Cuando nació, un frío día de enero de 1944, en Guastalla, localidad de la Regio Emilia italiana, le impusieron el nombre de María Antonia y el apellido Daolio. Con esa identidad, un médico firmó el acta de defunción, en el letargo agosteño de Madrid, en 2005.Entre esas dos fechas fue Nani Daolio y trató de cambiar el mundo. Si no lo consiguió en la medida que hubiera deseado no fue por falta de porfía en el intento.
La suya fue una vida marcada por el éxodo. Con sólo tres años, razones económicas empujaron a su familia a la emigración en Argentina. En su país de acogida se licenció en derecho, especializándose en asuntos civiles y sociales. Miembro de la ejecutiva del Colegio de Abogados, a pesar de su juventud, fue delegada en el Primer Congreso de Mujeres celebrado en Moscú.
Permaneció en Argentina hasta que, por su decidida defensa del sistema democrático y su vinculación con la izquierda política, el golpe militar encabezado por el general Videla la colocó en su punto de mira. Reiteradas amenazas y una situación de riesgo real la empujan de vuelta a Europa.
Tras una primera etapa en su Italia natal, recala en España, donde pronto establece contacto con las opciones de izquierda y aglutina grupos de mujeres latinoamericanas y españolas en iniciativas feministas. Así crea la asociación “Mujer y Sociedad”, con Mercedes Roig, una histórica del feminismo en España.
Pero donde encontraría verdaderamente su campo de batalla sería en el ámbito de los flujos migratorios. España, que tenía una dilatada experiencia como país emisor de emigración, empezaba a convertirse en país de acogida. Nani, pionera en la comprensión del fenómeno migratorio cuando éste todavía era incipiente, tuvo la intuición de lo que se avecinaba y, en 1990, comprendió que instituciones y sociedad debían adaptarse a los cambios que se avecinaban y se dispuso a diseñar programas de atención y ayuda a las mujeres inmigrantes.
Desde “Mujer y Sociedad”, con escasísimos medios y abundante voluntad, puso en marcha programas de apoyo a mujeres inmigrantes en Madrid. La asociación colaboraría también con la Administración en la gestión de “cupos”, el primer intento formal de regularizar la bolsa de trabajadores no documentados llegados a caballo de la década de los ochenta y los noventa del siglo XX.
Programa, gestión y asociación acabarían integrándose en la Federación de Mujeres Progresistas extendiendo su actividad a todo el territorio nacional. En la organización estatal encontraría a Belén Piniés, su alter ego, amiga entrañable e inseparable hasta el último aliento.
Cuando las concentraciones de trabajadoras dominicanas en la plaza de Aravaca empezaban a suscitar las primeras protestas del vecindario, Nani señalaba ya el riesgo de la xenofobia y el racismo en la sociedad de acogida. El asesinato de Lucrecia Pérez la sorprendió tejiendo alianzas para desactivar las expresiones de intolerancia.
Habrán de pasar muchos años para poder calibrar y valorar justamente la labor realizada por Nani Daolio. Las mujeres, y por extensión muchas familias inmigrantes saben mejor que nadie el alcance de su tarea.
No sólo se aplicó al diseño y la gestión de programas de atención a las mujeres inmigrantes. También analizó el fenómeno de la inmigración, el alcance que habría de tener en el corto y medio plazo y los mecanismos que habrían de ponerse en marcha para facilitar la integración de los nuevos ciudadanos en la sociedad de acogida. Con lucidez de emigrante experimentada, supo definir también las causas que empujan los flujos humanos. La excesiva pobreza de la mayoría, la excesiva riqueza de la minoría.
Fruto de este proceso de análisis serían las publicaciones “Inmigración en España: femenino y plural”, el primer intento de aproximación al proceso migratorio protagonizado por mujeres desde el prisma español, y “De vuelta a casa”, sobre el retorno, en colaboración con Mery Varona.
Estableció los primeros contactos con el Voluntariado de Madres Dominicanas en los meses previos a la muerte de Lucrecia si bien fue este asesinato el que selló para siempre su vínculo con la inmigración dominicana. En el Voluntariado trabajó estrechamente con Bernarda Jiménez y con Pedro Álvarez a uno y al otro lado del Atlántico, con dominicanas que proyectaban emigrar a España, con dominicanas que habían emigrado y con quienes habían optado por la vía del retorno, una vez cumplido su plan de migración.
Tenía interiorizado y asumido intelectual y positivamente el binomio feminismo-solidaridad, que llevó a la práctica en términos de abnegación que entendía como parte de su compromiso social. Ella, que conoció el drama de quienes son desplazados definitivamente de su tierra, se dolió siempre de no haber podido retornar a su país del alma, Argentina.
Su inteligencia y lucidez, la perspicacia de sus análisis, el conocimiento de las causas que originan los flujos migratorios y su infatigable compromiso con el progreso de la humanidad le llevaron de un extremo a otro del planeta, siempre aportando iniciativas favorables para los más necesitados. En ese caminar, encontró colaboradores, amigos y afectos que aún se duelen por su ausencia.
Era divertida, culta, brillante y excepcionalmente dotada para tender puentes de interlocución, incluso entre personas de procedencia e ideología enfrentadas. Tuvo la rara virtud de creer en tareas imposibles y extender esa creencia entre sus amigas.
Mujer fuerte como siempre fue, se entregó plenamente a sus convicciones. Tierna y generosa en los afectos, no siempre tuvo la recompensa justa en su vida personal. A cambio, supo tejer una tupida red de amigas y amigos a quienes, con habilidad e ingenio, fue vinculando indeleble y mutuamente, lo que, a la postre, resultó ser su gran patrimonio y ha sido su mejor herencia. Murió rodeada del afecto y acompañada de quienes tanto había querido.
Cuando el cáncer le había dado ya el zarpazo definitivo, y hasta el último aliento, siguió ideando nuevas formas de integración social y laboral para las mujeres inmigrantes, que otras mujeres gestionarán en el futuro. Ya advirtió Eduardo Galeano que la historia está escrita por los blancos y los ricos, los militares y los machos, pero mujeres como Nani Daolio merecen ocupar un lugar en la historia reciente de este mundo globalizado, que ella ha contribuido a hacer un poco más acogedor y hospitalario.
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