Víctor contaba, le propuse ir con los niños al lago Tarapoto a mostrarles los delfines rosados y el loto gigante Victoria Regia. Fue una buena idea, los chicos disfrutaron y yo puedo contar, como ahora le cuento a usted, que nací y viví en un lugar prodigioso. Quizá sea el único tesoro que pueda dejar a mis hijos, el recuerdo del loto gigante y los delfines rosados.
Entonces no lo sabíamos pero cuando el avión aterrizó en España nosotros, que éramos un matrimonio legal – no crea que eso es así siempre en mi país - con pasaporte y unos pesos ahorrados, nos convertimos en inmigrantes ilegales. Yo me pregunto ¿cómo puede ser uno algo sin saberlo? Pues lo éramos. Nos duró poco porque enseguida mi esposo consiguió un buen trabajo en un taller de carpintería y el jefe le procuró los papeles que pedían los españoles. Yo seguí haciendo lo mismo que hasta entonces, fregar, lavar, planchar, ahora en casas más grandes y con más aparatos, pero en lo esencial, la mismita cosa. Con la ventaja de que ahora me pagaban por hacerlo. Alquilamos un piso y, aunque no fuimos a Colombia a por los chicos, los trajo un familiar que también había decidido que quería reclamar a los españoles lo que se llevaron cuando la conquista.
Encontramos colegio para los niños cerca de la casa. Un colegio como nosotros no habíamos visto nunca, con sus aulas limpitas, su comedor, su biblioteca, unas canchas de deportes en las que podrían jugar los Lakers si vinieran por aquí. Enseguida hicieron nuevos amigos. Los niños son como los tanques del ejército, lo derriban todo para abrirse camino.
Qué bonita historia, dirá usted, seguro. Pero no, mire, mi mamá decía que una india debe estar alerta siempre pero más cuando parece que todo va bien porque entonces sólo se puede ir a peor. Esta india que tiene ante usted olvidó el consejo de su mamá. Y ya ve.
Víctor empezó por llegar tarde. Cada día un poquito más tarde. También aprendió a comportarse como si fuera español, no quiero decir español de la España de la reina Sofía y la princesa Leticia, no, español de la España de los conquistadores y las colonias. Actuaba como si fuera blanco, para que me comprenda. Decidió que él era el señor y nosotros los indios. Cada vez más señor y nosotros cada vez más indios. Llegó a un punto en que apenas aparecía por la casa y yo tenía que llevarme a los niños conmigo al trabajo, cuando no tenían colegio.
Lo de beber era natural cuando el caucho. Todos los caucheros beben para soportar la dureza del trabajo, nunca me quejé de ello. Pero en Madrid no había caucho, ni la humedad y el calor del Amazonas, estaba claro que bebía por puro gusto de darse a la bebida.
Así, hasta que un día, en plenas vacaciones de navidad, nos dejó a los tres fuera de casa. Tan simple como que se llevó su llave y la mía. De paso se llevó el dinero, todito lo que teníamos.
Una vecina de la casa, ecuatoriana, me habló de una Asociación de mujeres que podía ayudarnos en el trance. Ellas se encargaron de llamar a un cerrajero que nos abrió la puerta. Nos abrieron otras puertas según voy descubriendo.
Cuando Víctor volvió, dos días después, ya me había dado tiempo a cambiar la cerradura. No le permití entrar. Le dije que aquella ya no era más su casa ni nosotros sus siervos. De paso le aclaré que beber y gritar no le hacía más blanco ni menos indio.
La Asociación me ayudó a negociar con el dueño de la casa el cambio del alquiler a mi nombre. Luego decidimos que podíamos compartir el piso, acomodamos una habitación para los niños y para mí y la otra la alquilé a una mujer que me encontraron también en la Asociación.
Me he convertido en buscadora de ofertas. Busco ofertas de trabajo en horario escolar, cuantos más trabajos mejor. Busco ofertas de barato, de cualquier cosa, comida, ropa, calzado, libros para los chicos. Cuando conozco que en un mercado algo está rebajado, cojo a mis hombrecitos y el carro y allá que nos vamos los tres.
Únicamente los jueves me tomo una pausa. Ese día tengo taller de manualidades en la Asociación de mujeres. Las manualidades me gustan más que cualquier otra clase, es verdad, pero también es cierto que son sólo una excusa. Lo que de verdad me gusta es que allí soy una mujer más. ¿Cómo se lo explicaría? Soy una persona. De vez en cuando me hago la distraída sólo por el gusto de oirme llamar y responder, tan natural como puedo, soy yo. Soy yo, me repito para mí misma. Soy yo. Ni india ni española. Ni sierva ni dueña. Soy una mujer. Que trabaja y que tiene dos chicos a su cargo.
En la biblioteca de mi barrio he encontrado libros de historia que leo a ratos. Quiero aprender lo suficiente para enseñar a mis hijos de donde vienen para que ellos aprendan que puedan elegir dónde quieren ir.

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